Amazonía y tierras: Puntales del cambio en Colombia

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Amazonía y tierras: Puntales del cambio en Colombia


Son muchos los rumbos por corregir en el país, si queremos que la vida florezca bajo otras premisas, como las de carácter fraterno, despojadas de la avaricia y de la codicia que reinan per se, en forma de ideales.

Una prueba de fuego se cocina en el horizonte de los asociados y afecta al elector, a su vida, en términos inmediatos. A juicio del ex presidente liberal Ernesto Samper: ‘a la paz hay que meterle pueblo’. Es entonces imprescindible un alto en el camino de ese desarrollismo secular, asociado en principio al capitalismo salvaje –sin escrúpulos-, como lo plantea el nuevo gobierno nacional, so pena de que se hunda en definitiva el barco, en medio de una tormenta que no cesa. Y no es que el presente Estado, en sus funciones conductoras, condene o satanice las aplicaciones de la economía científica en su rol clásico de dirección social: al contrario, las promueve mediante serios argumentos de novedad política hacia el equilibrio vital de los pueblos, sin aplazamientos. De ninguna manera despojará de constitucionalidad el sentir popular –en el mismo que nace la carta del 91-, en cuanto conllevaría un contrasentido.

EN EL MISMO TALEGO

Rayos y centellas caen no sólo por el cambio climático acelerado en estas vigencias. Los cielos retumban como una advertencia fatal para los intransigentes, para los tozudos y para los intolerantes al progresismo. No es posible ya hablar de izquierdas y de derechas en el globo, de capitalismo y de comunismo, sin temor a equivocarse. El fin de la vida –y del contrato social- que conocimos puede estar muy cerca. Prácticamente todas las deformaciones actuales –con su trasfondo violento-se pueden endilgar al esquema desarrollado en secuencia, y que por los malabares del artilugio aplicado desde las élites gobernantes, tiene muchos correligionarios y hasta suficientes adeptos –que venden hasta la conciencia, si es del caso, en el inmediatismo propio de unas clases medias mayoritarias, opuestas a las reformas-.En estas y en otras entregas trataremos de abordar las complicaciones que se atosigan en 2023, y que exigen un tratamiento extraordinario, sin mayores dilaciones institucionales. Se asegura que los fenómenos en desarrollo forman parte de una simultaneidad connatural a estos tiempos en curso, coherente en su ocurrencia. No se pueden desligar en tanto constituyen un esperado conjunto de episodios y ameritan un tratamiento general. La vida está en juego, en últimas, aunque muchos connacionales lo tomen con carácter folclórico, superfluo. Son aristas de la misma realidad y tienen que abordarse al mismo tiempo. De ahí la lluvia de reformas en trámite legislativo.

INDUSTRIA SIN CHIMENEAS

El proceso que desembocó, por ejemplo, en la crisis ecológica, se refiere a la industrialización del país. Debemos ir a las primeras décadas del XX y revisar la historia (algo recomendable para las nuevas generaciones). La urbanización consecuente provocó un elevadísimo consumo de energía. Los nuevos estándares de vida estimularon la adquisición de los más variados y superfluos artefactos eléctricos. Los ruidos, la basura y la contaminación del aire y de las aguas aceleraron la crisis ambiental. Industrias altamente contaminantes, prohibidas en Europa y Estados Unidos, fueron trasladadas a nuestros países. La deforestación continúo a un ritmo galopante, devastando millones de hectáreas de bosques. Uno de los mayores ecocidios comenzó en la selva amazónica, el principal abastecedor de oxígeno del mundo, ya que provee la quinta parte del oxígeno del planeta. Es sabido que los ecosistemas de selva son muy frágiles, a pesar de su aparente exuberancia; los árboles crecen encima de una delgada capa de suelo, que se vuelve estéril cuando la selva es desmontada. El impacto ambiental es gravísimo porque al talarse los bosques disminuyen las lluvias y se produce la desertización. Las transnacionales han invadido la selva amazónica en busca de minerales, de madera y de nuevas tierras para la explotación ganadera y agroindustrial. Inclusive, los narcotraficantes han devastado parte de esa selva para promover el sembradío de coca. La zona deforestada comienza a ser conocida popularmente con un paradójico nombre: ‘el desierto rojo del Amazonas’, por el color que adoptan las tierras. La insistencia del presidente Petro para recuperar la selva es pertinente, e impostergable es su efecto reparador del planeta, si se opta por la sobrevivencia de las especies, de lo humano y de lo no humano. (Fuente: Luis Vitale, ‘Latinoamérica y Colombia (1930-1960)’. Del Tomo III, Nueva Historia de Colombia, Editorial Planeta, y Colcultura, 1989)