La música del siglo XX

La música del siglo XX es la secuencia o continuación del desarrollo de la misma en el siglo anterior. Pero debemos advertir que nos estamos refiriendo con este término, claro está, a la música que pretendemos llamar “universal”.

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La elaborada a partir del Renacimiento por los grandes maestro y genios, profesionales en el arte de la composición, utilizando las formas que terminaron predominando (sinfonía, concierto, ópera, ballet, etc.), con el fin de no utilizar la denominación de “clásica” que solo abarca la de la 2ª mitad del siglo XVIII, ni la de “música culta” que encierra una connotación despectiva y peyorativa para las otras dos clases de música. la folclórica y la popular o comercial.

Tres son las corrientes o tendencias provenientes del XIX, el romanticismo, el nacionalismo y el impresionismo. En el XX aparecerán otras dos como contraposición a algunas de ellas o como búsqueda de congruencia con el desarrollo cultural de la época.

En 1º lugar el romanticismo, que se caracteriza por el predominio de los sentimientos sobre la racionalidad, pero que se denomina neo-romanticismo en tanto la forma, el lenguaje se adecúa al avance del tiempo y responde a las nuevas realidades. Sus representantes sobresalientes son Mahler, R. Strauss y Rachamáninov  en las formas abstractas y Puccini y Leoncavallo en las formas programáticas o dramáticas.

Gustav Mahler, el gran compositor alemán de sinfonía ( forma que se va extinguiendo en el siglo XX, siendo reemplazada, a nuestro juicio, por la música para cine ) y de obras corales, nos mostró en su 1ª sinfonía, ( que lleva el sobrenombre de “Titán” en homenaje a esos seres mitológicos que sustentan la tierra ), y concretamente en su IVº movimiento, “Tormentoso”, el recurso de sugerir con música este fenómeno natural tan frecuente en algunas latitudes, la tempestad, la tormenta, recurso empleado ya por Beethoven en su 6ª sinfonía, “Pastoral” ( que debería llamarse, más apropiadamente “Pastoril”) y por Rossini en la obertura de su ´ópera “Guillermo Tell”.

Richard Strauss ( primo de los Strauss compositores de valses, pero mucho más importante que ellos ), compositor alemán de óperas y de poemas sinfónicos, se ganó el favor del público con su versión en música de la novela de filosófica Nietzsche “Así habló Zarathustra”, en la que describe la evolución espiritual de un profeta del oriente medio ( que no necesariamente es el Zarathustra o Zoroastro histórico ) y el que Nietzsche contrasta en su mensaje o doctrina con el de Cristo: desde su etapa religiosa ( “De los predicadores del más allá” ) a su inmersión en la ciencia y la filosofía, su posterior dedicación al goce material  (“De los placeres y las pasiones” ) y su decepción definitiva de la sociedad y de la vida. Strauss compone una maravillosa introducción que quedó grabada en la mente de sus oyentes y ha sido utilizada como fondo musical de grandiosas películas como “2001, odisea al espacio” o como melopea identificatoria del mundial de fútbol “España 86”.

El pianista y compositor ruso de sinfonías, conciertos y óperas Serguéi Rachamáninov nos muestra este nuevo romanticismo en su Concierto para piano No. 2 y en su Preludio “Las campanas de Moscú”.

En las formas operáticas el compositor italianos Giacomo Puccini lleva a su apogeo el estilo de Verdi, el verismo”, consistente en utilizar como narrativa de sus obras acontecimientos verdaderos, episodios creíbles, la realidad de la cotidianidad. “Madame Butterfly”, “Turandot” o “Tosca” cuentan historias verosímiles: esta última muestra hasta dónde puede llegar la crueldad del ser humano por ganar o apoderarse del corazón de una mujer.

Ruggiero Leoncavallo, italiano también, en su ópera “I pagliacci” tipifica la traición y la infidelidad de una mujer que empujan a su esposo actor, a asesinarla en pleno escenario y delante del público, el cual cree que los realistas gritos de agonía de la protagonista forman parte de la trama del libreto.

En 2º lugar, la corriente o tendencia neo-clásica elige como modelo a proseguir, el equilibrio razón-sentimiento de los grandes compositores del período clásico, pero, al igual que la anterior, actualiza el lenguaje.

