Foucault y el poder

Una conferencia dictada por Michel Foucault en el Colegio de Francia, la introdujo con la siguiente frase: “Tal vez estamos combatiendo el poder en el lugar equivocado”.

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Quiero compartir con los contertulios de “La Gruta Cultural” esta conferencia, mostrarles los desmanes del poder en el ser humano, su capacidad de alienar y destruir la vida de las personas. Mostrarles también la permanente equivocación al enfrentar el poder, nuestra anuencia inconsciente con el verdugo.

A raíz de los acontecimientos de “Mayo del 68”, la educación en Francia, especialmente en París, cambió sustancialmente. Se implementaron, entre otros cambios, los planes curriculares abiertos; las posibilidades de asistir a las instituciones educativas con el menor requisito y en la forma más gratuita.

El Colegio de Francia, (Institución prestigiosa internacionalmente. Diferentes figuras han sido sus profesores: el poeta Paul Valery, el filósofo Henri Bergson, el antropólogo Claude Lévi-Strauss y Michel Foucault, entre otros. Bolívar estudió allí en 1803 cuando era academia militar) programó conferencias libres para todos los ciudadanos con deseos de asistir. Los conferencistas se caracterizaban por sus altísimos niveles de investigación y por sus nuevas propuestas en el conocimiento.

Muchas fueron las conferencias de Foucault. No era fácil asistir, había mucho público con deseo de oír sus propuestas sobre el poder. No cabía la afluencia de estudiantes a pesar de que el espacio debió trasladarse al anfiteatro. Los 300 asientos del anfiteatro no eran suficientes para los 500 asistentes. Sin embargo, por cuestiones del destino, asistí a una de ellas. A una en donde analizó la película “Los olvidados” de Luis Buñuel.

Esta noche compartiremos la primera parte de mi conferencia. Nos servirá para esclarecer algunos conceptos preliminares, indispensables para entender el análisis de la película. La segunda parte, la haremos con la proyección en el momento indicado.

Hablar de Foucault es hablar del Poder, su objeto de investigación. Lo identifica como la “Modernidad Líquida” identifica a Zygmunt Bauman o la “Posmodernidad” a François Lyotard. No es el único interesado en el tema, pero sí uno de los mejores estudiosos.

Cuando hablamos del Poder, nos referimos a una relación de fuerza entre dos entidades. Una que se considera fuerte y otra, débil. Distintas relaciones porque distintas son las fuerzas que la sostienen. Unas veces, la fuerza bruta básica; otras, las fuerzas del poder económico o del espiritual o del militar, etc.

Diferentes son también los operadores. Unas veces operan instituciones: el Estado sobre sus habitantes, la policía sobre el ciudadano, el hospital sobre el personal médico y enfermo, la cárcel sobre los prisioneros… Otras veces, el operan individuos: un rico sobre un pobre, un hombre sobre una mujer, un armado sobre un desarmado, un profesor sobre el alumno, un padre sobre el hijo… Este poder, que públicamente pretende el orden y el progreso de la especie, veja al ser humano, lo deshumaniza, lo destruye.

Para hacer esta exposición más coherente, debo aportar lo mío, hacerme la siguiente pregunta: ¿Cuáles han sido los dos poderes predominantes durante la pre-historia y la historia de la humanidad?

La inquietud me surgió cuando investigaba la cultura Pijao con el fin de escribir la novela “El otro Dorado”. Me pareció curioso que Calarcá tuviese dos títulos al mismo tiempo: Mohán y Político.

Descubrí que el término Mohán había sido desprestigiado por los españoles, por los vencedores. Hoy, lo describen como un hombre maduro, greñudo, habitante de los ríos, quien atrapa las mujeres bellas para violentarlas. Tergiversación de los vencedores. Igual sucede ahora con el término “guerrillero”, se lo confunde con “terrorista”

Nada más lejos del concepto original. Nombraba a un líder espiritual, un conocedor de la naturaleza y del universo, un sacerdote emparentado con lo sagrado. Los indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta los llaman Mamos. Los Pijaos los denominaban kanacoax  o acaymax. Acaymax significaba también autoridad, poder, poder espiritual.

A Calarcá lo consideraban al mismo tiempo líder espiritual y líder político. Para desentrañas esta curiosidad, me fui a 350 mil años atrás, al origen del homo sapiens. Consulté fundamentalmente los trabajos de Vere Gordon Childe. En especial: “Los orígenes de la civilización” y “Los orígenes de la civilización europea”. Lo complementé con los trabajos de Bernd Marquardt, profesor de la Universidad Nacional. Especialmente el libro: “Historia mundial del Estado”, tomo 1.

A diferencia de las otras especies sobre la tierra, el homo sapiens adquirió consciencia de su existencia. Conoció de su existencia y de su finitud, supo que vivía y que moría. Fenómeno hasta hoy inexplicable aun cuando existen algunas teorías, unas religiosas y otras biológicas.

