El correo predador

Lejos estábamos de imaginar que con un solo clic en el correo electrónico personal, y en la cadena de comunicación cibernética en general, de nuestra era –las redes sociales y otras formas populares-, pudiéramos contribuir a la destrucción del planeta.

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Acaba de informarse sobre ese veneno tecnológico del sistema como cuando cae un velo, y en momentos que se abren a la vez muchos ojos vendados con sutil delicadeza en las últimas décadas del orbe mediante la práctica de la globalización. Así como lo oyen…Una simple persona que accede durante horas enteras a la Internet aporta un buen volumen de gas carbónico (CO2) al medio ambiente, y reproduce en extraña compulsión consuetudinaria los gases de efecto invernadero hasta los niveles más insospechados. Es lo que ahora llaman ‘la Huella de Carbono Digital’ (ver en Google), recientemente establecida por investigadores académicos y por sus pares en el medio tecnológico trasnacional –algo tímidos estos últimos, por razones no confesables-, y que puede destruir lo que queda de las reservas biológicas en el globo, a la manera de ‘una nueva pata que le nace al cojo’, de un puntillazo final frente a la inminencia de una hecatombe definitiva.
MODELO DIGITAL ENGAÑOSO
Por tratarse de un impacto devastador en la realidad cambiante de la internet, en apariencia no calculado con suficiente anterioridad, en relación con el uso múltiple de esa red, se infiere que los aportes letales, por ejemplo, desde cantidades mínimas de 10 gramos, que nacen a partir de pequeñas operaciones digitales, personales, en adelante, se disparan hasta cifras astronómicas, exponenciales, todo ello sin hacer referencia en términos de los usuarios terrícolas simultáneos, en esa secuencia permanente, en el sinfín de cibernautas. La proporción destructiva puede equipararse a la desaparición de países enteros, de territorios considerables. Se calcula que lo que queda de la Amazonía, por ejemplo, no va a dar un brinco frente al ritmo de esa comunicación galopante, en tanto su uso constante permite a sus creadores y a sus responsables el manejo idóneo del mundo, uniformiza la navegación por la red, al mismo tiempo que facilita la participación hemisférica, de cuño ineludible y, por ende, afianza el dominio secular, subliminal en lo profundo de la psique. El asunto involucra a la humanidad y a su esperanza de vida sobre la tierra, y amerita un acto subjetivo de bondad que pase, de alguna manera, por lo místico-espiritual para enfrentarlo con eficacia, si se pretenden alcanzar unos valores de justicia y equilibrio en dirección a la supervivencia de las especies que pueblan la esfera terrestre hasta este momento. Sin embargo, esta consideración última no forma al parecer parte de los avances del conocimiento, del abecé de las ciencias, ni siquiera de la misma mente humana común, en medio de su carácter profano, despojado de la más mínima consideración sagrada, aún con el agua al cuello, y con la tribulación profética que le respira en la nuca. La civilización de hoy piensa que la muerte puede sobrevenir más de la incomunicación digital, del abrupto silencio, de la desaparición del teléfono inteligente y del ordenador, con sus artificios, que del agotamiento terrestre intempestivo e inexorable.