El desenfoque cotidiano

En los medios de comunicación se cocinan supuestas verdades que tienen de todo, menos de aquella realidad palpable que masticamos como observadores desprevenidos, previa una buena dosis de agudeza y de aprehensión frente al discurso cotidiano que emiten en sus ediciones públicas.

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Se puede asegurar que las publicaciones son dirigidas mediante unos delicados mecanismos de manejo de la opinión pública, pues un receptor común no alcanza a digerir los mensajes envenenados y tergiversados, muchas veces, para alentar el clima de los negocios (el rey del siglo: la moneda contante y sonante) y, de paso, ejercer el control sistemático de los asociados, sin que ellos sean conscientes aún de semejante manipulación.

En la actualidad pasamos por una cresta de esa ola algo apocalíptica en sus consecuencias para la salud mental de los connacionales, en cuanto se institucionaliza la maldad de los opresores y se la defiende incluso en las urnas, dándole un tinte de constitucionalidad y legalidad. En la televisión pública de noticias –Canal institucional y Señal Colombia- se montó una estantería poderosa, apoyada también por la Radio Nacional y sus corresponsales en el país, que se disfraza como comunitaria y, en ese sentido, vocera de unas necesidades populares sin solución aparente.

En lo sustancial, como trasfondo latente, se promueve el discurso contra los connacionales que se encuentran agobiados por la pobreza y la desesperanza y en las garras de la descomposición social. En un informe extenso, las cámaras de RTVC mostraron en los últimos días algunas comunidades urbanas de Bogotá tiradas en las calles entre basuras y harapos, individuos desafortunados en razón de sus propias culpas e incurias, vándalos y terroristas, a expensas de la miseria, el consumo y el tráfico de drogas alucinógenas, la promiscuidad y el delito; el informe especial enfatizaba en su cubrimiento con unas posturas sin alma, bastante lejos de la caridad y del humanismo propios de una cultura fraternal hoy vetusta, mientras sugería soluciones de fuerza, en abierta apología del paramilitarismo que promueve el gobierno sin ningún empacho.

Sus periodistas azuzaban las soluciones de fuerza para erradicar la pobreza que afea el paisaje, junto con el deterioro ambiental y la violencia productos de la miseria. Al entrevistar a los vecinos incorporaban algunas escenas de amor libre de los menesterosos para darle un tinte moralista a su labor y justificar la corrección de los desafueros populares callejeros. Por tratarse del sistema público por excelencia de la televisión criolla se presume que los comunicadores deben mostrar cierta prudencia para calificar a las personas en circunstancias de inopia demencial.

El Estado colombiano debe responder por el uso de la comunicación pública en condiciones de proporcionalidad a las previstas como técnica de divulgación social de una fenomenología en aumento exponencial. Es difícil aceptar, en uso del buen criterio y de la sana lógica, que los canales públicos puedan dirigirse a fomentar el clima de violencia y eliminación física que nos sacude, sin sentido o justificación aparente.