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Un gobierno que invoca la virgen, pero no sabe perdonar

Entre los múltiples malabarismo que hace el gobierno con las palabras, resalta el del ministro de defensa, Holmes Trujillo, cuando dijo el 11 de septiembre de 2020, que “la Policía Nacional pide perdón por cualquier violación a la ley o desconocimiento de los reglamentos en que haya incurrido cualquiera de los miembros de la institución”...

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Por: Miguel de Leon 05 Oct 2020

Por: Miguel de Leon

05 Oct 2020

 

Entre los múltiples malabarismo que hace el gobierno con las palabras, resalta el del ministro de defensa, Holmes Trujillo, cuando dijo el 11 de septiembre de 2020, que “la Policía Nacional pide perdón por cualquier violación a la ley o desconocimiento de los reglamentos en que haya incurrido cualquiera de los miembros de la institución”, pero cuando la Corte Suprema de Justicia, le ordena el 22 de septiembre, en un fallo de tutela que protegió el derecho a la protesta, “presentar disculpas por los excesos de la Fuerza Pública” sale con el cuento, de que su perdón anterior “se refiere a cualquier violación a la ley, en cualquier tiempo, en que haya incurrido cualquiera de los miembros de la institución”. O sea realizó un perdón multiuso y ya… ! 

Esta actitud me recuerda cuando alguien me dijo, “perdón por todo lo que usted dice que yo le hice!” y uno queda pasmado con esa respuesta, porque  obvio el perdón no se pide por lo que lo demás dicen, como pasa con la sentencia de la Corte. Y claro, uno sabe que no es fácil, hay que reconocerlo. Tener la capacidad de elevar la mirada, aceptar un error y enmendarlo sin esperar nada a cambio, es de valientes, sin duda. Porque perdonar es de esas acciones humanas que mayor conciencia demanda; se necesitan madurez, sabiduría, inteligencia y predisposición a la hora de expresar esa palabra de apenas seis letras. Por eso, todo proceso de reconciliación que aspira a la verdad, la justicia y la reparación, parece no poder prescindir de la necesidad del perdón. Sin perdón, se dice, no puede haber paz, pues sólo mediante el perdón es posible superar la asimetría entre las partes en conflicto. Sin perdón, al parecer, no es posible establecer el equilibrio entre las exigencias de justicia y la necesidad de la reconciliación.

Por eso, en estos tiempos se han dado muchos pedidos de perdón, públicos y privados. No todos terminan como uno desea, o si no que lo diga la senadora Sandra Ramírez, una de las líderes del hoy partido Farc, que durante un acto público en alguna ciudad pidió perdón a una mujer que había sido víctima de dicha agrupación. Sin embargo, la afectada condicionó el perdón que se le ofrecía a la entrega de verdad por parte de las Farc. Y la grandeza de la sentencia de la Corte, es que ya no se trata tanto del perdón como un acto individual a través del cual un individuo –la víctima– entra en relación con otro individuo –el victimario– buscando la verdadera reconciliación, sino del perdón como un acto a través del cual la victima perdona públicamente una ofensa que le ha causado daño y dolor. 

Y para un ministro fascista, que quiere hacer campaña presidencial parodiando la “ley y orden” de Trump, no estaría interesado en evaluar el pasado, por que dicha reflexión implique una ofensa personal o la historia de injusticia de una comunidad en particular.

Esta evaluación del pasado, primero, garantiza el reconocimiento moral o político de la ofensa; segundo, posibilita restaurar y honrar a las víctimas, y, finalmente, facilita la transformación personal y política de las personas. Y eso no lo va a hacer el Gobierno, no le interesa, todos absolutamente todos, sus actos niegan cualquier empatía con las víctimas y los humildes. Por eso cada día en este régimen opresivo, las personas son más propensas a desarrollar formas defectuosas y violentas para tratarse a sí mismo y a los demás. Basta solo ver las columnas de monseñor Froilán Casa, para entender hasta donde el odio y el resentimiento han calado nuestra sociedad. 

La negación por parte del Gobierno y de su ministro de defensa del perdón, en su doble dimensión de perdonar el daño sufrido y pedir perdón por el daño realizado, supone también, en parte, la negación de un nuevo comienzo para la sociedad Colombiana que desea con todas sus fuerzas poder alejar la pesadilla de la violencia y de sus consecuencias. El perdón es una parte consustancial del acuerdo de paz, pues por medio del perdón, los enemigos son capaces de mirarse cara a cara, ahí se da la comprensión de la hermandad que une a las personas y que hace posible que una sociedad no tenga que olvidar pero pueda mirar a su futuro, sin el hierro del rencor y con la conciencia de una fraternidad recobrada. 

 

 

 

 

 

 


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