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Tradición mafiosa: las ollas de Neiva

La fase de sobreoferta urbana del narcomenudeo llega a extremos increíbles: balas perdidas en inmediaciones de las ollas más antiguas (una suerte de guerra de baja intensidad) además de una serie de atentados contra los viciosos por cambiar de proveedor, en los últimos años.

Tradición
Por: Fernando Amezquita 17 Jul 2020

Por: Fernando Amezquita

17 Jul 2020

 

El adicto es visto como una propiedad privada del jíbaro y de la olla. La caja de caudales mafiosa funciona como un relojito, y mueve muchos ceros a la derecha. Antiguos agentes del Estado controlan buena parte de las ganancias que arroja el negocio subterráneo, y gozan de una protección especial, de inmunidad. Al parecer, estos sujetos dominan específicamente la oferta de cocaína, con su uso elitista en la ciudad. Los carros de alta gama que se mueven en los expendios establecidos así lo demuestran. El coronavirus no le hace mella al tráfico soterrado de esas actividades criminales, pues el servicio por igual se presta ambulante y domiciliario. Se deduce que existe mucha gente metida en el asunto toda vez que a veces se agarran a plomo unos y otros en sectores reconocidos como el barrio ‘José Eustasio Rivera’. Eventualmente ‘por balas perdidas’ caen civiles que no tienen ‘velas en el entierro’, lo mismo que algunas personas que se oponen a esa constante humareda en el vecindario, al horno prendido que produce la combustión del bazuco, del ripio de la coca. Se puede afirmar que ese statu quo es aceptado por buena parte de la comunidad como si se tratase de algo normal del paisaje. Incluso, los moradores del barrio llaman a las ambulancias y a las carrozas a la hora de recoger heridos y muertos, sin preguntar por las causas del entuerto, para evitar problemas. Jairo Polanía (*), líder de algunos sectores que viven de la vigilancia informal en el centro de Neiva, revela que en periodos del último bienio fueron agredidos muchos habitantes de la calle, al menos uno por día, con armas blancas (la mayoría) y armas de fuego. Asegura que los expendedores del centro de la ciudad –aunque también los de Las Palmas y del Oriente Alto- decidieron atacarlos, como una política competitiva, ‘económica’, luego de comprobar que los drogadictos dejaron de comprarles la dosis habitual para surtirse de otras fuentes. Eso implica una merma en sus ingresos permanentes, que no están dispuestos a soportar. Pero también, que el microtráfico se explaya generosamente por cada metro cuadrado, al ritmo de la densidad poblacional urbana y de los factores de adicción. En lo corrido del gobierno Duque la producción se triplicó, por lo que el consumo interno se muestra sobredimensionado mediante miles de ollas y ollitas, móviles y fijas. El señor Polanía dio su versión sobre los hechos que rodean esta historia, centrada en la olla del barrio ‘José Eustasio Rivera’ que se prolonga escandalosamente por el perfil urbano antiguo de Neiva: La Toma, Chapinero, Tenerife, Campo Núñez, asciende y luego corta en El Jardín y baja para dirigirse al Parque Santander, abrazando terrenos inexpugnables para los demás expendedores, en apariencia. “Es un conflicto que existe entre los expendedores de sustancias sicoactivas y alucinógenas y los consumidores. Aquéllos agreden físicamente a las personas que ahora no les compran, como lo hacían antes, en sus ollas del barrio ‘José Eustasio Rivera’ (que se riegan a través de 20 ciclistas menores de edad, armados. Son los victimarios de los indigentes). En unos siete meses tabulados se registra un herido diario que se esconde en un centro asistencial, en su casa, o en el cementerio, sin ser reportado. El habitante de calle es un agachado, aguanta lo que le hagan porque cree que no va a ser escuchado. Además por su forma de vida, siempre desplazado, se cree desechable, no tiene ni siente el apoyo de la sociedad”. Al interrogar a transeúntes, mujeres y hombres exponentes de las dos últimas generaciones de neivanos, dicen estar de acuerdo con ese negocio abierto, en el corazón de Neiva. Afirman que la gente necesita ‘sobrevivir’, sin importar los medios. Es la nueva ética que trae consigo la privatización, con su ‘sálvese quien pueda’. Pero los que van a pagar el pato son sus propios hijos, convertidos en demonios antes de tiempo… El que se elimine a alguien por no comprar lo que antes compraba, a manera de reclamo sicópata, tiende a ser de uso aceptado hasta llegar a la costumbre. ‘Es una moda que crece’, piensa Jairo Polanía, el primer divulgador de las agresiones contra sus compañeros de suerte –quienes gastan en la droga toda la plata que consiguen; la comida y demás, vienen por añadidura.

(*) Nombre ficticio

 

 

 


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