miércoles, 27 agosto 2025
Por: Luis Fernando Amézquita
Con estadísticas en mano, el presidente Petro reveló la verdadera escala de mortalidad en el país y ella sorprendió a más de uno. Contrario a lo que se piensa en razón de una supuesta ola de violencia, magnificada por los medios masivos de comunicación, los llamados hegemónicos, no es el conflicto ni los asesinatos la primera causa de muerte que sufrimos, como para salir corriendo o esconder la cabeza en la tierra igual que un avestruz.
El Ministro de Salud, Guillermo Alfonso Jaramillo Martínez, en la última semana reportó a las causas asociadas al contexto cardiovascular (‘isquemia cardiaca’) como las que generan más decesos en Colombia –infarto del miocardio, fulminante, por circulación problemática-. Este primer lugar es secundado por la contaminación originada en el uso de los combustibles fósiles, del carbono, y la desaparición paulatina del oxígeno terrestre, lo que elimina a miles de niños, según las cifras oficiales, para comenzar...
No obstante, el asunto tiende a generalizarse con el resto de población en materia respiratoria vital. Es preciso saber que los vehículos a gasolina son los culpables directos de la tragedia, con su proliferación y su uso indiscriminado en nuestras vías y carreteras, dentro de un país asfixiado por las modas de su motorización masiva, con algo de placer y soberbia, más allá de las necesidades de transporte y movilización propiamente dichas.
Los grupos de poder, empresarios y comerciantes, industriales agremiados, atacan al presidente sin contemplaciones debido a la postura habitual contra la combustión de los motores, en desarrollo de sus discursos reiterativos en defensa de la vida y del planeta Tierra; su despertar de conciencia sobrepuja la codicia humana frente al desarrollo aparente y al crecimiento, a la reproducción del capital, cacareados por los dirigentes mediante un falso humanismo; sectores líderes y monopolistas, financiadores y hasta socios de medios masivos de información, muestran ese hecho como si se tratara de un embeleco político de Petro para acabar con el país desde su orilla del pensamiento social-espiritual, a la que le temen más que al mismísimo diablo que los inspira y los guarda en sus recintos perfumados y ostentosos de la falsa sacralidad.
En los índices de mortalidad van, entre las siete y las primeras 10 casillas tabuladas, las muertes y el homicidio en tránsito, al lado del mercenarismo y del sicariato –aunque este último constituye el cementerio mayor de los jóvenes, víctimas y victimarios constantes-, de la actualidad en Colombia. Su majestad el ruido enloquecedor de las calles y vecindarios, que siempre condenamos aquí, relacionado con el tránsito y en general con el transcurrir colectivo se convierte en otro asesino encubierto.
Por ejemplo, el director del Hospital de la Universidad Nacional vecino del estadio el Campín, en Bogotá, denuncia que está muriendo en forma sustancial la gente en las UCI, en urgencias y en el interior clínico por el exceso de ruido que se tomó las ciudades colombianas y golpea cruelmente ese sector capitalino –aunque es generalizado su incremento desbordante-.
En la revista ALÓ, el periodista Poncho Rentería reveló que en algunas instalaciones médico-asistenciales bogotanas la gente se suicida, se lanza al vacío desde lo alto, al no poder conjurar el ruido enervante y desquiciador que los satánicos poscovid 19 convirtieron en una moda sin derecho al pataleo consciente en defensa de la naturaleza y de la vida sensible.
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