Comfamiliar
Opinión

Amanece en la tierrita

Amanece


Fue un día de diciembre, mientras miraba desde un café en la quinta, el afán de los consumistas decembrinos. Me pareció escuchar una voz interior que imponía una idea y me proponía iniciar el año de una forma más informal, menos pomposa, más orgánica. Igual un reconocimiento a nuestros campesino.

Entonces, surgió esta narración, para compartir con ustedes en su forma inacabada, como inicio de un año de retos y esperanzas.

Manuel despertó de un salto cuando, al mover su cuerpo, un intenso dolor estremeció los músculos de su espalda. Recordó el trabajo pesado del día anterior, hizo un recuento de las tareas pendientes, y haciendo un gran esfuerzo, se levantó de un impulso. Escuchó en la cocina el quehacer de su esposa. Mujer de cedro, de manos generosas y vientre prodigioso de cinco partos. Se dirigió hacia ella, recostó la cabeza en su hombro y recibió con reverencia su beso de buenos días y su bendición. Miro el reloj de la entrada. Desayunó chocolate oscuro plantado en la pequeña parcela con arepas del maíz recién cosechado. En el noticiero radial, un funcionario del Ministerio de Comercio proclamaba los múltiples beneficios que traería a la economía nacional la ratificación del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Manuel hizo una mueca, recogió sus herramientas y salió al campo.

Al abrir la puerta se encontró con un día iluminado por el sol mañanero. Al fondo, el bosque nuboso cundido de vida: innumerables tonos de verde, las nubes bajas transitando por entre los inmensos árboles que alzan sus ramas libres al cielo, al sol y al viento. Comenzó a caminar, mientras aflojaba los músculos, se rascaba y trataba de sacarse del cuerpo ese aturdimiento que todavía hace parte del sueño. Avanzó por el camino pedregoso que conduce a su parcela, respondió jubiloso el saludo de sus vecinos también salidos al camino, respiró el aire cálido de la mañana, sintió la brisa en su rostro, agradeció la luz del sol. Cuando llegó a su destino bajó las herramientas de su hombro y se detuvo un instante a reconocer el lugar que lo hacía sentir libre y seguro. Estaba en el último de los cerros de la sierra volcánica central.

Gente de manos endurecidas lo habitan. Manos duras por cultivar verduras y hortalizas, y a la vez tiernas de cultivar niños. Gente como de tierra. Hasta de color parecido, como había pensado Manuel alguna vez, después de observar sus manos mestizas. Haciendo a un lado sus pensamientos, inclinó su existencia quedando frente a frente con la tierra, mirándola como su compañera de siempre. Sus brazos abalanzaron la azada que partió el aire y abrió el suelo, formando la herida que guardó y luego nutriría las semillas heredadas que harán renacer brotes nuevos con caracteres ancestrales. Satisfecho observó su labor de siembra. La tierra se parece a las madres –pensó-, que dan la vida y hacen que crezca.


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San Pedro Plaza

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