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Opinión

La querida “nueva opresión”

Habitar en la posmodernidad da paso a un sinfín de vacíos ideológicos, de fallos y turbaciones en la complejidad de ser.

La
Por: Mai Editor 10 Sept 2020

Por: Mai Editor

10 Sept 2020

 

Condicionados por estas circunstancias y determinados por el afán de buscar la plenitud como comunidad universitaria joven y que lucha, terminamos imponiendo nuevas estructuras para vivir, creando así un ambiente de opresión en quien de nuevo quiso vivir al margen.

A paso bullicioso la noche se vio impregnada de sus siluetas, gorriones fueron reemplazados por bailarines corazones tronando en fila. En la inmensa noche blanquísimas sonrisas se vislumbraban, como luciérnagas anunciaban intermitentes la llegada de las bestias. La hierba mansa doblándose al paso de los danzantes fue testigo de la ausencia de la gravedad, como flotando entre saltos de punta en punta los quince negros se hallaron por fin frente a las puertas, cruzar, no cruzar, cuando lo que espera tras ella son verdades mal logradas y malolientes, cuando al pasar el cadáver de las grandes convicciones de la modernidad sea quien les reciba, mejor estrategia sería buscar una ventana y aventarse hacia el vacío.

La posmodernidad es un término elusivo, sin embargo, desde esa variabilidad determinamos que  es un estado de concepción posterior a la modernidad, dicho así denota evolución pero es pues, a mi consideración un proceso de desgaste, la materialización de la inercia en nuestros procesos de percepción que permean se permean del aspecto cultural. Un sistema de pensamiento que muere y quizá de paso a un segundo renacimiento.

La religión, el culto a la razón o las convicciones políticas como grandes narrativas de la humanidad han muerto, las ideas relativistas gestadas en el individualismo nos han conducido a la deriva. Diario me encuentro con corrientes de pensamiento en extremo flexibles y carentes de compromiso, anarquistas perezosos o hippies preocupados, pero es esta la marca de nuestra época, no hay casillas, no hay un orden para actuar. Hemos creado un muro contra las afirmaciones o los juicios, complacientes unos con otros nos afirmamos en este proceso poco exigente y validado, bien es no hacer nada, bien es contrariarse.

La definición no se nos da, al indefinirnos creamos líneas de libertad, tales líneas sin un rumbo, sin una utopía, sin las narrativas superiores que han muerto en la modernidad se trazan de maneras abstractas y quizá dolorosas, puede yacer aquí la carencia de sentido que afrontan mis quienes, que afronto yo. Habitar en esas pequeñas convicciones perecederas nos aleja de un objetivo, desde las afirmaciones “frías” que descubro día a día, la carencia de un objetivo no es un estado que se rechace, más bien se armoniza nos percibimos en él pero, sin rumbo, sin objetivo, sin libertad y sin sentido a dónde vamos. 

Que se me condene socialmente por hacerle un juicio a nuestra condición, la validación social de una masa tan maleable no sería bien recibida.

Partiendo de lo planteado, de las carencias, de los “sin rumbo” me permito plantear una petición. En común parecen tener el feminismo, la lucha LGBTIQ+, la lucha juvenil, los anarcos, los defensores de la cultura andina, entre otros “Que se permita vivir en libertad, conforme a lo que se siente y se defiende”, aunque bien nos vemos sometidos a las órdenes del mercado existe en este territorio abstracto esta concepción, lidera y condiciona cada post, cada pinta encaminada a la libertad, parece ameno con todos pero conmigo choca, choca y duele porque es ese territorio abstracto el que me puede recibir y aceptar, es ese espacio quizá el único escape al sentido de vivir en estos días, de manera directa estos grupos han dictado “La manera” de ser joven, de ser universitario, de luchar y de percibirse a sí mismo.

Abandonar parcialmente las redes sociales fue la solución más práctica pero en tantas bocas vi estos discursos moviéndose que parece un ataque inevitable. Estas verdades que te cuentan parecen encaminadas a subsanar el dolor que se agudiza cada día, referencias a la condición mental, al cómo percibimos nuestro cuerpo, cómo percibimos y proyectamos nuestras condiciones, los comportamiento en grupo, los juicios morales hacia la otredad, una infinidad de afirmaciones que terminan dictando cómo se debe vivir o cómo percibirnos (esta es la más agresiva), de nuevo se ha creado un patrón que se debe seguir para ser aprobado, hay que quererse, hay que buscar la paz mental y alejarse de quien la arrebata, parecen tener el sentido pero ahora y siempre (más ahora) el proceso de ser persona es muy complejo, el pesimismo es una corriente de pensamiento válida, la desesperanza es natural. Odiarse sucede y sí, el ideal de estar bien no es un disparate pero con la industria cultural diciéndote que no encajas es suficiente, no es necesario convertir los territorios en los que se puede ser libre en un enorme y grotesco sujeto con mil manos que señalan diciéndote que en la soledad debes pensar de determinada manera.

Ser morena, lesbiana, gorda y pobre es mi proceso, son mis circunstancias y quiero decidir cómo asumirlas, cómo me determinan. Puedo decir que no me definen y no amar mi piel porque es indiferente al proceso en el que me envuelvo y al que doy importancia, como escudo ante un ataque tengo mi manera de defenderme, pretender un estado mental distinto al de la felicidad encontrada no puede ser una condena social, respetar la otredad sin imponer normas de cómo entendernos puede ser el mejor calmante para el dolor de habitar en la posmodernidad.

 

 

 

 

 


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