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Un ajuste de cuentas

Dos asuntos han obligado al encierro paulatino de la gente por razones de fuerza mayor, de vida o muerte: el coronavirus y el calentamiento global (abril no trajo lluvias mil). El primero (COVID-19) desplazó al segundo, ganó prelación y consolidó el aislamiento social, aunque ambos por igual registran extrema gravedad.

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Por: Fernando Amezquita 07 Mayo 2020

Por: Fernando Amezquita

07 Mayo 2020

 

Al lado del virus, la radiación del sol llega a uno de los niveles más altos de la historia del planeta, pese a ocupar supuestamente un segundo plano, como si ahora se tratara de un elemento inofensivo. Nada más falso… Se puede afirmar que son dos caras de la misma moneda: día tras día la naturaleza aumenta la cuenta de cobro a sus predadores principales, a los seres humanos en estado de inconciencia. El cambio climático se torna cada vez más inclemente, mientras que se surte la recomendación de exponerse a un baño de sol a ciertas horas para deshacerse del virus. El astro rey posee unos beneficios que habíamos olvidado bajo el prurito de librarnos del cáncer de piel. Al exponerse a él en la mañana se siente que mata hasta el carranchil. Los perros se tiran cuan largos son en pleno rayo del mediodía para curarse de ciertas dolencias. Es un lujo que aún no podemos darnos los animales de pellejo delicado, mientras la naturaleza nos enseña sus secretos, su perfección. Los enjaulados de esta era seremos los humanos luego de encarcelar sin ningún miramiento a las aves en prisiones domiciliarias, atrofiando sus alas, deformando sus instrumentos de vuelo libre. Y eso, sin hablar de circos y zoológicos, y del tráfico de fauna silvestre. La casa por cárcel es la prueba que nos toca experimentar, queramos o no, a los terrícolas del 2020. El confinamiento va para largo, en medio de las intentonas por restablecer la aparente normalidad del mundo. Muchos usuarios de las instituciones totales (reclusorios, cárceles, asilos, orfanatos, hospitales, guarniciones, ancianatos, frenocomios, nosocomios, entre otras) podrían sufrir una forma de pena de muerte masiva por la proliferación del contagio pandémico en sus estancias.  Algunos observadores de las tendencias catastróficas aseguran que comenzó un proceso de selección natural de las criaturas que deben abandonar, a las buenas o a las malas, la Tierra por efectos del anunciado fin de los tiempos. Unos, irán a planetas de carácter primitivo y, otros, se someterán a un turno de espera para repoblar la Tierra; sin embargo, se predice que el orbe quedará en un estado deplorable por los acontecimientos del sacudón, aunque la Tierra muestre ya preocupantes signos de una agonía progresiva por la acción de los bribones y los pillos que la gobiernan. Por ejemplo, la vida marina en un 90 por ciento es un cementerio, es una fosa abismal. Los glaciares necesitarán más de 500 años para recuperarse, mientras sufren un ritmo endemoniado de derretimiento, nunca antes visto. Los escogidos finales no la tendrán fácil y su papel será similar al de los colonizadores de tierras indómitas, de parajes agrestes, de regiones bravías. Se calcula que la purga irá hasta el 2025, un tiempo suficiente para que la estantería del sistema global ruede aparatosamente por el piso, por ese mismo suelo en el que se asolean los perros para calmar sus males. Los animales volverán por sus fueros tras sobrevivir a la catástrofe. En esto sí coinciden los expertos cuando se les pregunta por los primeros sobrevivientes de la tragedia, a la luz de sus proyecciones y estimaciones temporales. Esperamos que sus lucubraciones todavía no sean definitivas y tengamos una segunda oportunidad para cambiar el contrato social vigente y así salvar lo poco que queda de la Tierra.

 

 

 


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