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Capitalización de la lucha LGBTIQ+

Yo, como mujer lesbiana no me siento representada por el “ORGULLO” oficial, una comunidad domesticada, banalizada y capitalizada que no me representa, mi reclamo de libertad no está supeditado a intereses políticos y económicos de quienes han representado la opresión, dueños de este sistema que discrimina y explota

Capitalización
Por: Mai Editor 03 Sept 2020

Por: Mai Editor

03 Sept 2020

 

Yo, como mujer lesbiana no me siento representada por el “ORGULLO” oficial, una comunidad domesticada, banalizada y capitalizada que no me representa, mi reclamo de libertad no está supeditado a intereses políticos y económicos de quienes han representado la opresión, dueños de este sistema que discrimina y explota, si el espectro homosexual ha sido alienado y es hoy un objetivo comercial, la comunidad debe respaldarse y afianzar su política revolucionaria rechazando con fiereza al “capitalismo rosa”.

Entender los fines reales que esconden nuestras luchas sociales y políticas es una tarea asumida por pocos, como consecuencia cada día somos testigos de un arrebato de sentido en sumo descarado, grupos vulnerables convertidos en un medio para imponer ideas, leyes y políticas, individuos víctimas de mercados especializados intentando comprar el ideal de vida impuesto, cuando se nos han dicho el cómo vivir nuestras disidencias la lucha se cae, se vacía de todo el sentido reivindicativo y nos quedamos ahí, paradas, siendo un nicho más del mercado.

Echando un vistazo al panorama del movimiento LGBTIQ+ como grupo que lucha por la libertad, reivindicación y visibilidad de las personas con expresiones y sentires de sexualidad y género diversos, es fácil notar un choque de ideales, un quiebre. Ideologías disputando el albedrío de los individuos, hecho natural dado los distintos contextos culturales o económicos que rigen a cada quien, la homonormatividad se impuso a manos de la globalización, rige hoy un modelo de cómo ser, de cómo participar del “ORGULLO”, que no es otra forma más que consumiendo, el quebrar las estructuras rígidas de sexualidad y género parece ser una tarea relegada.

El “capitalismo rosa” viene a ser la forma en que nuestro sistema económico afronta la contracultura LGBTIQ+, la gran máquina del marketing decodifica nuestras expresiones sexuales “rebeldes” y las reclama para sí, estableciendo una homogeneización de la cultura gay que puede ser tan alienante y exigente como el sistema que se pretendía combatir en un principio, una micro sociedad en donde se diluye nuestra verdadera identidad sexual y de género, donde nuestro cuerpo debe obedecer a los estereotipos aceptados, como mujer lesbiana sé qué se espera de mí, veo el gesto de desapruebo que genera mi talla, mi color de piel, mi situación económica y mis conductas.

Los hábitos de consumo impuestos son, aparentemente, una posibilidad para el estereotipo, hombre gay, cisgénero, blanco y perteneciente a la clase media, escogido gracias a su capacidad adquisitiva y ausencia de hijos (dinkis, nicho del mercado) para quienes es más fácil rellenar las necesidades creadas por el mismo sistema, así obtenemos una conclusión muy alejada de los valores que deberían mover a la comunidad en relación con la sociedad, el nivel de aceptación e integración se basa en nuestra capacidad de adquisición económica, la moral se transforma y moldea estratégicamente, envueltos así de nuevo en otro juego del poder.

Sobresalen dos posiciones frente a la relación de Comunidad LGBTIQ+/Capitalismo, la primera dicta lo siguiente, “Si queremos visibilidad en la esfera pública es necesario capitalizar nuestros valores y simbologías”, punto validado por muchas personas de la comunidad dados los beneficios materiales e inmediatos que representa, como espacios seguros o difusión de información pertinente para disminuir la intolerancia, sin embargo, no encaja totalmente, el capitalismo pasó por alto a lesbianas, bisexuales, transexuales, asexuales, “maricas” femeninos, no blancas, inmigrantes y precarias, así que es un beneficio desigual que poco o nada se preocupa por las personas. En contraposición tenemos la postura del “Orgullo Crítico”, donde se nos pide ser conscientes de que los derechos conseguidos junto a la visibilidad han sido a costa del activismo y rebeldía de sujetos capaces de organizarse y forjar políticas revolucionarias, es en esta última posición que creo posible sentirse pleno, identificado y reivindicado.

La cara comercial de nuestra comunidad es representada por un estereotipo, en muchos casos inalcanzable, que lastima, nos despoja y nos arroja a un molde que no llenamos, con formas de vivir, pensar, relacionarnos, consumir y proyectarnos propias de la heteronormatividad.

El orgullo oficial establecido como una comunidad debe entenderse a sí mismo como un agente social de cambio, de lucha, de transformación diaria. El matrimonio igualitario es una meta con un simbolismo enorme pero no puede ser sinónimo de estancamiento, la violencia en Brasil, la pena de muerte en oriente, los asesinatos en toda Latinoamérica y la discriminación laboral a nivel mundial son realidades latentes, mientras nos convertimos en una masa exótica y danzante en beneficio económico de las élites del capitalismo, modelando sus logos y logrando que sean relacionados con “aceptación y libertad” nuestros derechos se mercantilizan y ahí es donde se aplasta nuestra identidad, lo que creemos nuestro no lo es, obedece al “dinero rosa”.

El capitalismo no nos ha salvado, no le debemos nada a quien nos somete y nos aleja de la libertad como humanidad. Es necesario reconocer que también he sido cómplice, que estos modelos de relación pueden atraparnos fácilmente por el afán de no estar solos, pero al reivindicar el sentido del “ORGULLO”, ese de seguir en pie en medio de un mundo que parece repudiarnos, podremos hacer comunidad, una fraterna, reivindicativa, crítica y por supuesto NO capitalizada. 

 

 

 

 

 


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