El regreso a la caverna

Bastante cavernario el actuar del gobierno Duque, a pocos meses de su fin para bien del país. Su estilo bordea las fronteras del absurdo en razón de las incoherencias con que se despacha cada vez que se dirige a los auditorios del mundo.

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El presidente de los neonazis criollos y de sus camarillas al fin mostró el cobre, en medio de una contumaz (‘persistencia en el error’) despedida, frente a la comunidad internacional que escuchaba su último discurso oficial como mandatario acreditado ante la Organización de las Naciones Unidas. Se atrevió Duque a descalificar el proceso de paz suscrito por el gobierno colombiano  con las antiguas Farc, en 2016, allí, sin pestañear siquiera, en el mismo templo de su construcción histórica, de su aprobación como término de la guerra fratricida en Colombia: la ONU.

Lo tildó de ‘frágil’ ante una asamblea general de naciones sorprendida por su discurso ambivalente y, en definitiva, contrario al acuerdo. Duque lleva siempre un libreto subrepticio alusivo a la supuesta paz fallida y al ‘dictador’ venezolano Nicolás Maduro. Esta vez lo bautizó criminal de guerra, sin importar que el lunes próximo pasado fueron asesinados cinco líderes sociales, además de una paralela ejecución de indígenas y de firmantes de los acuerdos…El primer mandatario no duda en ponernos en ridículo ante la faz de la Tierra, cada vez que abre la boca sin medir las consecuencias de sus palabras, repletas de estupidez.

El primero en reaccionar airado ante la carga de incoherencias atribuida al ejecutivo nacional fue el ex presidente Juan Manuel Santos, firmante de los acuerdos que le valieron el premio Nobel de Paz. En una entrevista radial con Julio Sánchez Cristo, del sistema de FM noticias, Santos aclaró lo referente a la manipulación interesada de los hechos por parte del primer magistrado de la nación y recordó el episodio de la supuesta fragilidad de las negociaciones de paz con las antiguas Farc, hoy  miembros mayoritarios del partido político Comunes: Duque aprovechó malintencionadamente las trasnochadas prevenciones del vocero de la ONU a su arribo a la mesa de La Habana, en momentos que el albur y la incertidumbre aparentes se hacían notorios en las delegaciones inaugurales de los diálogos preacuerdo, tal vez por lo incierto de los resultados finales frente a una discusión política de tamaña envergadura y a su eventual significado en un país con 50 años de guerra a sus espaldas.

El plenipotenciario enviado a Cuba participaba destacado por la comunidad internacional desde la instalación de los diálogos, y sus lógicas aprehensiones se enderezaban a la juridicidad del proceso, a la constitucionalidad, al ojo de la Corte Penal Internacional, al inédito modelo de unos pactos en tiempos de la lucha contra el terrorismo, sin la tradicional prevalencia de concesiones de amnistía total para ex combatientes venidos de una guerra muy prolongada, casi eterna...

En las últimas horas, Duque se vio obligado a replantear su criterio sobre la fragilidad del acuerdo de paz y salió a apagar incendios acompañado por Sebastián Piñera, presidente de Chile en visita oficial de tres días al país; el dignatario chileno lanzó un discurso aprendido sobre la ‘paz con legalidad’ –una manera del sí pero no a la implementación de la paz, un hábil remoquete de Duque para destruir lo acordado, por debajo de la mesa-. Piñera trató de lavar la imagen de su copartidario, también presidente de derechas, que es objetado por buena parte de la comunidad internacional civilizada.