La estantería al piso

El edificio humano que se ocupa de la atención a personas recluidas en instituciones totales, de beneficencia y demás, se desploma inexorablemente.

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Es como si nunca hubieran existido, para bien, la solidaridad humana, la fraternidad, el evangelio del Cristo, la caridad salvadora de las almas (impulsada con los avances posrevolucionarios, hacia la mitad del siglo XIX en Francia, como respuesta al considerado imperio de la razón, de supuesto carácter materialista y cientificista).

El asilo de Chocontá, sacudido por actos de crueldad y tortura contra un niño de nueve años –interno por una precoz incontinencia urinaria, sumada a problemas de comportamiento en sociedad- es tan sólo una pequeña muestra de lo que parece ser una falsa vocación de servicio humanitario en personas supuestamente preparadas para asumir esas tareas de ayuda profesional y religioso-asistencial en sectores vulnerables y expósitos…

El hecho se suma al saber popular, al dominio masivo y común sobre esa maldad que se pavonea oronda en el país y que golpea a diferentes sectores en apariencia funcionales, idóneos (como de vacas sagradas, intocables en el pasado reciente), de ONG y de la institucionalidad, de la sociedad civil –que suma lo político y religioso en sus maniobras, desde la Carta de 1991-.

No obstante, su nefasta ocurrencia, su marcha silenciosa hasta casi el presente, en medio de un recurso tecnológico desbordante, tal vez cómplice del statu quo, puede involucrar los siglos enteros, impunemente, por tratarse de un contenido instrumental en los naturales apéndices de un poder reverenciado en el territorio nacional, escenario de la sumisión de las masas ignorantes.

Sin embargo, es también la presencia de episodios que salen atropellados a la superficie mediante una andanada de registros poco gratificantes para el espíritu; de actos nocivos para la confianza de los seres que se esfuerzan en mantener una fe, aunque poco razonada –a partir del dogma y del fanatismo-. 

Los espectadores de esta reveladora época planetaria asistimos impasibles al derrumbe de muchas instituciones ‘benéficas’ cuyas múltiples virtudes cristianas, como la caridad y el servicio desinteresado, se ponen a prueba a la manera de estigmas insuperables, de heridas y excoriaciones incurables, como las que brotaban silvestres en la piel de los antiguos místicos en trance.

Se asegura que esa fenomenología religiosa epidérmica, igual que el éxtasis y el arrobamiento, o la comunión con las esferas deificadas, de los creyentes, se agotaron con el mismo final del siglo XX, cuando la historia de la humanidad se puede declarar muerta.

La maldad rampante entonces funge como sepulturera de lo que podría considerarse insepulto. La guerra sin cuartel entre la luz y la oscuridad se libra en los campos de las revelaciones y las denuncias sobre la crueldad de los seres de esta época, además de un virtual proceso de selección de almas para repoblar la Tierra, al ritmo de la profecía.