‘¡A mundo de locos éste!’

La exclamación anterior, como título de la presente columna, hizo carrera en las últimas décadas del siglo XX, lanzada al aire por el célebre humorista chileno Hebert Castro en el programa ‘La Hora Philips’....

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La exclamación anterior, como título de la presente columna, hizo carrera en las últimas décadas del siglo XX, lanzada al aire por el célebre humorista chileno Hebert Castro en el programa ‘La Hora Philips’, animado de lunes a viernes por el maestro Jorge Antonio Vega en un horario de almuerzo y sobremesa, a través de Caracol Radio en el inolvidable radioteatro de la avenida 19.

Razón le asistía al cómico austral para caracterizar a sus personajes legendarios de tal manera, en la medida que la conducta humana puede ser tragicómica, más  lo primero que lo segundo, aunque termine convertida en carcajadas. Unos 40 años después, en medio de la pandemia, fuentes de la asociación de siquiatras colombianos dicen que por lo menos el 22 por ciento de los habitantes de Colombia sufre trastornos mentales, registra una demencia galopante, y que esa cifra puede doblarse como efecto del aislamiento social, del encierro y de las cuarentenas.

Y ello sin añadir -deliberadamente, por parte de los gobernantes y de las élites interesadas en el statu quo-, a la mentira entronizada en la vida pública (y lo peor, aceptada sin miramientos), lo mismo que a la mitomanía enfermiza, a la superficialidad materialista del hedonismo, sin descontar a los efectos demoledores de la drogadicción interior, en el primer país productor mundial de cocaína.

El gobierno no tiene cifras actualizadas sobre la pérdida de lucidez popular, y el indicador hipotético más cercano se desprende de la violencia criminal, lunática, aun contra la propia familia y los seres queridos, de parte de los desquiciados en sus fases críticas, sin atención médica. Lo más grave: existen 1.500 siquiatras para 50 millones de colombianos, y la cifra no se mueve porque la gente se dedicó a conseguir plata como el objetivo final de la existencia, apartada del concepto espiritual edificante –pese a los signos divinos que le surgen en el camino, con mayor frecuencia-; se impulsan bajo la forma de una moda, el ejercicio profesional y el logro académico, sin escrúpulos.

El sistema neoliberal –sin hospitales neurosiquiátricos ni centros especializados de atención mental- despacha a locos y enfermos (incluidos los delincuentes) para la casa. La pandemia les cayó como anillo al dedo para sus fines protervos, clasistas, plutocráticos. La carga económica del tratamiento queda en manos de unas familias con destinos que rayan en la miseria, en la pobreza, en la informalidad. El virus demostró que la individualización responsable de los costos de vida está pegada con babas…Muchos dementes, entonces, la emprenden de manera letal contra sus progenitores en la soledad domiciliaria, sin que intervengan eficazmente la policía o las autoridades de salud –las EPS no cumplen lo que dispone la ley de seguridad social en el papel, en caso de tener que internar, en desarrollo de sus procedimientos institucionales, a los locos agresivos y violentos-.

Por ejemplo, un loco que eliminó a su madre en Bogotá lleva un año recluido en una estación de Policía por cuenta de un comisario del ramo quien hace las veces de siquiatra criminal hasta tanto se sepa cuál nivel de punición aplicar en un caso que se sale de sus manos por razones obvias. En el Huila, pese al descontrolado consumo de sicoactivos, no existe un hospital siquiátrico. La unidad mental del Hospital Hernando Moncaleano, de Neiva, asume el tratamiento de locuras múltiples, de problemas clásicos de salud mental en aumento desproporcionado, y recibe pacientes de varios territorios periféricos, fuera de su jurisdicción aparente.