Nadie es eterno en el mundo

En mi juventud, el traguito era acompañado de rancheras y boleros. Infaltable “el rey” y “volver, volver” de Vicente Fernández, “te voy a olvidar” y “se me olvido otra vez” de Juan Gabriel y muchas otras de cantantes mexicanos.

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Los amigos y las novias de la época, cantaban a grito herido estas canciones, noches de trago y rockola, nostálgicas borracheras llenas de recuerdos de malos amores y de "viejos" que ya no están en este mundo. En realidad, no vivi tan vivida la música de despecho de hoy, en donde los colombianos comenzaron a coger ventaja. Por qué este género es colombiano, la denominada “música del despecho” da cuenta de la visibilización de grandes sectores sociales que encuentran en este género musical la re-presentación de sus vivencias, desilusiones y frustraciones, pero también sus anhelos y esperanzas, es decir, de una realidad social que se filtra a través de esta música, y que en muchas ocasiones no tiene relevancia en otros medios masivos de comunicación.  
Una música popular que muy pronto, comenzó a determinar los gustos y las estéticas, mediante narrativas que se separan de lo convencional, para entretejerse con el tejido de una realidad social problemática.  Composiciones en donde a la mujer le va muy mal, y a los hombres peor, porque siempre posan de víctimas, y eso ya se vuelve sospechoso. Descubrí que si los hombres se identifican con estas canciones su capacidad de enamoramiento es realmente sorprendente. Malsana, pero sorprendente. Y uno comienza a entender muchas cosas de la sociedad actual, cuando uno, no se sabe esas letras y toca preguntar a los amigos quienes son esos cantantes.  Uno se lleva una sorpresa, cuando a la mujer que está a mi lado, uno le pregunta por que le gusta esa canción y ella   responde casi que furiosa;  “pues porque con esa música uno puede llorar a moco tendido”. 
Y ante mi cara de poco entendedor, ella, antes de dejarme solo, me respondió: “yo creo amigo, que la vida es como una telenovela, hay risa y llanto, hay amor y desengaños, hay buenos y malvados y Darío Gómez nos cuenta en sus canciones todas esas cosas”. Y comencé a seguir ese nombre ya que lo escuchaba cada nada. Por eso, me retiré a mi casa con aguardiente a la mano, me dijeron que era mejor que la cerveza y comencé a oír juiciosamente su música. Comencé a pararle bolas a las letras de algunas canciones y escuche  como se repetían en sus  letras las palabras  traición, abandono, desdicha, desesperación, pena, engaño, dolor y sufrimiento. Palabras que los colombianos tararean en todas las tiendas de vereda, barrio, pueblo, ciudad, bares, burdeles, balnearios, discotecas, buses y colectivos de este país.  
Y uno piensa, si con esas canciones, ¿estos cantantes estarán contribuyendo a la construcción o fortalecimiento de la identidad cultural en Colombia?, o, ¿de qué manera los procesos sociales construyen espacios de convivencia con géneros musicales como el “del despecho”?, o ¿si el mensaje de Dario Gómez vale la pena en un espacio de amor y reconciliación? O si simplemente sirve para aumentar el consumo de aguardiente como paso este fin de semana en Antioquia y aumentar la violencia de sus seguidores. “Nadie es eterno en el mundo” la canción más conocida del cantante, es un fenómeno social, con características que deben ser analizadas, porque va más allá de la utilización vulgar del sentimentalismo del pueblo para obtener ganancias a costa del consumo desmedido de alcohol al que induce esta música con sus letras.  
Y solo una sociedad en crisis como la nuestra, puede creer que esas canciones mal compuestas y con letras sentimentaloides y superficiales, son validas musicalmente. Y ayudan a construir identidad; “Darío Gómez es de la tierra. Es paisa. Por él me aguanto la lluvia. Él nos enseñó que con el despecho también se puede vivir la vida” como dijo alguien en el entierro del cantante. Pero igual es la expresión mejorada de la derecha colombiana, por eso, el primero en manifestarse fue Alvaro Uribe, y luego fue físicamente a su velorio. Por algo, la música de despecho creció en el el auge de la economía del narcotráfico, y toda la subcultura derivada de sus prácticas y manifestaciones. Ahora falta ver, los desfiles de sus seguidores a su tumba, con grabadora en mano y botellas de licor, para recordar al cantante a ritmo de sus canciones más conocidas.