Las soledades de año nuevo

Una manifiesta languidez se tomó la noche del 31, y los días siguientes, al menos en las partes más escandalosas de la ciudad (encabezadas por la comuna dos) que guardaron una calma aparente, rota sólo por el ruido de la pólvora –que al parecer bajó un tanto en sus explosiones ensordecedoras-...

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Una manifiesta languidez se tomó la noche del 31, y los días siguientes, al menos en las partes más escandalosas de la ciudad (encabezadas por la comuna dos) que guardaron una calma aparente, rota sólo por el ruido de la pólvora –que al parecer bajó un tanto en sus explosiones ensordecedoras- como efecto de las campañas insistentes de los medios de comunicación-.

La música ruidosa brilló por su ausencia en la mayor parte de la ciudad, supuestamente como consecuencia del expansivo contagio del virus letal. Pudimos observar viviendas de silencio obligado por la posible presencia del COVID 19 en su interior, con enfermos en penoso aislamiento y que ‘olvidaron el año viejo’ por razones de fuerza mayor.

Las campanas de la iglesia no sonaron muy duro en la cuenta regresiva de las emisoras de FM estéreo. Se notaban prudencia y mesura como nunca antes   en el contorno barrial. La música registraba niveles soportables para el oído humano igual que en los viejos tiempos de nuestros mayores. Fue notoria la quema de los tradicionales castillos de pólvora, pero con un novedoso uso familiar, en espacios públicos reducidos y en un tamaño proporcional a la ocasión de alerta sobreviniente en pleno diciembre.

Nos encontramos frente al nuevo concepto de la vida que trajo la pandemia, sin contemplaciones para los más livianos de la sociedad del 2020. Lo que no lograron los códigos de convivencia ciudadana de este milenio tecnológico, en su posible espíritu de respeto y armonía, lo alcanzaron los vuelos de un diminuto ser invisible, de un ‘bicho’, de un aparente vengador naturalista, y cuyo significado encierra una terrible prueba de zoonosis (la enfermedad que pasa del animal al hombre) desde unos reinos en exterminio y opresión rampantes.

Todavía quedan algunos sujetos, clientes de las polvorerías, quienes suponen durante la juerga etílica que la explosión ha de matar al virus, tal como mata a muchos animales, o los deja inválidos tras perder su capacidad motriz… Entonces, un ligero toque de nostalgia por ‘aquellos diciembres que no volverán’, mezclado con la melancolía por los que se fueron en el 2020 –incluidos los que arrancaron en viaje de placer corriendo riesgos inminentes por la pandemia-, se insinuaba en muchos ambientes urbanos a manera de balance de ese inédito año nuevo registrado en esta capital.

No obstante, el ambiente lánguido persistía en las zonas de los ahora denominados ‘gastrobares’, de las tabernas, de las discotecas y de las cantinas, entrado el primer mes del 2021. Todo parece indicar que los huilenses se tomaron en serio, como era de esperarse, el contagio desbordado del virus –y ello sin hablar de la nueva cepa inglesa, una viajera en vuelo aéreo inaugural que les podría respirar intempestivamente en la nuca-.