La espiritualidad del conflicto social

Hace apenas unos 100 años que en Colombia la amplia diversidad cultural, la inteligencia establecida (lejos de distingos y exclusiones) sobre las formas organizativas populares, produjo efectos de espiritualización en los obreros.

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No podía ser de otra manera…Sus lógicas tenían arraigo en filosofías y creencias no ortodoxas, que promovían la fraternidad y la solidaridad entre los espíritus, como destinatarios, entre otras, de las vidas sucesivas y de la pluralidad de los mundos habitados, de las moradas del Padre; el libre pensamiento hacía carrera; para muchos sectores de la élite vigente hoy en el territorio, en su naturaleza de sociedad capitalista, ‘creyente’, esto aún es inaceptable y sacrílego... Los vientos que soplan en el país, en desarrollo del cambio propuesto por Gustavo Petro, apenas los despeluzan con ligereza. Pero, los hechos son tozudos, y la historia de la espiritualidad popular tiende a repetirse, para bien de las nuevas generaciones de compatriotas. El fin de los tiempos incorpora, en su simultaneidad, un proceso evolutivo en etapa iniciática, por designios superiores.   

POR LAS AGUAS

Se puede señalar que las codificaciones anotadas más arriba, venían de lejos con su rumor inteligente, con su siquismo incorporado, y el país era abiertamente receptivo al contrato social inmigrante, en virtud de una clase obrero-sindical naciente (período 1886-1930), según el maestro Mauricio Archila, quien se explayó hasta 1945 en su análisis laboral para la Nueva Historia de Colombia, escrito para Colcultura y el gobierno nacional. En barco y en champán, entonces, esas doctrinas luminosas surcaban mares y ríos y podían desembarcar en regiones consolidadas del país, del centro y del norte, y hasta en algunas apartadas como el Líbano, Tolima –en turno como tema de nuestra nueva columna de contenido histórico en el OPA-. No obstante, la existencia de Dios y su reino no era materia cuestionable para la época, y mucho menos por los operarios nacionales que iniciaban sus luchas históricas de cara a las reivindicaciones sociales más pertinentes. En ello contribuyeron, según nuestras fuentes consultadas, el espiritismo, la teosofía y la masonería, insuflados por fuertes sectores intelectuales y políticos que daban lustre a la considerada ‘Atenas Suramericana’ del siglo XX, con eje en Bogotá.

UNA BUENA FAMA

En efecto, el nivel de los connacionales era un asunto innegable a la luz de la inteligencia, de la creatividad probada en el mundo culto, allende las fronteras. A estas alturas del 2020, una centuria después, el pensamiento conservador del país –con su supuesta carga religiosa, de carácter fariseo- continúa condenando a la hoguera al movimiento social, ‘a la primera línea’, al Castro-chavismo, a la paz total, al rescate impostergable de la naturaleza y de la Tierra. En el recordado decenio de los años 20, del 1900, los obreros colombianos –además de sus diversas organizaciones gremiales y políticas- contaban con una rica tradición cultural que se expresaba tanto en periódicos como en otras formas organizativas, las cuales iban desde grupos espiritistas hasta sociedades secretas. Existían activos clubes culturales de obreros, artesanos e intelectuales. Rodolfo Cano, padre de la famosa líder socialista de los años 20, fue gran difusor del espiritismo. Intelectuales que se nutrían de esta tradición la proyectarían luego sobre sectores de la naciente clase obrera. 

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