Y mencionamos primeramente el inglés Gustav Holst, reconocido por su suite (serie de obras con tema similar ) “Los planetas”, que describe a cada uno de los de nuestro sistema solar caracterizándolo, bien por sus especificidades astronómicas ( tamaño, distancia al sol, etc. ) como por la leyenda mitológica sobre su nombre: “Marte, dios de la guerra” retrata con su marcialidad a nuestro vecino planeta rojo.

Serguéi Prokófiev, el compositor ruso contemporáneo de Strawinsky que, a diferencia de éste, prefirió quedarse en su país después de la implantación del modelo comunista soviético consiguiente al triunfo de la revolución bolchevique a pesar de las restricciones impuestas por Stalin a los artistas e intelectuales, colabora con el director norteamericano de cine, Walt Disney, con la música de la película con la que el famoso creador de los dibujos animados ( profundo admirador de la música universal ) quería enseñar a los niños a reconocer el timbre o sonido particular de cada uno de los instrumentos de la orquesta, valiéndose del cuento infantil ruso, “Pedro y el lobo”.

Pero indiscutiblemente el compositor que representa toda la música compuesta en el siglo XX es, sin lugar a dudas, Igor Strawinsky, cuya obra principal está dedicada al ballet, tres de los cuales son consideradas obras maestras en esta forma musical, “Petroushka”, “El pájaro de fuego” y “La consagración o rito de primavera”. En la audición del miércoles 6 de octubre pasado escuchamos de esta última el fragmento “Danza de las doncellas” en la que se recuerda cómo las antiguas tribus rusas (los escitas) escogían una joven para que, una vez fecundada por todos los varones del grupo, fuera sacrificada y con su sangre esparcida por los sembrados, alcanzara de los dioses la abundancia de las cosechas. A pesar del enfrentamiento entre los asistentes al estreno de esta obra, de los cuales la mitad destruía las sillas y lanzaba objetos al escenario en protesta por el argumento y por lo inentendible de la música mientras la otra mitad aplaudía frenéticamente, la obra se convirtió a partir de su 2ª presentación, como ya dijimos, en la más representativa e importante de la música del siglo XX.

La 3ª corriente es el nacionalismo, prolongación de la intención de algunos grupos de compositores provenientes de países menos reconocidos económica y políticamente, de promover sus regiones basándose en la gloria de su pasado, en la hermosura de sus paisajes, en sus bellas tradiciones y en la singularidad de sus canciones.

Desde los países nórdicos Jean Sibelius nos hace llegar los paisajes de sus estepas y bosques cubiertos de nieve y sus lagos congelados, las ondulantes figureas de sus auroras boreales en el círculo polar ártico y nos recuerda la historia de las invasiones rusas sobre el territorio de su amada patria en su poema sinfónico “Finlandia”.

Béla Bartok, el gran pianista húngaro, demuestra con sus obras como Mikrokosmos o su Concierto para piano No. 2, la gran expresividad del lenguaje dodecafónico del que echa mano el expresionismo a partir de Schönberg, pero que empieza a ser utilizado por artistas tan autorizados como Stravinski y que explicaremos en la 2ª parte de esta reseña. Por lo pronto apuntemos que su música acompañaba cotidianamente en su trabajo de redacción a nuestro Nóbel de literatura Gabriel García Márquez.

Y de nuevo nos sorprende un pianista. El afamado concertistas Ignace Paderewsky que en la madurez de su desempeño profesional alcanzó el récord de un concierto casi día de por medio en diversos escenarios, nos dejó una joya de su producción en su “Minuetto”, en el que logra imitar con éxito el estilo de Mozart.

Universalmente conocido, el compositor y pianista español Joaquín Rodrigo, ciego desde sus tres años, inmortalizó la guitarra como instrumento solista en su “Concierto de Aranjuez”, hecho a petición de un prestigioso intérprete, pero dedicado a esta región cercana a Madrid donde pasó solo unos meses, considerados por él los más felices de su vida pues esperaba su primer hijo: grabó en su mente, nos cuenta,  los ruidos de la naturaleza, el canto de los pájaros, las fragancias ambientales y el roce de la brisa y, a pesar de que perdió a su niño no nato y casi también a su esposa, recogió, especialmente en la melodía del 2º movimiento ( Adagio ) su reclamo a Dios a la vez que su agradecimiento por toda la inspiración para su enorme repertorio, herencia de la tradición flamenca y el “cante jondo”: su concierto, escrito en braille como toda su obra, es considerado una de las piezas más bellas de la historia y de las más interpretadas y escuchadas.

