Un entrevero de la realidad

En definitiva, nuestra realidad supera la ficción, aunque suene a cliché, o a frase célebre fusilada de ocasión, cuando se trata de poner en contexto algunos hechos de la actual cotidianidad.

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Nos permitimos hoy revalorar algunos de ellos, con el ánimo de ampliar el espectro de las discusiones actuales (si es que las hay) en el plano local y en alguna parte no precisada del ámbito global, sin perjuicio de la identificación de muchos sofismas de distracción desde los escenarios de la sociología criolla, tan de capa caída como ciencia recurrente en esta primera quinta parte del siglo XXI.

Son los tantos almanaques deterministas de la época en que vivimos y cuyas hojas desechables envuelven y parecen agudizar sus malhadados y hasta proféticos conflictos. Los hechos hablan por sí solos, sin que sea necesaria la aplicación de una inteligencia en avanzada: en la zona rural de Neiva, en San Antonio de Anaconia, con cabecera en Vegalarga, habla a través de una sorpresiva denuncia en voz alta, un labriego originario, sembrador de vegetales propios de la agricultura limpia, al igual que productor de cárnicos, por ahora al por menor, y quien habita en collados y riscos abismales desde donde adivina al vecino departamento del Caquetá y a sus caminos milenarios de vecindad y hasta de complicidad histórica.

 El vocero popular–que pide el anonimato, pues vive con una hija y varias nietas menores- nos informa que ante la falta de presencia del Estado, tras la firma de los acuerdos de paz, grupos armados sin identificar plenamente (se presume que de disidentes, aunque existe allí todavía una trashumancia continua de colectividades y de colonos) anuncian mediante una serie de comunicados, una purga gradual de bribones y de malhechores que azotan sus dominios, sin control conocido.

Las perentorias amenazas de muerte, o de destierro, se lanzan en el área contra unos individuos visibles, sin profesión aparente,  victimarios impunes a su amaño durante el último quinquenio, al amparo de la ineficacia del gobierno nacional para hacer presencia y al mismo tiempo garantizar una protección ciudadana eficaz.

Al parecer, se trata de estructuras similares a las que tiempo atrás  protegían el medio ambiente y regulaban la vida social con la aplicación de una justicia de hecho, de facto, funcional para el territorio, como él mismo lo reconoce en su revelación espontánea ante la prensa escrita, a cuenta y riesgo de su seguridad personal; por lo tanto, como es obvio, pide la reserva de su nombre; esos sujetos en armas, eventuales, comenta el minifundista de la zona de ladera, son lo más parecido a fuerzas de choque, a rondas campesinas que reaparecen para restablecer el orden resquebrajado por muchos individuos, varios advenedizos, algunos propios de la zona, quienes delinquen sin Dios ni ley hasta el momento.

El exótico código, para aplicar en todo su rigor por parte de estas autoridades delegatarias, informales en apariencia, abarca múltiples transgresiones de carácter penal, civil, laboral, administrativo, ambiental, entre otras.

El grueso de la población rural de esta parte de Neiva, que aporta sustancialmente a la demografía local, amén de la economía, se muestra en primera instancia de acuerdo con la implementación de esos mecanismos milenarios de aplicación de justicia, en razón de la alta incidencia del crimen en su geografía, sin una reacción oportuna del Estado, como se podría esperar del posconflicto, luego de cinco años de la firma de los acuerdos de paz.