La paciencia de los que saben

Los seres de más alta calificación desmenuzan la realidad actual de forma simple. La ignorancia del resto nos tiene por cuenta de los corruptos y mafiosos en Colombia.

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El Huila no suena a excepción. El hecho que el país se encuentre completamente descuadernado se explica en la medida que el gobierno está desaparecido desde el momento en que le aplicaron el acelerador a la privatización. Y Duque de eso sí sabe: es protagonista de primera línea de esos cambios constitucionales. Somos una tierra de nadie, en la práctica.

Se presume que estamos ante una era transitoria hasta tanto se consoliden los negocios y las empresas; cuando la plata llegue a más gente, y se mueva la aguja productivo-emprendedora. La forma de asumir la globalización en Colombia nos hace diferentes ante los ojos del mundo.

Nuestro único similar en América Latina, Chile, supo prepararse para el libre mercado y amarró su marco jurídico para evitar eso que en Colombia hizo metástasis, sin remedio aparente: la corrupción.

No obstante, el desengaño popular de los australes distinguidos como gente seria en el sur continental, de palabra y obra consecuentes, con el presidente Boric a la cabeza, proyecta un revolcón definitivo en la cosa pública, luego de unas décadas privatizadoras, que pusieron al descubierto las excentricidades del sistema en materia de privilegios de clase y de algunos efectos hegemónicos; de múltiples consecuentes económicos, desprovistos naturalmente de alma y sentimientos nobles, aunque no lo reconocieran dentro del orden organizativo popular de redistribución del poder y de la riqueza, en apariencia...

 

LA COLOMBIA DE DUQUE

En el modelo implantado por nuestra nación, de libertad absoluta para los negocios, turbios o limpios, radica la causa de la impunidad, a manera de consecuencia inevitable.

Si matar es negocio –o defender la propiedad privada significa una premisa de muerte-, ¡vale! Las oficinas de cobro y las casas de pique manejan esa misma lógica funcional. Muchas celebridades del país giran en torno de esos núcleos de poder y de dinero como una nueva forma de vida, placentera, incluso ‘farandulera’. La frivolidad por igual está en boga, al lado de lo trivial, de lo superficial.

Las castas políticas centenarias, en asocio con los miembros de una rancia superestructura (cúpulas aún dominantes), lo saben muy bien y lo manejan a la perfección. En los efectos del cambio de modelo económico, acentuados en este siglo, se podrían descifrar las claves de tal afirmación.

Los sectores que influyen en la sociedad criolla, igual que los controladores de opinión, o sus voceros autorizados, hacen una posible gala de  ignorancia crasa, cuando no interesada, frente a un establecimiento que no se sacia de robar (más de 50 billones de pesos al año).

Uno de los líderes huilenses para la historia, político oficialista liberal, Guillermo Plazas Alcid, los caricaturiza como ‘ninfómanas económicas’ para ponerle un toque de humor y de mordacidad a lo que se volvió una costumbre nacional: patrimonializar (el famoso ‘cuarto de hora’) en provecho propio con los recursos públicos, aumentar el capital con los impuestos, con el presupuesto, sin rendir cuentas... El bautizo Placista de los corruptos tiene bastante de irónico y de perverso, tiende a producir un humor negro mediante la desgracia y la calidad de miserables que ostentan los colombianos en sus mayorías.