El miedo, el arma que empuña el ministro de defensa

Dice el ministro de defensa, Diego Molano; “Yo jamás he empuñado un arma contra los ciudadanos o las instituciones. Jamás he incitado a jóvenes a la violencia o al odio como usted hace”, en una respuesta a algún comentario de los Gustavos.

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Y como todo lo que sale de la boca de este gobierno, uno entiende que el ministro miente. Porque si alguien vive armado, empuñando un arma “contra los ciudadanos o las instituciones”, es justamente el gobierno nacional. Armados del miedo y del temor, asustando a todos con esa arma. Por qué el miedo y sus usos políticos puede servir para entender muchas de las cosas que pasan en este mundo que habitamos, el miedo tiene poder para cambiar el mundo, como también lo tiene la esperanza. 

Así que dejemos ese debate de las armas y centrémonos mejor en el uso que el gobierno hace de todas las formas de lucha contra la población colombiana. El miedo es un instrumento sumamente poderoso que el neoliberalismo (que es sin duda mucho más que una teoría económica) lleva alentando y manejando desde hace mucho tiempo, como uno de los marcos de interpretación clave para entender la realidad y definirla.  El miedo actual es, sin embargo, un miedo líquido, difuso, en expresión de Zygmunt Bauman, y nos trasmite que lo mejor es esconderse sin un plan de respuesta claro porque no tenemos claras las amenazas. Dejadnos llevar las riendas, nos avisan, porque contra temores poco tangibles es difícil combatir. Porque es difícil de entender que  el gobierno vive armado y dispara todos los días esa arma.

La táctica ha estado ahí siempre. El miedo, una emoción básica que nos paraliza o nos llama a la acción, es también una construcción socio cultural intencionada. Aprendemos a través de los demás qué debe producirnos terror y cómo responder al mismo. Recordemos el comentario sobre la denuncia de la muerte de menores en un bombardeo contra las disidencias en Guaviare. “Esas estructuras transforman a los jóvenes en máquinas de guerra”, fue la frase del funcionario. Y obvio, los niños quedaron marcados, cuando un exdirector de ICBF, los describe como “máquinas de guerra”, esa fue una ráfaga mortal y desde entonces hay libertad para bombardear cualquier campamento, incluso con menores ahí. “Delincuentes, bandidos, no quedará uno solo en libertad. A la primera línea lo enfrentamos con la Constitución en mano y el peso de la ley”, amenazo antes de detener a 259 jóvenes por ejercer su derecho a la protesta.

Los niños son “armas de guerra” y los jóvenes son “delincuentes y bandidos”, esa es la munición de las armas del ministro de defensa. Por qué los disparos del terrorismo oficial no respetan a nadie. Por eso en este gobierno, vivimos una época de recrudecimiento de esta estrategia. En los últimos años, la crisis económica ha ayudado a los asustadores profesionales, metidos en los medios de comunicación y en el gobierno, a amedrentarnos hasta la parálisis, infundiendo un temor abstracto a los otros, a los extranjeros, al gasto público, al terrorismo y la inseguridad. Y tal como lo demuestra otros países de América Latina, toda crisis (real o percibida) es una oportunidad para aplicar sus políticas de ajuste. Paralizados por nuestras pesadillas, damos por bueno lo que en otras circunstancias nos resultaría inaceptable. Solamente así, es posible que la Uribestia tenga tanta pantalla y titulares. 

Atemorizados, asustados, nos convertimos en personas individualistas, mucho más manipulables porque dividiendo es más fácil convencer. Olvidamos ayudar a los demás y nos quedamos solos convirtiéndonos en individuos mucho más vulnerables. Los disparos del gobierno, buscan dividirnos (la polarización, como ellos llaman), aplicando la estrategia de “sálvese quien pueda”, centrados en lo que nos diferencia y olvidando lo que nos une, dispuestos a renunciar a elementos clave de nuestra libertad en pro de la ansiada seguridad. Un miedo amplificado por los medios de comunicación que agrandan las narrativas del miedo. En palabras de Eduardo Galeano: “Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo. Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo. Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida. Miedo a la puerta sin cerradura, al tiempo sin relojes, al niño sin televisión”. Es el tiempo del miedo empuñado como “un arma contra los ciudadanos o las instituciones”.