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Opinión

En victimización, sentido de las proporciones

Mientras los líderes sociales de las comunidades rurales de Colombia caen muertos uno tras otro sin que de parte del Gobierno se perciba una verdadera voluntad política de protegerlos de los ataques que hasta con granadas están sufriendo,

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cecilia Por: Cecilia Orozco 02 Jul 2019

En el centro del poder se banalizan los informes sobre el peligro de vida en que estarían algunos personajes que, paradójicamente, suelen contar con hiperprotección del Estado. En cuanto a la cacería que se ha desatado contra las poblaciones que reclaman sus derechos, hay que lamentar que no se le haya escuchado al presidente Duque dar orden perentoria de perseguir a las “Águilas Negras”, bandas de narcos y paramilitares, como las que suele dictar contra quienes se acogieron a un Acuerdo de Paz que —gústeles o no a él y a su partido— desarmó la estructura guerrillera más fuerte del continente. En cuanto a las noticias sobre amenazas que habrían recibido altos funcionarios públicos, habría que tener cierta mesura y responsabilidad antes de darlas a conocer. En un país como Colombia es casi un crimen social hacerse la víctima cuando hay miles que lo son, real y dolorosamente.

El propio presidente Duque no debería permitir que se anden difundiendo informaciones sobre complots contra él, salvo en ocasiones de extrema gravedad en que esté comprometida su seguridad y la de la nación. Por cruel que parezca, otras situaciones similares pero no vitales, constituyen gajes de su oficio de mandatario. Por eso son tan frecuentes en este y en cualquier país. Hace unos días, el fiscal Martínez lanzó una alerta de amenaza contra el jefe de Estado sin dar detalles ni mostrar la identidad de uno solo de los sospechosos. Esta semana, el canciller Carlos Holmes Trujillo, cada vez más engreído y desatinado en su gestión (¿en dónde quedó el Carlos Holmes amable y tolerante?), puso a sus colegas del Grupo de Lima a rechazar un plan fraguado por el régimen de Maduro contra la integridad física de Duque. Diría uno, lego en la materia, que resulta mil veces más efectivo que los cuerpos de inteligencia trabajen en completo sigilo para desactivar ataques asesinos que publicitarlos como lo hace, precisamente, Maduro casi todos los días.

Cosa aparte y casi farandulera es lo que ocurre escalones abajo en los recintos del poder, en donde hay tanto funcionario “importante” que para que uno adquiera cierta notoriedad, tiene que abrirse paso a codazos. Recuerdo al inefable doctor Cruz, el subsecretario del Senado elegido y reelegido cien veces por su habilidad cortesana, cuando le mintió al Senado en pleno sobre una supuesta agresión que habría sufrido, en junio de 2017, de un equipo periodístico de Noticias Uno, noticiero poco querido en esos salones. Aunque se disculpó cuando se pudo demostrar, con videos, su falsedad, en la audiencia ante la Procuraduría Cruz reiteró su mentira cuando describió su golpazo al camarógrafo “como un choque accidental” y cuando afirmó que su vida emocional había “sido afectada por haber sido expuesta de manera tan infame”: un victimario que fingió ser víctima.

El 1° de mayo pasado, en mitad del agitado debate por las objeciones de Duque a la Ley Estatutaria de la JEP, el secretario general del Senado, Gregorio Eljach, otro “avión” que maneja a su antojo la organización administrativa del Congreso, dejó saber que lo habían amenazado. ¿Quiénes? No lo incluía el mensaje que vía WhatsApp y, curiosamente, desde un número del celular no oculto sino identificado en pantalla, le habría enviado un presunto sicario. No obstante, era obvio que el matón estaría actuando en “representación” de la oposición que quedaba, así, categorizada como asesina. “Pedazo de secretario... llevando las cosas a favor... del gobierno nacional sapo hp te atendrás a las consecuencias...”, decía el texto. Por pura curiosidad periodística, Noticias Uno llamó al número en pantalla. Para nuestra sorpresa, la persona dueña del móvil contestó: una señora humilde que se gana la vida llevando y trayendo documentos de abogados penalistas por toda la ciudad. Ni idea de quién era Eljach ni menos qué era eso de las objeciones. Desde cuando este funcionario permitió su publicación, la señora, que no tiene escoltas como Eljach y quien camina las calles arriba y abajo como los ciudadanos del común, ha recibido decenas de llamadas amenazantes del otro lado. La “víctima” Eljach dijo que “todo estaba solucionado” cuando se le preguntó por el mensaje. Lástima que su “victimaria” esté intimidada por las llamadas del otro lado.

Entre paréntesis. En diciembre de 2017, Eljach denunció otras amenazas después, según dijo, de haber anunciado la votación por el hundimiento de las circunscripciones de paz. Tan conveniente: los autores de las amenazas siempre resultan ser los defensores del Acuerdo de Paz.

Entre paréntesis II. Ninguna persona de bien quiere que Eljach o cualquier otro ciudadano sufra lo que han sufrido miles de colombianos: ataques contra su integridad. Pero hay que tener sentido de la prudencia y, sobre todo, de las proporciones.


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