Psicoactivos para los locos

Autoridades médicas de los Estados Unidos de Norteamérica experimentan con el uso regulado de psicoactivos, de sustancias narco-adictivas propiamente dichas, de estupefacientes, para tratar la demencia sui generis originada en la pandemia.

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La información fue presentada como reportaje central en el programa ‘Informe Naím’ del canal RCN, el domingo 1 de mayo de 2022. Los pacientes recuerdan las salas de urgencias atestadas al comienzo de la COVID 19, cuando la ciencia daba virtuales palos de ciego en desarrollo de su atención emergente a los enfermos en eclosión; pero en esta oportunidad el sistema de salud gringo asiste a grupos de perturbados producto de lo que parece ser el poscovid originado en sus primeras variantes identificadas durante dos años mal contados.   LA ANTIGUA ‘NUEVA OLA’

 

Es como el resurgir de la célebre psicodelia, una moda del siglo pasado aunada al rock y al consumo de determinados psicoactivos: hierba, pepas, ácido, hachís... Esa onda  generacional, desplegada en la actualidad por las Ciencias de la Salud para efectos de una cura extraordinaria -a síntomas como los depresivos, entre otros- juega un papel prevalente merced a su carácter histórico-social, en cuanto se remonta a los dorados años 60, a la época de los ‘hippies’, del ‘soye’, de la ‘traba’, del ‘coso’ (hoy porro) con un alto contenido psíquico y espiritual. Sin embargo, todo parece indicar que se privilegia la investigación simultánea con plantas de uso ancestral en los pueblos tradicionales, aborígenes: raíces, tubérculos, hongos, yahé, entre otras; se cree que esas sustancias favorecen el desdoblamiento, la proyección de la conciencia fuera del cuerpo, en forma temporal. Las primeras plantas intervenidas por los tratantes provienen, en directo, del interior de la tierra; recogen la cultura centroamericana, a partir de México, aunque en la etnografía americana es habitual la ocurrencia de esas prácticas dadas al escapismo frente al mundo cruel de los adultos y contra la guerra fratricida. 

 

ENAJENADOS VIRULENTOS

 

Esta clase de desquiciamiento proveniente del COVID 19 al parecer presenta algunas características inéditas en el mundo de la ciencia, pues tiene síntomas no muy ortodoxos, si se observa el conjunto de las manifestaciones lunáticas definidas por los psiquiatras y los expertos afines, a través de la experiencia acumulada. Los pacientes del 2022, tratados o no por la pandemia en expansión, o superada eventualmente en sus cuadros de salud, se podrían considerar más como unas víctimas del cambio abrupto en sus vidas cotidianas, del golpe recibido en su integridad físico-mental a partir de la actividad tenebrosa de lo desconocido, en apariencia, incluso de lo oculto inmerso en el mensaje de su contagio selectivo; a estos nuevos afectados por una condición humana impensable en los albores del virus, se les brindan desde la psicología clínica, por varios métodos inteligentes, unos tratamientos psicodélicos, nunca antes vistos, muy parecidos a la homeopatía –a la aplicación de dosis mínimas para combatir las enfermedades con sustancias que produzcan iguales o parecidos efectos patológicos en los pacientes-. En los inicios del tratamiento se habría recurrido al peyote, a la ayahuasca, inclusive al ácido lisérgico (LSD), a un apoyo del costumbrismo panamericano nativo. Los cuadros de ansiedad, angustia y desesperación, de depresión, proclives al deterioro de la salud mental, tan severos como la esquizofrenia y la paranoia, tienen en jaque a las autoridades de salud. El tema se incluye como prioritario en la atención por urgencias de los alienados, al mismo tiempo que se recomienda una cuantiosa inversión pública en manicomios, en hospitales neuropsiquiátricos, algo que en Colombia se trata como secundario dentro de la agenda político-administrativa.   Aunque pareciera descabellado ‘meter droga’ para recobrar la lucidez, en desarrollo de investigaciones y actividades de psicología clínica, que inician en los EEUU, la psicodelia brinda una voz de esperanza para los miles de atrapados en las garras de la ola demencial que se ensaña sin piedad con los terrícolas, luego de los primeros coletazos sanitarios de la pandemia.