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Las cuentas alegres

Todo parece indicar que los pronósticos sobre una reactivación de los negocios a finales del aciago 2020, en razón del alza en la demanda de productos de consumo masivo, obedecen a una falsa percepción: la de que todo marcha muy bien y regresa a la aparente normalidad...

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Por: Fernando Amezquita 06 Oct 2020

Por: Fernando Amezquita

06 Oct 2020

 

Desde su irrupción, el azote del COVID-19 sobre la actividad económica es tomado por el gobierno Duque como una oportunidad de negocios, es medido en cifras y porcentajes monetizados. De ninguna manera se habla del drama experimentado por los ciudadanos del común y, mucho menos, de la fase que ahora comienza, con todas sus aristas sociales.

Las cifras de ventas siguen en picada, en caída libre, mientras el fantasma de la quiebra tiende a materializarse, incluso parece cobrar vida en medio del escepticismo popular. El bajonazo no se puede maquillar pese a las estrategias del gobierno Duque, que en principio reactivaron buena parte del comercio y produjeron la sensación de estar frente a unos hechos meramente transitorios del mercado. La soledad de las grandes superficies, tras la suspensión de las medidas restrictivas del pico y cédula, así lo deja establecer por el momento, sin temor a engaño. Incluso, se habla de una posible quiebra generalizada de estos hipermercados en razón de la desaparición de millares de clientes que comienzan en carne propia a sufrir el impacto de la crisis, unos seis meses después de la declaratoria del aislamiento social obligatorio.

Es consecuente señalar la escasez de dinero proveniente, entre otras fuentes, del emprendimiento y de la productividad, en últimas del trabajo creativo y de la reinvención, atribuidos al ser colombiano como si se tratase de hechos consustanciales a su aparente naturaleza. El boom de las ventas al inicio del coronavirus, cuando la gente creyó que los abastecimientos y las provisiones desaparecerían de las góndolas y de los estantes, y corrió a surtirse escandalosamente, se volvió transitorio –como llegó se fue-.

Ese aumento inusitado de la demanda produjo unos reajustes naturales  y una especulación desbordante, amén de una seguidilla de alzas que todavía no termina, pero que tiene los días contados, por razones de fuerza mayor -las leyes de oferta y demanda-. Se trata de entender la primera fase de ese proceso en cuanto a la explosión del consumo, cuyas consecuencias se verían reflejadas hoy mediante una ciudad empapelada, inundada de mensajes contra el consumismo, ese virtual mensajero de la desgracia asociada a la pandemia.

Se predica que la adopción temporal del pico y cédula encierra un claro respaldo a los comerciantes, en tanto que la vida pública se reduce al consumo de bienes y servicios. La gente tuvo salida autorizada pero para socializar en un supermercado y luego regresar al confinamiento… Su diálogo anti-estrés se cumplía con los cajeros de las grandes cadenas y establecimientos dedicados al consumo masivo.

Una sociedad profundamente hedonista y superficial como la nuestra parece despertar de su habitual modorra, al tiempo que rechaza el esclavismo sistemático. El derrumbe del  modelo se asoma en el horizonte de este último trimestre del año. El conductismo desplegado por el gobierno para naturalizar el conflicto entre pandemia y vida social queda al descubierto.     

 

 

 

 


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