Diatriba al Vallenato | Opanoticias
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Diatriba al Vallenato

Me anticipo a las recriminaciones y a las réplicas, ya que estas, por tratarse de instintivas respuestas de consumidores de vallenatos, son predecibles. El libreto para defender el género se limita a los gemidos y las onomatopeyas. Son los mismos monosílabos y frases apocadas que gritan los héroes del panteón: “¡Maricaaaa!”, “¡heyyyy!”. Dirán que tratar de invalidar una manifestación de la cultura popular es un acto de soberbia y estrabismo intelectual. Me llamarán autista y aburrido; inactual y gruñón.

 

Habiéndome adelantado a las asperezas que supone controvertir un gusto extendido, una estética masiva y un consumo mayoritario, rompo el cascarón del polluelo malhumorado. La epidemia gripal que contagia con sus frases de cajón, mensajes insípidos y lírica pueril, fue multiplicada por la radio comercial. En la frecuencia modulada, crecieron por ensalmo los Ritos Antonios, esos locutores convertidos en reyes de un penoso espectáculo de ramplonería y frivolidad. Grandes exponentes de las enfermedades del lenguaje, en sus retahílas se advierten las dolencias del castellano: solecismo, cacofonía, pobreza lexical, idiotismo, muletillas, etc. Atronaron, mañana, tarde y noche, un discurso de heroísmo y leyenda alrededor de Diomedes Díaz y sus canciones de pésima dicción y ejecución musical drogada.

 

Fue esta radio la que borró la tradición del género. El aura mesiánica de los cantantes que en su momento se presentaron como miembros de la nueva ola, obliteró la discografía del vallenato raizal, del poema repentista que cantaba el rapsoda en la plaza para luego ser musicalizado. Si imaginan que mitifico el proceso de creación que existía en las músicas de la costa caribe, pueden remitirse al libro de Jorge García Usta y Alberto Salcedo Ramos titulado Diez Juglares en su patio. Los testimonios de estos cultores constituyen una prueba irrefutable de mi añoranza. Pero mi alegato no es el de una plañidera nostálgica. Las flechas de mi cerbatana apuntan a la asimilación alienada que el país hizo del peor enlatado musical que la industria haya podido concebir.

 

En el vallenato comercial, ese rótulo facilista que los folclorólogos de las cabinas de radio presentan como el emblema del país, la calidad no se asoma por ninguna esquina. Son malos cantantes que a falta de talento derrochan un vigor escénico que azuza a la muchedumbre. En la plaza Francisco el Hombre, el despliegue de técnica y precisión, de acompasamiento y virtuosismo, fue reemplazado por los alaridos circenses que la ingenuidad naturalizó como folclor. Quienes peroran se acompañan, es justo reconocerlo, de marcos interpretativos logrados que integran músicos cuya misión es trabajar tras bambalinas para buscar el lucimiento de quien saben es una marioneta carente de virtudes artísticas.

 

El vallenato que difunde los medios de comunicación con videos de una manufactura artificiosa, no es el género que representa de manera fiel el acervo cultural de Colombia. Sus letras retratan el marasmo y la desidia, la celebración inane y el desamor de cantina. Los cantos de sus figurines son disonancias continuadas, potajes guturales sin gracia ni contenido. El vallenato comercial condensa la mediocridad entronizada por obra de la ceguera y pereza de la industria musical. Su triunfo es un logro de la bobería que convirtió la chabacanería en marca y la estupidez en producción seriada.

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