Los escondrijos de la realidad

Se pregunta el periodista Miguel Adolfo Quiroga Acosta, el popular ‘vecino’, del periódico El Boga, en su última edición, en una página editorial política, por qué razón cuando roban a la hija del alcalde, o a un concejal de la ciudad, durante episodios de hurto callejero, la policía metropolitana...

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Se pregunta el periodista Miguel Adolfo Quiroga Acosta, el popular ‘vecino’, del periódico El Boga, en su última edición, en una página editorial política, por qué razón cuando roban a la hija del alcalde, o a un concejal de la ciudad, durante episodios de hurto callejero, la policía metropolitana, luego de una espera prudencial por parte de los afectados, en desarrollo de un espectacular operativo –lo más parecido a un desfile del 20 de julio- aparece sonriente en escena y en poder de los elementos robados, a la manera de un verdadero positivo que demuestra su ‘capacidad de reacción inmediata’ y le vale aplausos e imágenes en los medios locales.

Es un gesto triunfal, de regocijo, en cuanto ‘las cosas no se perdieron’, dirigido sólo a las personas que ostentan algún grado de importancia político-social, mientras que a los innumerables ciudadanos despojados de sus bienes los mandan a la quinta porra, a instaurar una denuncia que dormirá en los anaqueles, es decir, los ignoran e invisibilizan…

El grueso del público no les genera ninguna reacción institucional aparente. Y no es nueva la displicencia con la que son tratados los connacionales en su propio país, sin esperanzas de cambio. Esa costumbre hizo carrera y llega a ser aceptada como normal por quienes apoyan con su voto ese estado de cosas, aquellos que respaldan al sistema mafioso que rige en Colombia, tal vez para llegar a beneficiarse también de él, en impunidad.

Un oficial de la policía, bajo la reserva de su nombre, quien cumplía algunas tareas en el Centro de Convenciones José Eustasio Rivera en los últimos años, explicó que en el cuadrante operan con conocimiento de causa ladrones y uniformados. La autoridad sabe lo que se mueve en cifras y víctimas, al igual que la ubicación de los facinerosos, hasta los límites geográficos de sus operaciones. A veces, cuando se les va la mano y hay muerto, proceden, aunque es mínima la reacción: por lo general cada muerto tiene un precio en dinero previamente  acordado y cubierto por los victimarios.

El mundo de los negocios y la monetización comporta por igual la privatización criminal. Al mismo tiempo, durante algunas charlas ocasionales –y tal vez como un asunto de conciencia- una señora policía confirmó lo tenebroso de la corrupción al interior del organismo destinado a cuidar los bienes y la vida y honra de los ciudadanos. Es una manguala terrible frente a la que pedimos la gracia de Dios por razones obvias.

En esas condiciones no hay nada oculto bajo el sol, como reza la biblia. Para el señor Quiroga, en su editorial, es un asunto de ricos y pobres como si el sistema que nos rige proviniera de una plutocracia, de un clasismo medio nazi (los distintivos y uniformes policiales se inspiran en el régimen nazi, según los textos de historiografía del mundo). Frente a la absurda impunidad de los hechos delictivos en este país, cabe anotar que con la era tecnológica avanzada, los satélites y los sistemas nos graban hasta en el sanitario (!).Así las cosas, los registros de la realidad, de la verdad, aunque jueguen caprichosamente, tienen múltiples fuentes, incluso espirituales, divinas (sin reversa).

Los escondites no funcionan tal como los bribones lo piensan todavía. Es de anotar que en lo malo hay bueno: quedan uniformados asintomáticos, aunque se cuenten con los dedos de la manos y sobren dedos…