Gracias a la consciencia, pudo observar los ritmos que rigen la Naturaleza y al Universo. Yo los imagino haciéndose preguntas como: ¿quién mueve al sol?, ¿quien apaga las noches?, ¿quién enciende los días?, ¿quién hacer florecer la rosa? Y muchas más. Sólo había una respuesta: seres superiores, dioses.  El monoteísmo es demasiado reciente.

De esta respuesta nació el primer poder sobre la comunidad: el poder espiritual, el religioso, el los Mamos, el de los Mohanes. Todos los seres humanos regidos por leyes superiores, las de los dioses, las del universo. Leyes con sus sacerdotes en la tierra, sus brujos, sus mamos, sus mohanes.

Para tener mayor información de este poder, consulté los textos de Mircea Eliade, especialmente “Historia de las religiones”

La consciencia trajo una serie de revoluciones en el homo sapiens, revoluciones que aún se conservan. Imposible negar que somos su generación más reciente.

Revolución fue bajarse de los árboles para consolidarse en la tierra. Revolución fue conservar el fuego para cocinar la carne. (Vale la pena ver la película “La guerra del fuego” del francés Jean Jacque Annaud para ilustrar esta revolución). Revolución fue la creación del lenguaje, convertir los ruidos y las señas en palabras para la comunicación. Revolución que les permitió crear el tiempo, ese artificio mental. El lenguaje les permitió crear el pasado y el futuro.

Muchas fueron las revoluciones hechas por el antiguo homo sapiens. Una, relativamente reciente, hace apenas 8 mil años, fue la revolución agrícola. Revolución que surge por una necesidad demográfica. Era fácil desplazarse en manada de 30 o 40 personas. Pero cuando el grupo sobrepasaba los 100 miembros, era necesario dividirse. Y se dividieron durante muchos siglos hasta cuando poblaron la tierra. Se bajaron de los árboles, se volvieron nómadas y recolectores de frutas para sobrevivir. El momento llegó en que el desplazamiento debía llegar a su final y debía imponerse el sedentarismo. Tal objetivo se logró con la revolución agrícola: cultivar en un solo lugar para asentarse en un solo suelo.

Revolución que trajo varios fenómenos. Trajo la abundancia y la acumulación. Trajo la población que cultivaba y la población que cuidaba el producto. Aparecieron las clases sociales y las primeras semillas de la ciudad. Apareció también el poder de la “polis”, el poder político, el poder terrenal, el de los hombres sobre los hombres. A partir de ese momento, dos poderes se impusieron sobre el homo sapiens: uno político y otro religioso.

Se iniciaron también fuertes confrontaciones entre los dos poderes: entre el poder celestial y el terrenal, entre el poder de los dioses y el de los hombres, entre el religioso y el político; siendo el poder espiritual de origen pre-histórico y el político, de origen histórico.

La evolución se ha ido decantando en favor del poder político y en contra del espiritual. Primero predominó el poder espiritual, el religioso. El que aún se conserva en las comunidades tradicionales, las que aún no han sido contagiadas por la civilización, la de los indígenas colombianos que aún luchan por su cultura ancestral.

Acto seguido, surgió el poder religioso político. Más religioso que político. Poder que se impuso en civilizaciones como la egipcia. Un Estado fuertemente centralizado, pero un faraón profundamente divinizado. Una cultura post mortem fuertemente arraigada. 

Muy cerca de nosotros, hallamos el catolicismo. Su imperio durante el medioevo fue más religioso que político. Sin desechar lo político, gobernó en nombre de un Dios todo poderoso. Su ideal consistía y consiste en pasar por la tierra para llegar al cielo donde reina la eternidad.

Poder espiritual que produjo figura de la talla de San Francisco de Asís y San Juan de la Cruz. Que se politizó demasiado con el tiempo y produjo hombres de poder político como el cardenal Richelieu en Francia u horrorosas instituciones como la Santa Inquisición en España.

En la tercera etapa, surgieron los Estados más políticos que religiosos. Los reinos o estados aristocráticos fueron comandados por Reyes que gobernaban en nombre de Dios. No estaban tan divinizados como los faraones, pero su poder procedía de los cielos.

Colombia, que por su conservadurismo poco ha superado el pensamiento aristocrático, tuvo una Constitución hasta 1991 cuyo gobierno se ejercía en nombre de Dios. Sin embargo, sus gobernantes eran más políticos que sacerdotes.

Con el éxito de las revoluciones industriales y francesa, se ha impuesto definitivamente el gobierno enteramente político. El poder religioso ha perdido influencia gubernamental en Repúblicas como Francia y México. En Colombia, el concordato ha sido modificado y la influencia de la religión ha disminuido notoriamente. Hoy en día, las iglesias cristianas se someten al poder político, a las leyes de la democracia, participan en los procesos electorales.

Existen semejanzas entre los dos poderes. Ambos se caracterizan por considerar al ser humano como apéndices de un ser superior: de dios o dioses para los poderes religiosos o de la mercancía, (léase, dinero) para los poderes políticos. El poder del primero procede de los cielos; el del segundo, procede de la tierra, de los hombres poderosos en la economía. En ambos casos, el ser humano es un sometido, un oprimido, un esclavo, un segundón sobre la tierra.

