La madeja oculta

Los testimonios de varios de los agentes policiales involucrados en la Masacre de Mondoñedo pueden ayudar al esclarecimiento del magnicidio de Álvaro Gómez Hurtado. En manos de la JEP reposa una decisión que reabriría un caso cerrado.

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La mañana del viernes 6 de septiembre de 1996, William Nicolás Chitiva González, despertó con una ansiedad que sólo los lectores empedernidos experimentan. Le faltaban pocas páginas para terminar la lectura de la obra Dinero Sangriento del escritor Samuel Dashiell Hammett. La edición modesta que cargaba en su bolso lucía ajada después de un par de semanas de sobresaltos y avatares. En los intervalos de su extenuante jornada de trabajo, aprovechaba para devorar las páginas del relato que seguía con creciente expectación.

En abril del mismo año, había sido escogido para realizar el curso de técnico de policía judicial. Este ciclo formativo lo asumió como un paso culminante en su carrera como agente policial. La historia que leía con avidez se convertiría en una premonición del giro abrupto que tomaría su vida en los siguientes días. Como investigador de la Dijin, tenía la disciplina que le aseguraba un avance palpable en sus pesquisas y un olfato innato que el paso del tiempo había decantado. Su agudeza de detective le permitía intuir situaciones de riesgo y cohesionar piezas dispersas sin aparente relación. Pero lo más preciado del agente Chitiva González, era un sentido de la ética que no le permitía transigir con lo que consideraba deshonroso con su oficio. Esta fue su virtud más notoria y loable en su círculo de compañeros.  También sería, una vez atrapado en la vorágine de los hechos, su condena.

El lunes 9 de septiembre de 1996, José Albeiro Carrillo Montiel, su compañero de la Unidad de Armados Ilegales infiltrado en una célula urbana de las FARC,  le confesó que gracias a las delaciones de Carlos Chaparro Nieto, un miembro de la Red Urbana Antonio Nariño que colaboraba con la policía, 6 milicianos,  cuyas identidades y acciones estaban documentadas y perfiladas, habían sido asesinados. La colaboración de Chaparro Nieto arrojaba frutos de manera progresiva y contundente. Gracias a sus informaciones, la captura de José Marbel Zamora Pérez, el 22 de junio de 1996, permitió que la crisis institucional que vivía el país originada por el proceso 8000 y el enjuiciamiento al presidente Ernesto Samper Pizano, menguara por pocos días. Este golpe a las FARC se presentó como un inobjetable logro de la inteligencia militar.

El subintendente William Nicolás Chitiva González, descompuesto anímicamente al ver su vida y la de su familia asediada por las adversidades derivadas de su participación en el  seguimiento y espionaje de la Red Urbana Antonio Nariño, al resultar involucrado en la masacre sin fórmula de juicio de 6 milicianos urbanos, entregó su testimonio a la Fiscalía General de la Nación el 9 de julio de 2001. Luego,  en una audiencia pública realizada el 3 de agosto del mismo año, amplió detalles y narró episodios inadvertidos en la primera declaración. Su nombre aparecía en los informes y seguimientos que periódicamente entregaban a un equipo especializado de la fiscalía. Esa labor conjunta, previa a lo que se conoce como la Masacre de Mondoñedo, sirvió para desenredar la intrincada madeja de infundios y declaraciones falaces que los agentes policiales involucrados fabricaron con torpeza y artificios inverosímiles.

Según lo relatado por William Nicolás Chitiva González, José Albeiro Carrillo Montiel, en un testimonio escalofriante recogido por el cronista Pedro Claver Téllez en su libro Instantáneas de la Guerra Sucia, le describió la sevicia aplicada en la operación: “Eran cuatro los que teníamos reseñados: Zambrano Pinzón, Mora Moncaleano, Palacio Gómez y Arquímides Moreno. Los metimos en una patrulla. Nos lo llevamos para las afueras de Bogotá. Les quemamos las guevas con cigarrillos y les rebanamos las orejas para sacarles información. Y cantaron. Claro que cantaron. No fue mucho lo que dijeron. Pero tú sabes, hermano, que cualquier dato o indicio es bueno. Después, nos lo llevamos para el basurero de Mondoñedo y les dimos chumbimba”.

El senador del partido Comunes, Julián Gallo Cubillos, quien durante su vida clandestina se conoció como Carlos Antonio Lozada,  reconoció ser el determinador del crimen del político conservador Álvaro Gómez Hurtado; también reveló la vinculación del comando de dirección de la Red Urbana Antonio Nariño en el magnicidio. Dicha confesión es razón suficiente para que la Jurisdicción Especial para la Paz reabra el caso de la Masacre de Mondoñedo que fue sobreseído hace varios años.

El comandante del grupo Contra Armado Ilegales, el capitán José Humberto Rubio Conde, fue absuelto; igual suerte tuvo el capitán Carlos Alberto Infante Rosas, un estratega que coordinó varias de las acciones del grupo llamado Blanco Antisubversivo. El teniente Héctor Edison Castro Corredor fue condenado a 40 años de prisión. Los testimonios de ellos, por el conocimiento que tuvieron de la célula urbana que ejecutó el crimen de Álvaro Gómez Hurtado, pueden contribuir a despejar las muchas incógnitas que surgen alrededor del secreto que la inteligencia policial guardó celosamente durante 26 años.

William Nicolás Chitiva González y dos de sus hijos fueron asesinados en el año 2007 en la ciudad de Cúcuta. Con su muerte, la policía colombiana perdió a uno de sus mejores agentes, que aún enfrentando el derrumbamiento de su carrera por su estricto apego a la verdad de los hechos, nunca transgredió el juramento de bandera  ni los principios orientadores consagrados en el código de ética policial. El asesinato de Álvaro Gómez Hurtado, le acarreó al partido conservador la pérdida del estadista e intelectual más preparado que la derecha colombiana ha tenido en las últimas cinco décadas. Chitiva González y Gómez Hurtado, son dos víctimas de la espiral de odio que Colombia debe clausurar.

 

 

 

 

 

 

Fuente: El Espectador - Remitida por el autor en sept 22