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El costal de los billetes

En los últimos años, observadores ocasionales se han topado con bultos de dinero de alta denominación en la intimidad de las viviendas de muchos gobernantes y de altos funcionarios públicos. Esas ‘exclusivas’ mansiones se transforman en cajas fuertes empotradas en grandes espacios domésticos.

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Por: Fernando Amezquita 08 Sept 2020

Por: Fernando Amezquita

08 Sept 2020

 

El acceso al interior de las piezas, atiborrado de efectivo, tiene como clave secreta la llave de la puerta de ingreso a esas mismas habitaciones. Al abrir, sin tener suficiente precaución, el dinero apretujado hasta el techo, sale disparado y vuela, creando un reguero de vastas proporciones, algo estrambótico por su significado en cuestiones de la moral pública y de la administración del recurso social, del uso apropiado de los bienes ‘escasos’... En el edificio de la Personería de Neiva, por ejemplo, fue construida una amplia caleta que baja desde la propia oficina del personero (tiene una abertura camuflada dentro de un espacio con la forma de una biblioteca corrediza, de madera fina) hasta el primer piso. La casa fue comprada por el municipio a unos dueños no muy santos. Allí olía en su momento a dólares y a cocaína, tal vez también a corrupción administrativa en razón de la bonanza petrolera y la feria de las regalías. Los presupuestos de la entidades, incluidas las de control, eran astronómicos. Se podría pensar en blanqueo, en lavado de dólares, sin temor a exagerar. Frente al tema inicial, de los políticos y de los administradores sin escrúpulos, que convierten la casa en un banco, el hecho no ha pasado de lo simplemente anecdótico; además porque estos siniestros personajes gozan de una impunidad (inmunidad) total en virtud de las gruesas sumas de dinero que atesoran subrepticiamente y que cuando se roban, en medio de un frío cálculo monetario, sirven para destinar algunos porcentajes a manera de mordidas y coimas jugosas, para distribuir a manos llenas en sus clientelas, y sobra plata. Es una cadena plenamente estructurada y jerarquizada. Una empleada de servicio que arreglaba un lujoso apartamento, propiedad de un conocido ex gobernador, se llevó tamaña sorpresa tras descubrir cajas repletas de dinero, apiladas hasta el techo de la edificación. La mujer se encontraba sola en el lugar y, entonces, decidió inspeccionar aquello que más le olía a bodegas de almacenamiento y reciclaje de papel y cartón. Las tapas se deshacían al contacto manual, incluso su contenido: billetes de alta denominación. El hollín y la herrumbre bíblicos estaban ante sus ojos, a manera de polvo verdusco de lo que antes pudo contarse en fajos de miles de millones de pesos no bancarizados.  Allí estaba la miseria fatal de los huilenses, un millón de habitantes que no parece merecer su suerte o, al menos, la corrupción política de las últimas décadas, con un indicador de pobreza similar al del Chocó y al de las regiones más deprimidas del país. Durante una experiencia similar, un periodista de visita en la residencia de un alcalde del área metropolitana de Neiva, notó que bajo las camas de la casa se amontonaban costales repletos de billetes. Estos bribones impunes tienen que tener mucho cuidado con sus círculos más cercanos al abrir las puertas de sus aposentos. No hay nada oculto bajo el sol pese a la falta de una justicia que testimonie las prácticas del enriquecimiento fácil, al menos para imponer en últimas unas sanciones sociales que se reflejen en las urnas. 

 

 

 

 


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