Los otros segregados del camposanto

El primer observador del lanzamiento indiscriminado de cadáveres de detenidos-desaparecidos a la fosa común en el cementerio central de esta capital a manos de unidades policiales, Libardo Trujillo Medina, escritor e investigador ocultista, entregó mayores revelaciones sobre un tema escabroso que hoy ocupa a la Justicia Especial para la Paz.

alt=

 

Como se sabe, la JEP dictó medidas cautelares para preservar las evidencias y las identidades, lo mismo que la ubicación espacial de los interfectos detectados en cumplimiento del acuerdo de paz, dentro de lo que podría considerarse como uno de los casos más explícitos sobre presencia de centenares de víctimas de la guerra en el país, sometidas a una eliminación física subrepticia, a gran escala, al amparo de la noche y de la madrugada, y a bordo de las entonces consideradas tenebrosas ‘bolas policiales’.

Las patrullas inundaban el interior del camposanto, con su carga de muertos anónimos destinada al depósito en unos huecos gigantes recién abiertos para la faena culminante de eliminación a supuestos colaboradores de la guerrilla, aunque pudieron también caer personas del común, noctámbulos y mal llamados desechables, drogadictos y delincuentes con reincidencia criminal, con la complicidad del sepulturero de la época, quien respondía al nombre de William, a secas...

El señor Trujillo obtuvo información fidedigna de esos episodios del conflicto,  en sueño (en estado de desdoblamiento) y en vigilia (mientras adelantaba negocios en la Plaza Satélite del norte, ubicada frente al cementerio) en horas de la madrugada; es algo que se confirma oficialmente casi 20 años después de esas ejecuciones extrajudiciales, cuando los testimonios de las organizaciones populares, sociales, políticas y de muchos de los deudos de los sepultados en serie en la zona, se multiplican ante la JEP.

Este siglo registró sus primeros años con esa carga macabra a cuestas, propia de la seguridad democrática y de la expansión paramilitar con eje en el Huila. 

 

Tierra de suicidas

El sepulturero William indicó al señor Trujillo Medina, luego de ser interrogado por el escritor, en desarrollo de una averiguación privada sobre el espinoso tema, que las fosas comunes en especial se cavaron en el área occidental del terreno, un amplio espacio dedicado en la antigüedad a la inhumación de los suicidas –que eran condenados por la curia a la exclusión ceremonial y ritual, sepultados aparte, en virtud de su aparente pecado de autoeliminación física-.

Individuos tal vez caídos en desgracia, en las garras de virulentos procesos de obsesión, renegados y supuestos blasfemos, señalados por el índice acusador de la Diócesis mediante la parroquia de Neiva, encargada de la administración fúnebre, algo que fue superado con el paso del tiempo para bien de la sociedad político-religiosa. Todo parece indicar que el lote interior de los suicidas concentra la superposición de cadáveres y restos de los ejecutados, pues se habla de una cifra considerable de víctimas, por identificar plenamente.

El sepulturero terminó despedido de su trabajo tras ser acusado de traficar con los ataúdes más lujosos, que vendía a manos llenas luego de traspasar su contenido mortuorio a las cajas donadas por el municipio para menesterosos e inopes. A veces, utilizaba sólo sábanas, costales, empaques o talegos improvisados, para envolver y embalar despojos mortales de ocasión, sin ser detectado plenamente.

Su valioso testimonio parece perderse en las tinieblas del oficio de convivir con los difuntos y de frecuentar ambientes de lágrimas y lamentos espeluznantes, no muy usuales para el resto del mundo...