Una nueva lectura de la historia que cuentan los monumentos

El debate sobre los “actos vandálicos”, implica una discusión educativa, aclarar un poco de que es realmente lo que se hace en los muros.

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No caer en la estigmatización del gobierno y los medios, “todo estudiante de las universidades públicas es guerrillero”, “todo grafiti destruye nuestro patrimonio”, “las mujeres siempre provocan su violación”; esas pequeñas definiciones que la derecha uribista hace para su horda de simpatizantes, igual, como el epíteto de “castrochavista”, “vándalos”. Y lógico, comencemos con algo que se ha vuelto una especie de paradigma moderno, según el cual el artista y la obra de arte se dirigen a un público entendido como una masa abstracta de consumidores/espectadores.  Lo que igual,  se ve en el conocimiento, cuando se insiste en la especialización del mismo. De esa forma, se aísla la interpretación del conocimiento y entonces nos limitamos a nombres y fechas como sucede con los monumentos de nuestras ciudades. Una memoria aprendida, no viva.

Sin embargo, el autor de un monumento obedece a un encargo, normalmente del gobierno de turno, del poder político, que del arte espera verse ennoblecida por una exaltación que contribuya a compensar en el plano simbólico sus errores y desmanes. Incluso, se encargan monumentos en homenaje a aquello que ellos mismos han destruido, como sucede con la Gaitana por ejemplo. Son monumentos que obedecen a los dueños de la ciudad y la historia oficial. Por eso, una política cultural rigurosa y democrática hoy, debe saber respetar el patrimonio histórico en tanto que conjunto, que es una interpretación colectiva  y no mera suma de partes aisladas, no solo fechas y nombres.  Por qué hasta ahora los monumentos han sido representaciones o instrumentos del poder. Pero los monumentos son documentos históricos y la ciudad en sí misma es el gran documento que hace legible la historia. El pedestal vacío del monumento es acaso un síntoma de la época, y de la necesidad de producir otra historia construida por todos.

Por eso mismo, el Parque Santander ha sido, “un lugar de encuentros y encontronazos de los neivanos, históricamente ha sufrido embates de uno y otro lado ideológico” como lo dice el historiador Ananías Osorio. Y nos cuenta como se han colocado y luego sacados bustos como el José  Eustasio Rivera Salas, la estatua de Simón Bolívar, el monumento de los Comuneros  y ahora el turno es para Ospina y Medinilla y  Pastrana Borrero. Y lógico van a seguir los martillazos, porque en toda sociedad plural y democrática, lo político se entiende  como un proceso siempre en construcción, en discusión permanente.  Apoyamos por no destruir esos monumentos en su dimensión física sino demolerlos simbólicamente, esto es, “despertándolos” como lugares de conflicto, de reflexión, de debate. La rabia devastadora es perfectamente comprensible y hasta una manera de construir, de escribir otra historia.

Y quienes gritan a grito hediondo; “¡vándalos!”, le recordamos como la ciudad es un escenario del lenguaje, de evocaciones y sueños, de múltiples imágenes y variadas escrituras. La ciudad vivida es “creada, construida, por aquellos que la proyectan suya” (Armando Silva). Los urbanizadores por ejemplo creen que la tierra y el agua es suya  y destruyen con sus construcciones el espacio físico de todos y nadie les grita “¡vándalos!” ni les mandan tanquetas, ni siquiera un llamado de atención. Esa nueva escritura que ahora quieren imponer los señores de la ciudad, armados de palustres y cemento, es una ciudad de consumo y digital. Quieren imponer una ciudadanía  de individuos aislados que se mueven en todas direcciones sin otra meta que los espacios del consumo y del espectáculo, Y ahí la memoria y la historia no importan, no existen.

Y Neiva, como la mayoría de las ciudades latinoamericanas,  existe un tejido social muy débil, poco sentido de lo colectivo,  una limitada experiencia en la construcción de lo público debido a los bajos niveles de participación ciudadana y  poca fortaleza de la esfera política la cual se limita solo a mandar y masacrar, no tienen más propuestas. Por eso  el paro del 28 de Abril con todo lo que conlleva, nos ha recordado que  los derechos civiles y políticos deben ser garantizados, solo así se puede hablar de procesos democráticos. Y cuando los ciudadanos acuden a su capacidad de deliberar, de juzgar, elegir y actuar, solo están siguiendo su derecho a escribir ellos mismos su historia, a construir nuevas narrativas, o como nos dice el papa Francisco; “El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar”.