Recordemos que el compositor checo Anton Dvorak residió en EEUU durante varios años mientras era director del Conservatorio de la ciudad de Boston y compuso en homenaje a ese país la “Sinfonía del nuevo mundo”, considerada uno de sus emblemas musicales. Pero el 1º compositor auténticamente norteamericano es George Gerschwin, de familia judío-alemana, quien regaló a la nación el 1º concierto de jazz, el aire musical q1ue lo identifica internacionalmente, con el nombre de “Rapsodia en blue”, siendo el blues uno de los ritmos antecesores del jazz y la rapsodia una colección de danzas de una región.

El compositor latinoamericano que logró mayor reconocimiento en Europa es el brasileño Héitor Villalobos: expresó la saudade y la variedad de ritmos cariocas inspirándose en las obras de Bach: sus diez “Bachianas brasileiras” están compuestas para ser acompañadas por cuatro cellos y siguen considerados de antología: escuchamos la No. 1 cuyo nombre de “Cantinela”, es unan melodía para voz humana, pero sin letra, prodigiosamente cautivadora.

Manuel de Falla, junto con Rodrigo, con Albéniz y otros varios compositores vuelven a colocar a España como cuna de grandes músicos: pero don Manuel mantiene su vigencia a través de su ballet “El amor brujo”, basado en una leyenda moruna de una gitanilla viuda, que para poder volverse a casar exorciza a su celoso difunto cónyuge con la célebre “Danza ritual del fuego”.

El alemán Karl Orff concierte en lo que algunos consideran un oratorio, otros un ballet o una obra coral, unos manuscritos medievales en latín. encontrados a comienzo del siglo XX en la biblioteca del municipio de Beuren, en la Renania Palatina, con el nombre de “Cármina Burana” ( Poemas de Beuren ) en los que aparecieron unas reflexiones filosóficas sobre la cotidianidad de la vida, sobre la hipocresía social, sobre la doble moral de la gente, atribuidas a monjes renegados ( los goliardos ) que, tras haber dedicado toda su vida a la oración, a la vida frugal, al estudio de la teología y al cultivo de las lenguas clásicas, abandonaban los conventos para dedicarse al libertinaje, pero con un nivel intelectual y cultural muy elevado. El 1º de los poemas declara con un realismo que aún tiene completa vigencia, “Fortuna imperátrix mundi”, el dinero es el que rige este mundo.

El también alemán Kut Weil emplea una réplica o parodia de la londinense “Beggar’s Opera” ( Ópera de los mendigos ) de los siglos XVI y XVII, una variante de la ópera para gente pobre, con entradas de bajo precio y pocas comodidades ( a diferencia de la ópera de clase alta ), ópera para los pobres  que existió en muchas ciudades europeas ( Mozart escribió algunas de sus mejores óperas para estos teatros,  como la apreciadísima “Flauta mágica” ). Pero Weil utiliza esa “Ópera de 3 centavos” para denunciar y fustigar el cinismo criminal del nazismo rampante en su país. “La canción de Mackie el carnicero” le dio la vuelta al mundo con una pegadiza melodía en aire de jazz, al tiempo que el genial Chaplin lo hacía con su película “El gran dictador”.

El inglés Leroy Anderson le agrega una nueva dimensión a la obra de música, la lúdica, el humor, la sonrisa, recordando que el ser humano es el único animal que ríe, “homo ridens”. En sus composiciones hace con la orquesta graciosas imitaciones de los sonidos “caseros”, como en las denominadas “Papel de lija” o “La máquina de escribir”.

Por último, mencionemos dentro de la corriente nacionalista al también inglés Albert W. Ketelby, que se especializa en dibujar musicalmente escenas y paisajes exóticos como “En un mercado persa”, “En el jardín de un monasterio” o “En el interior de un templo chino”.

En una 2ª entrega de este tema veremos las corrientes impresionista y expresionista de la 1ª mitad del siglo y las novedosas corrientes que hicieron uso de la tecnología y la electrónica en la música de la 2ª mitad del mismo siglo.