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Vamos a definir conceptos

Las redes sociales están llenas de discusiones políticas, en las cuales brillan la ausencia de conceptos claros en los términos que su utilizan.

Vamos
Por: Miguel de Leon 07 Sept 2020

Por: Miguel de Leon

07 Sept 2020

 

Se habla de comunismo y cuando uno pregunta que es, nadie da razón, solo los insultos de siempre. Ahora hay otro termino que volvió a la discusión; el fascismo. Y si bien hay más claridad de este término que del otro, es bueno volver a las viejas explicaciones para tratar de entender lo que está  pasando en Colombia. Por qué el Fascismo no es un término autónomo ni es solo sinónimo de régimen policial autoritario que rechaza la democracia electoral parlamentaria. El fascismo es una respuesta política desesperada del capital a los desafíos a los que puede verse confrontada cuando la misma sociedad no aguanta más miseria y pobreza. Walter Benjamín ya anunció en 1936 que el fascismo se presenta como un medio, que, nunca alterará de forma sustancial el orden del capital: «El fascismo intenta organizar a las masas proletarias que se han generado recientemente, pero sin tocar las relaciones de propiedad hacia cuya eliminación ellas tienden». 

El fascismo es una salida del capitalismo frente a la ausencia de alternativas políticas como sucede en Colombia, en donde las coyunturas de crisis violenta y profunda, la solución fascista parece ser, para el capital dominante, la mejor, o incluso tal vez la única posible. Por eso, estamos viendo como los principios generales sobre los cuales se basan las teorías y las prácticas de las democracias modernas –el reconocimiento de la diversidad de opiniones, la separación de los poderes públicos, el desconocimiento de procedimientos electorales, la garantía de los derechos de la minoría, etc.– se sustituyen siempre por los valores opuestos de la sumisión a las exigencias de la disciplina colectiva, de la autoridad del jefe supremo y de la fuerza pública ejecutante de violencia política. Esta inversión de valores se acompaña en Colombia, con la corrupción descarada.  

El culto al jefe y a la obediencia ciega (lo que diga Uribe), la valoración acrítica y suprema de construcciones mitológicas seudo-éticas (contra la diversidad sexual) o seudo-religiosas (el tirria al aborto) que vehiculan el fanatismo, hacia el reclutamiento de milicias de acción violenta (el paramilitarismo) haciendo del  fascismo  una fuerza difícil de controlar. ¿Les suena conocido? Y en la medida en que haya sectores de población que busquen una salida en un entorno de miedo y desconcierto, como el que estamos viviendo, el fascismo encontrará un motivo para infiltrarse y desarrollarse en semejantes condiciones. El fascismo pretenderá ser la salida a la crisis económica, por eso, se insiste tanto en la reactivación económica pero no en el fortalecimiento de los sectores sociales como la salud y la educación.  

Incluso, uno de los métodos que emplea el fascismo con mayor idoneidad es la provocación. La provocación es un medio para desestructurar el consenso de las democracias al uso, una manera de polarizar y dividir, así como un modo de marcar la agenda hacia una nueva dirección política. Papel importante en esta estrategia, el periodismo vendido esta en primera línea. No es algo nuevo. En 1936 ya lo analizó Georgi Dimitrov: «Los fascistas actúan por medio de su procedimiento probado: la provocación. En Alemania incendiaron el Reichstag y gritaron que lo habían hecho los comunistas. En España se amotinaron contra el régimen parlamentario, contra el gobierno republicano, gritando que el frente popular era culpable de la guerra civil». La provocación se presenta con la intención de añadir ruido y reordenar las preferencias políticas, con mayor o menor violencia. Para ello, cuanto más escandalosa sea la propuesta, mejor, con independencia de que sea verdadera o falsa. Por eso todas las masacres son autoría del ELN y las disidencias de las FARC y así lo informan esos medios, sin ninguna responsabilidad. 

En ese sentido, el gobierno del presidente Iván Duque mantiene una lógica fascista en donde se persigue al otro y se le convierte en un objeto de odio para construir poder, creando para ello,  una institucionalidad punitiva y excluyente en donde es necesario identificar un enemigo interno. Duque, en su obsesión por mostrarse como un hombre fuerte y con carácter, lo que está haciendo, en realidad,  es dejar en evidencia su debilidad política. Por eso, volver a esa figura tóxica es de una torpeza y una falta de cálculo político sin precedentes. Es contradictorio, además, que Duque se autodenomine el “gobierno más joven de la historia” y al tiempo tome medidas anacrónicas y propias de la política reaccionaria. Duque, ha tomado medidas completamente represivas y ha creado una política de Estado oligárquica, excluyente y para unas minorías privilegiadas. Y todo bajo el cuentico de la Economía Naranja. 

 

 

 

 


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