El pandemonium

Parece inevitable atribuir a las causas demoniacas de estos tiempos la presencia de unos cambios atropellados que sufre nuestra sociedad huilense...

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En antaño conocida por  otras latitudes como una comunidad parroquial, municipal y agropecuaria, en medio de un discurrir soñoliento de peones y patronos, con un manejo feudal insuflado en buena parte por la Santa Madre Iglesia traída por el conquistador y su parafernalia histórica en el hemisferio. Todo ello en relación con el poder de este mundo, ejercido en un espacio predeterminado al parecer por los rigores del destino y por la providencia divina, en un escenario proclive al conformismo y a la sumisión de los nativos. Incluso, se afirma por igual que la percepción en el norte del país, relativa a esta parte del territorio meridional, es la de una zona poblada de indios y de grupos ancestrales, pueblos tradicionales de ‘patirrajados’, además de esos humildes labriegos mestizos que surgen tras la colonia y que son sujetos actuantes de las múltiples relatorías oficiales a posteriori. No obstante, en el fondo se trata de la misma colectividad del ‘espere tantico’… En esta época aciaga, la inocencia y el candor se derrumban ante la tecnología, y pagan un alto tributo conciencial como aquello que pudo haber sido y no fue…

 

¿UNAS BESTIAS?

 

Muchos de sus miembros ahora se han convertido en auténticos monstruos, como los de las películas –y así se muestran a veces en la intimidad de sus espíritus-. Los Celios de la actualidad se han vuelto de mala calaña, especialmente muchos de los miembros de las generaciones más jóvenes: agresivos de palabra y obra; no se les puede reconvenir, y responden de inmediato con un rosario de madres e improperios, o lo que han dado en llamar ‘las palabras de grueso calibre’. En el tránsito alocado y riesgoso de la ciudad son muy visibles y sonoros, explotan sin medir las consecuencias de sus desafueros. A instancias del crecimiento de los trancones y del propio parque automotor, sin control conocido, en las vías principales su presencia se registra a manera de una alerta roja permanente, como un aviso de grave eventualidad callejera, de amenaza letal. Hasta los guardas de tránsito les han dado a esos conductores la patente de corso para violar las normas, en medio de unas estampidas de marca mayor que identifican sus movimientos cercanos en las vías públicas. Por ejemplo, los motociclistas se apoderaron de las ciclo vías, y los ciclistas de las aceras, sin que medie la intervención de las autoridades competentes, tal como lo venimos denunciando en las últimas columnas. Pensamos que la capital del Huila, en esas condiciones, se torna inviable, invivible. En la calle 50, desde la avenida 16 hasta Villa Cecilia, incluso hasta Las Granjas Comunitarias, en la comuna dos nororiental, la congestión adquiere marca mayor y amenaza a los peatones. Es posible que se haya volcado el huilense promedio a vivir en la zona durante las últimas décadas, atraído por el consumismo, pero la infraestructura vial disponible es ya inoperante frente al volumen del tráfico, y la gente, de repeso,  vive de malas pulgas, envenenada en su propia ignorancia, aunque no lo acepte...