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La maldad reina

Un célebre escritor del siglo XX –poeta, fraile, teólogo y filósofo-, referente de grandes plumas como la de Jorge Luis Borges y la de Mircea Eliade (padre de la antropología), reconocido mundialmente como Giovanni Papini....

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Por: Fernando Amezquita 10 Jul 2020

Por: Fernando Amezquita

10 Jul 2020

 

Un célebre escritor del siglo XX –poeta, fraile, teólogo y filósofo-, referente de grandes plumas como la de Jorge Luis Borges y la de Mircea Eliade (padre de la antropología), reconocido mundialmente como Giovanni Papini, asegura que la vida del Diablo se volvió monótona (harta) en la medida que nunca necesitó de seducir a las almas de los seres humanos para que cometan el mal, pues ellos siempre han estado dispuestos a practicarlo y, es más, hasta se complacen en él. Tal vez, como nunca antes, la maldad sale a la superficie del mundo sin tapujos, sin secretos. Incluso se puede pensar que la perversidad está de moda –al menos se acentúa a manera de presagio funesto-, igual que la música chatarra.

En Colombia matan niños, mujeres y ancianos (con el pretexto del Coronavirus). Tan sólo falta que los

Pesen en la balanza, por kilos, en lugar de contarlos…El velo que cubría la existencia amañada de verdugos y mercenarios en la esquemática vida socioeconómica del 2020 se rasgó, como la capa de ozono, y dejó al descubierto el espíritu de los opresores. Ese hecho ratifica que Satanás es el príncipe de este mundo, sin temor a equívocos, aunque un ligero cansancio, tal vez una añoranza, se alcance a dibujar en su rostro, tras miles de años de dominio sobre el planeta. Una interlocutora del Demonio, una cristiana ocasional que sale de una iglesia majestuosa y lo reconoce allí, mientras este espiaba a las afueras de esa catedral (en una plazoleta descrita por el maestro Papini en una de sus obras cumbre publicada en 1954 (El Diablo) en México, D.F.), confirma el cansancio del Adversario, del Enemigo. La exótica mujer (llamada Virgia) por poco y lo convence de su papel arcangélico reservado ante el trono del Padre, y le refiere su silla vacía (desde la que nunca debió caer en picada), llena de telarañas, a la espera de ser ocupada al final de los tiempos cuando impere el Amor, y el odio se reduzca a un simple recuerdo. Afirma la exuberante señora que al no requerir ningún esfuerzo misional para corromper a la humanidad, el demonio podría volver a sentarse al lado del Padre en el coro celestial, en su puesto original como el ángel más perfecto de la creación, que se entiende hasta con el mismo Jesús, en medio de un alto grado de simpatía divina. Se trata de dos hermanos, del mismo Progenitor, cuya relación filial se filtra en la misma Biblia.

El teólogo Papini considera que no existe Amor en su más alta pureza, sin dolor. Sus lucubraciones poseen una hermenéutica del mayor vuelo significativo, jamás concebido por las plumas teológico-filosóficas de la antigüedad en desarrollo de dogmas inamovibles que hoy, por fin, dan paso a interpretaciones libres y al rescate de un espíritu cristiano dado al perdón y a la eliminación de las penas eternas. No obstante, se presume que este último hecho –el de la arcangelización final del Diablo tendría que ser necesariamente un episodio posapocalíptico, previsto para los próximos cuatro años del planeta, aproximadamente, hacia el 2025-. Estos cuatro años van a estar movidos, de acuerdo con académicos y exégetas, aquellos que combinan ciencia y religión, sin aprehensiones ni divorcios y que prefieren el anonimato. ‘Los apuntes para una futura Diabología’ -entretítulo de la obra consultada- comienzan a desgranarse en el 2020, con el fin de los tiempos, con los tiempos llegados, a los que tenemos el privilegio de asistir en calidad de espectadores de excepción. Carlos Ruiz, del movimiento gnóstico huilense, asegura que la maldad tomará una fuerza tan inusitada que pondrá a tambalear los propios cimientos de la bondad y de la fe que conocimos y practicamos. Hasta los más santos renegarán de su fe.

El apóstol Pablo asegura en una de sus cartas que ‘sobrevendrán tiempos peligrosos’. Como dicen los católicos: “¡Que Dios nos coja confesados!”

 

 

 


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