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Los otros muertos del cementerio

Existen centenares de muertos, o lo que queda de ellos, apilados en fosas comunes del cementerio central de Neiva.

Los
Por: Fernando Amezquita 29 Sept 2020

Por: Fernando Amezquita

29 Sept 2020

 

Parecen dormir un largo anonimato, tras muchas noches tenebrosas de la antigua ‘seguridad democrática’, una época de ingrata recordación para miles de humildes familias de Colombia -vinculadas de alguna manera al conflicto colombiano- y que se dibuja satánicamente de nuevo en el horizonte luego de nuevos baños de sangre que parecen tornarse sistemáticos. Durante lo corrido de este siglo, las frías estadísticas aseguran que en el país se tabula más población muerta, que viva. La Justicia Especial para la Paz recibió información de varios paramilitares sobre la presencia de restos y osamentas, sin identificar ni preservar como corresponde a un país serio, por obligación legal-.

La JEP ofició al gobernador Luis Enrique Dussán hace unos seis meses con la intención de verificar plenamente las denuncias de los paras sometidos a su jurisdicción, sin respuesta aparente, lo que podría significar un encarte al mandatario, pese a los efectos de la pandemia sobre la institucionalidad huilense. El procedimiento excepcional de la paz negociada al parecer lo cogió fuera de base, pues los crímenes ocurrieron durante los gobiernos de Álvaro Uribe Vélez, en los albores del siglo XXI, como se sabe.

 Las primeras cifras macabras hablan de más de 100 cadáveres apiñados en el campo santo. Las historias reportadas en la prensa escrita local guardan unas características sorprendentes en la medida que en su momento publicamos las declaraciones de un psíquico huilense, identificado como Libardo Trujillo Medina, escritor espiritualista, quien en las ardientes madrugadas de Neiva era arrebatado en espíritu hasta el cementerio para que observara los carros en que se movilizaban sujetos transportando pilas de cadáveres, y que se detenían misteriosamente a esas horas frente al señalado predio de la curia diocesana, con la intención de proceder a la entrega de su carga funesta mediante el depósito en la tierra horas antes removida por el operario residente del tétrico paraje.

Los vehículos penetraban así con la autorización del sepulturero, y por la vía principal de acceso, en toda la mitad del lugar, por la avenida Tenerife, se dirigían hacia la zona sur y descargaban allí la escalofriante y voluminosa encomienda.

El excéntrico testigo ocasional de los episodios aquí narrados, lograba descifrar el tétrico sentido de la operación criminal después de volitar (volar a voluntad) con su cuerpo espiritual sobre el terreno entre la Plaza Satélite del Norte, ubicada al frente del teatro de los acontecimientos, y el costado sur del campo santo de Neiva, próximo a la Avenida La Toma. En fosas dispuestas previamente por el enterrador, caían uno a uno al fondo los cadáveres de los desgraciados individuos, muertos con tiros de gracia en la cabeza, al parecer realizados con armas de fuego provistas de silenciador, en desarrollo de sangrientos paseos de la muerte.

Según el informante, el antiguo botadero de cadáveres en un basurero de la zona rural de Palermo estaba saturado de  despojos de múltiples desaparecidos, a los que al parecer buscaba afanosamente la Procuraduría General de la Nación. Ese hecho había provocado la mimetización creciente de los muertos violentos de naturaleza política y hasta de  algunos caídos en operaciones limpieza, en las fosas comunes.    

 

 

 

 

 


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