El quehacer lánguido

Los sicólogos organizacionales en USA, algunos dueños del mayor prestigio académico de la era informática en sus terrenos, comienzan a hablar de la etapa de languidez que experimentamos inexorablemente en la actualidad.

alt=

 

 

Adam Grant, un sicólogo organizacional de la U. de Pensilvania, conferenciante con millones de seguidores –decenas de libros especializados- rescató, entre tantos vocablos relativos a la salud mental, un empolvado término: languidez. Las telarañas que asfixian al lenguaje verbal de las nuevas generaciones hacen que el uso del idioma correcto se convierta en ‘una pastillita para la memoria (tomada de la fraseología original de Alberto Piedrahíta Pacheco, fundador del espacio Pase la tarde con Caracol Radio Bogotá)’…. Grant afirmó que la languidez es un punto medio entre la depresión y el crecimiento empresarial –o de la iniciativa individual que reacciona frente a una crisis apabullante, a una quiebra definitiva del modelo en el terreno de la productividad, como coletazo del virus-.

Todo conspira contra los terrícolas del 2021, lamentablemente, en la cuarentena perpetua, en la malhadada sicosis que ataca desde varios frentes y se agiganta en cuanto ostentamos la calidad excepcional de ciudadanos de la Tierra, en el estertor de las pruebas y de las expiaciones de que nos habla el profeta, el mentor religioso, el artista, el sensitivo, el sabio, el anciano y hasta el hombre de ciencia; entonces, se trata (la languidez señalada más arriba) de aquello que produce desazón, pesimismo, pérdida del sentido de la vida; de una ‘niebla pandémica’ que lleva a no anhelar nada en el futuro, mientras dificulta la concentración de las personas en sus tareas y oficios diarios; podría constituir, desde la óptica con que se mire, una amenaza para la supervivencia de la especie humana, al ritmo fatalista que alcanza su rigor en estos instantes.

El profesor Grant recomienda, dentro de unas fórmulas  curativas: ‘Se hace necesario el progreso frente al estancamiento (obtener aunque sea ligeros triunfos, avances, pensar en pequeñas victorias como estímulo); retomar el contacto habitual con las personas; pensar en la salud mental de los empleados –aunque rindan lo suficiente en sus trabajos y ofrezcan resultados, no se descarta una categoría insospechada de locura progresiva, sui géneris, entre parálisis y acción productiva (economía lánguida), aparentemente sutil, a partir de la ola del COVID 19 y del sentimiento de regeneración-transición de la humanidad terrestre, desatado por fuerza mayor-. Por razones obvias, el giro de los acontecimientos así lo indica.

Para el analista Grant, los empleados deben estar juntos físicamente aunque sea durante la mitad de la semana laboral. El roce personal los haría cuerdos y funcionales. Advierte en ellos una sensación de agotamiento emocional, pues éstos creen no tener nada que darle a sus empresas, incluso a la propia sociedad en la que viven. La languidez rebasó los pronósticos más  graves y funestos de la sicología y de la sociología clásicas de cara a una demencia virulenta; también  sobrepujó los términos del método científico aplicados a la realidad de una posible depresión galopante.

En su calidad de sicólogo organizacional, el experto norteamericano habla para una sociedad con estándares de vida recursivos desde la voluntad política actuante. Distinto en buena parte sería el caso de Colombia, un país manejado abiertamente por mafias crueles e indolentes, además de mentirosas enfermizas. Sin embargo, se puede pensar en la universalidad de sus estudios sicológicos sobre el comportamiento de la sociedad planetaria, y en torno a la identificación de las pruebas sobrevinientes, simultáneas; el profesor Grant confía aún en una connatural resistencia de la gente sometida a la aflicción.