Jueves 25 de Abril del 2019

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Opinión

El útero de la estatua

El


Este domingo Duque Márquez completó ocho meses de los 48 para los que fue elegido, haciéndose el presidente.

Es que en el poder el reloj gira a velocidades de huracán, lo cual si bien no es responsabilidad del mandatario, sí, que todavía siga culpabilizando al gobierno anterior de cuanto fenómeno ocurre antes que entender que el reconocido por la Registraduría como inquilino de la casa de Nari fue él. Tampoco la fantasmagórica banda que toca detrás del trono al vaivén de los caprichos, odios, deseos de venganza, frustraciones, envidias y temores judiciales del desaforado dueño de la batuta.

Duque cloqueó decenas, centenares de veces a lo largo y ancho del país, replicado y amplificado por la gran prensa, que estaba -contra toda evidencia- preparado para gobernar una sociedad tan compleja como la nuestra. Sociedad que, comenzando por los capos de su partido, se niega cerrera, obtusamente a permitir que se curen las heridas de la estéril confrontación que ensangrentó a generaciones de colombianos.

Es como si pólvora, sangre, desplazamientos, lastimeros lamentos gemebundos de las familias ajenas en hospitales y cementerios hicieran parte del ADN de quienes se empeñan en no bajar el telón de las tragedias que enlutaron a millones pero que simultáneamente enriqueció a los fogoneros beneficiarios de la conflagración aupados por un incendiario urgido por mantener la cortina de zozobras que, por más discurso incitatorio para disfrazar sus andrajos, las llagas del viacrucis de su propia conciencia y de la conciencia nacional lo estarán persiguiendo hasta después del final de sus días como a Hitler, Mussolini, Arafat, Idi Amín, Pinochet o Hussein. Que perdonen ellos la comparación.

Mientras “el que dijo Uribe” no se zafe del asfixiante yugo, la suerte nacional serán años de años del mismo padecimiento. La amenazante frase retuiteada de “plomo es lo que hay” gritada por envalentonados fanáticos extremouribistas durante las pasadas protestas estudiantiles refleja la pobreza argumentativa de quienes azuzan la batalla. Guerreros que al primer asomo de zafarrancho, como su mentor compiten por huir a despavoridas zancadas o esconderse tras centenares de guardaespaldas, carros blindados, chalecos, motos y metralletas.

Y mientras se pretende arrinconar la justicia amedrentada, trampear acuerdos, torcer la constitución, faltonear la cacareada lucha anticorrupción, meter las narices en gobiernos extranjeros, Duque y sus sargentos buscan inútilmente justificar sus reiterados desaciertos mirando el espejo retrovisor, comandados por el enfermizo psicótico senador y por el cínico expresidente que por un reloj intercambió con la guerrilla sin preguntarnos 45.000 kilómetros cuadrados. Sigue mirando hacia atrás como la bíblica mujer de Lot que, por estar en esas terminó convertida en estatua de sal.

Si bien el responsable político-ideológico del actual estado de cosas no es Duque sí lo es administrativamente y de nada valdrá que al final de la tarde reconozca que sin querer queriendo se limitó a prestar su útero para reengendrar la tragedia. Para entonces, si el ciclo vital transcurre normalmente, ya su jinete estará disfrutando en propio pellejo, del fuego que tanto le complace cuando es en cuerpo ajeno.


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