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Opinión

La paradoja del miedo

El miedo, el pánico que alguien o algunos quisieron generar a partir de la histórica jornada de movilizaciones el pasado 21 de noviembre evoco en mí el recuerdo de ese espectacular cuento escrito por nuestro nobel de literatura:

La
ndrés A. Calderón Por: Administrator 29 Nov 2019

“La profecía autocumplida”. La historia se desarrolla en un pueblo muy pequeño en el que una señora al levantarse comenta a sus dos hijos la experiencia de un sueño alucinante, la corazonada de que algo grave va a pasar, y en resumen, este presentimiento se esparce y se va transformando en realidad mientras pasa de boca en boca, hasta que todos los habitantes del pueblo entran en pánico para destruir el pueblo y perderlo todo.

El miedo que suscita la masa descontenta en las calles al partido de gobierno, así como el presentimiento de la señora  en el cuento, parece dispersarse de forma transfigurada,  rápida y sospechosa; ese  miedo parece servir de instrumento a un sector de la sociedad Colombiana que no quiere la paz, que no quiere que este país enderece el rumbo. Con miedo atacaron el acuerdo de paz y quisieron hacernos creer que seriamos como Venezuela, que la formación en equidad de género, en vez de cumplir su función de eliminar la discriminación y el machismo, sería más bien como un arma que al apuntarnos dispararía un rayo homosexualizador. El miedo nuevamente hizo su parte en las pasadas elecciones presidenciales y evitó que opciones distintas a las del sector que lo provocó (Centro Democrático) ganaran la elección, con el nefasto resultado que hoy tenemos.

Pero  paradójicamente ese miedo es el que hoy puede sacarnos de la las garras del “paquetazo Duque”, de su gobierno y su entorno belicoso y corrupto, sí, me atrevo a decir que este sentimiento negativo que hoy atañe a millones de colombianos, sobre todo jóvenes quienes son el alma de este paro nacional, puede jugar a nuestro favor en la medida en que está motivándolos a exigir por nuestro presente y  futuro, porque no quieren que todo siga igual. Los jóvenes están aterrados de versen inmersos en un contexto que ahorca, que esteriliza los sueños, que no ofrece más que desempleo porque no se tiene experiencia, o porque se es “sobrecalificado” dicen los empleadores, o simplemente porque no hay en qué trabajar. Pero están también  los que ni siquiera pueden ingresar a la educación superior, o no les interesa, desobligados al versen en el espejo de un futuro que ya muchos viven, preguntándose  ¿para qué se estudia si al fin y al cabo hay trabajo para los nuevos profesionales?, seguro es más fácil andar con la hoja de vida debajo del brazo persiguiendo un político o dedicarse a laborar en algo para lo cual no se estudió, a vivir del rebusque o de sus familias.

Esta triste realidad  se refleja y se sustenta en una tasa de desempleo del 10,6 % en el trimestre julio-septiembre según el Dane, que para los jóvenes es de 18,1%,  una pobreza monetaria que aqueja más de 13 millones de personas, y una informalidad de quienes trabajan por encima del 50%.

 

Ojala y los datos que expresan esta cruda realidad, las reacciones de muerte que no se hicieron esperar, que arremetieron de forma contundente contra el joven estudiante Dilan, y que son propios de estados represivos  cuando se es impotente ante el poder de la masa iracunda y decidida transformar, no se vuelvan a repetir.    

Hago un llamado al estudiantado y a todos los jóvenes a seguir adelante en esta loable tarea, a que transformemos ese miedo  en un estado de solidaridad colectivo, de resistencia pacífica, de no agresión pero si interpelación de este gobierno. Por todas nosotros, por las generaciones futuras, por Colombia y no  Polombia ¡viva el paro nacional!.


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