El polvillo del diablo

La población de habitantes en situación de calle, no solo tienen que enfrentar día a día a su adicción, también terminan sometiéndose al estigma y a los tratos indignos por su olor y/o apariencia.

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Cinco años después de la desaparición del Bronx de la localidad Los Mártires en Bogotá, el panorama del consumo y expendio de alucinógenos que afronta el País, sigue siendo desalentador. Luego de su desmantelación, se pensó que se acabaría un lugar con una mística frívola y fantasmagórica, no solo a nivel nacional, también a nivel internacional, ya que algunos extranjeros al llegar a la capital en algún momento se toparon con algo más podrido que el río Bogotá, donde todo tipo de barbaries se cometieron, la mayoría por los temibles ‘Sayayines’, banda delincuencial de alta peligrosidad que dominó ese sector.

“El portafolio criminal que por décadas se movió en el Bronx, que no es una calle sino tres, sorprende, allá se podían contratar sicarios cuyos servicios iban desde 200 mil pesos hasta tres millones de pesos; comprar ‘bichas’ de bazuco a 1.200, o conseguir sexo por 10 mil pesos”, este fragmento de crónica publicada en El Tiempo, en 2016, deja ver la severidad de un lugar que se había convertido en un consumidor de almas, pero, ¿qué tanto ha cambiado en el País la situación desde entonces?

A pesar del Acuerdo de Paz, es preciso iniciar resaltando que este ha sido y sigue siendo un narcoestado desde hace más de cincuenta años, donde los carteles, los narcos, las fiestas con artistas contratados, las reinas de belleza compradas e incluso el fútbol, viéndose untado, tanto como la política, terminó marcando una época importante en la sociedad colombiana. De está manera podriamos deducir que, aunque se extinguió el Bronx, las llamadas “ollas”, donde se expende distintos tipos de alucinógenos han existido por años, solo que siguen multiplicándose de una manera absurda.

En esas ollas, las ‘bichas’, nombre popular designado a las papeletas de bazuco, que en el mercado oscilan entre mil y mil doscientos pesos por unidad, es lo más apetecido entre la población habitante en situación de calle, ¿a qué se debe lo adictivo que es? El bazuco, es una sustancia que se compone de 85% sulfato de cocaína, acompañado de alcaloides como el metanol, el ácido benzoico, además de un producto dañino como la gasolina; está demás ampliar lo perjudicial que es para el cuerpo humano el consumir esa sustancia, sin embargo, los daños que le hace a una sociedad, si son una coyuntura que debe estar en la retina.

Así lo dejó ver hace poco el DANE, al dar a conocer el pasado mes de diciembre, datos cuantitativos de la población de habitantes en situación de calle, la mayoría debido a su adicción por el bazuco,  arrojando que de 34 mil que habitan el País, en Neiva habitan un total de 440. A propósito de nuestra ciudad, puntos neurálgicos como la Avenida Circunvalación y la Avenida La Toma, son frecuentados por gran parte de esta población. Aunado a lo expuesto, y centrándome en la periferia, ese polvillo color blanco o café que hasta con ladrillo se mezcla, está expandiéndose en una ciudad que desde su actual mandato, no está dando el resultado requerido, puesto que, así algunos medios regionales muestren capturas hechas por las autoridades, las comunas dos, seis, ocho y diez, siguen siendo las de mayor existencia de “ollas” de fácil acceso para  niños, adolescentes y jóvenes adultos que terminan comprometidos con su adicción, problemática que afecta coyunturas como la salud mental; tener 440 personas que han perdido su voluntad por el consumo de alucinógenos, es preocupante.

Al respecto del tema de salubridad, cada persona puede experimentar diferentes reacciones o todas juntas, dependiendo de la cantidad consumida; de acuerdo a la fundación ‘Fundar Colombia’, las reacciones que se presentan son insomnio, pérdida del apetito, alucinaciones, euforia, disforia, además de problemas pulmonares. A largo plazo los daños terminan siendo irremediables causando la muerte; pero no todo es un oscuro panorama para quien cae en esta adicción, si bien es cierto que con la primera dosis se pierde prácticamente la voluntad, no todas las historias terminan mal y existen casos de recuperación en la población que consume el ‘polvillo del diablo’, los cuales, de acuerdo al DANE, en su mayoría son jóvenes entre los 17 y los 28 años de sexo masculino; pero, para que la historia no culmine de manera trágica, el acompañamiento  de las personas cercanas (familia, amigos), además de la atención de especialistas, es clave.