También tienen sus diferencias. El poder religioso, por considerar a todas las criaturas como hijos de un Dios supremo, desarrolla una cierta compasión. De ahí surgen las comunidades cristianas dedicadas a los enfermos, a la educación, etc. Surgen también figuras como Sor Teresa de Calcuta y San Martín de Porres.

En cuanto que el dinero, mercancía suprema, es el dios del poder político, ha borrado la compasión de su sistema. Todos están conminados a la libertad de competir en el mercado, a fracasar o triunfar en esa lucha implacable. Exitoso quien lo consigue, desachable quien fracasa.

El poder político fue el objeto de muchos críticos durante el siglo xix. Lo criticó Marx quien mostró, en su percepción filosófica, sus desmanes contra el ser humano. Si la religión era el opio del pueblo; el capitalismo, su peor verdugo. También lo criticó Nietzsche; anunció la muerte de Dios a través de Zaratustra, el advenimiento de un poder cínico e implacable, sistema sin ningún dios celestial a la vista.

La literatura fue más vehemente en su crítica. En “Frankenstein”, Mary Shelley muestra el monstruo que se estaba gestando. En “Los miserables”, Víctor Hugo ilustra los nuevos ejércitos de miserables sobre la tierra. En “Madame Bovary”, Gustave Flaubert incursiona en los desmanes humanos e implacables del nuevo mercado.

Foucault direcciona su crítica contra el poder político. Lo hace por diferentes razones: por la influencia que tuvo de Nietzsche, la de Marx y porque le tocó padecerlo. Lo padeció por su inclinación homosexual, condición que descubrió desde muy joven. No pudo guardar el secreto por el infierno interior. Pero cuando lo aceptó públicamente, el infierno exterior fue igualmente implacable. Lo fustigaron la burla, la exclusión, el estatus de anormal.

Su pasó por la Escuela Normal Superior de París (Otra institución prestigiosa de Francia), donde cursó su pregrado, fue infernal. Momento en que resiente más intensamente los tentáculos del poder: los padece, los mira de frente, le descubre su naturaleza.

Para esta noche sólo me detendré en algunos conceptos sobre el poder, los que nos permitirán analizar mejor el filme de Buñuel. Foucault ve el poder como un complejo entramado que, viniendo de lo alto, alcanza los rincones más distantes del cuerpo social. Como gigantesco árbol de cuyas raíces nadie escapa.

Llama microfísica del poder o poder capilar a la porción de poder que somete a cada persona en particular, que lo hace esclavo del gran poder y, al mismo tiempo, un operador implacable. No hay peor enemigo que el amigo, el familiar, el compañero. Las personas de carne y hueso que nos rodean; especialmente, las personas amadas

Fueron los compañeros de clase quienes lo fustigaron. Los que, alienados, lo torturaron por su inclinación homosexual. Para él, razón tenía Sartre cuando afirmaba: “El infierno son los otros”. No solamente los otros, sino uno mismo. Uno lleva tatuado el poder el lo más honde de la consciencia personal.

El lenguaje constituye la peor bacteria para contaminar la enfermedad del poder. A través de la palabra se programan los cerebros da cada persona, se apuñala civilizadamente al otro. A través de la palabra, se ejerce la fuerza demoledora de cualquier poder. La palabra, que parecía el mejor invento del homo sapiens, se ha convertido en su peor enemigo, en su peor detractor.

El enfermo, el contaminado de la palabra poderosa, ingenuamente desconoce su enfermedad. Un canceroso que aún no sospecha el cáncer. No sabe que no habla por él sino por los poderosos. No sabe que no es más que una bacteria del gran poder, un soldado sin uniforme, un orgulloso alienado, un peligroso ser humano para el ser humano. Peligroso incluso para él mismo.

Peligro que se torna esencial cuando Foucault devela el objetivo del poder. Contrario a lo que predica: poner orden, organizar para el mejor vivir, el poder sólo pretende destruir la VIDA de las personas. Se alimenta de la vida material y espiritual de los súbditos. Es un biopoder que se implementa a través de la biopolítica.

El ejercicio de la biopolítica no construye seres humanos. Los destruye, los hunde, los asesina material y humanamente. Frente al biopoder, cualquier ser humano tiene dos alternativas: o se somete perdiendo su identidad, o se rebela para caer en la exclusión, el ostracismo, el asesinato.

Entre los operadores del poder: los institucionales o los individuales, el peligro mayor se halla en estos últimos. No son las instituciones las corrompidas, lo son las personas que las integran. No es el Congreso colombiano el podrido, son los congresistas las larvas de la putrefacción.

De nada sirve cambiar un gobierno por otro, un sistema por otro, si el mismo poder deshumanizante contamina la consciencia de los ciudadanos. No es contra o a favor de los sistemas de poder contra quienes hay que librar las batallas. Hay que hacerlo contra la consciencia individual, contra la consciencia de los otros y la de uno mismo. Contra las consciencias que nos rodean y nos infiernan la vida. Contra la consciencia de uno mismo que tiene la costumbre de infiernarnos la existencia