Aves hacia cielos más altos

Carlos Julio Ruíz, instructor de yoga y meditación, antiguo practicante gnóstico en el barrio Álamos de la comuna dos, al nororiente de la ciudad, asegura que las aves vienen desapareciendo paulatinamente de nuestro entorno, sin razón aparente.

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La merma de ejemplares es notoria en las áreas verdes y en la mancha urbana asociada a la naturaleza y a la arborización local, según su observación. Entre tanto, se estima que casi un 50 por ciento de las aves del mundo se volvieron invisibles para el ojo humano, se extraviaron misteriosamente. Son unas pérdidas irreparables –al menos para Colombia- asociadas en buena parte al cambio climático, a una destrucción creciente de hábitats debida a actividades humanas sin debido control público (ganadería extensiva, sector minero-energético y siembra de cultivos ilícitos, entre otras), a la contaminación de las aguas y de la atmósfera, a los agroquímicos venenosos, al calentamiento global, a la destrucción de selvas y de áreas protegidas como los parques naturales, los páramos, las reservas patrimoniales de la humanidad. En Colombia, en consecuencia, la tasa de sustracción de materia, unida a la avifauna y a su observación privilegiada, por el momento llega al ocho por ciento del total de las plumíferas clasificadas (ver El Espectador, jueves 17 de junio de 2022, sección de Ambiente). El lugar que ocupa el país es de prevalencia faunística ante el resto del mundo, en materia de pájaros exóticos. Las más afectadas en la lista negra son las especies de loros y de pericos, entre las que se cuentan aves reales del territorio patrio.

CASO NEIVA

A nuestro entrevistado más arriba, animalista Carlos Julio Ruíz, le asiste algún grado de certeza por cuanto en los últimos años auxilia a las palomas nativas mediante múltiples cantidades de grano y de agua que surte en los parques del sector, la mayoría de las veces en horarios nocturnos cuando se retiran algunos vecinos incómodos que le cuestionan sus actos de bondad con la naturaleza. Entre ellos se cuentan los encargados de cuidar las zonas verdes y hasta de representar a la comunidad en las juntas de acción. Para el señor Ruíz, esos sujetos son lo más parecido a demonios que andan sueltos por las calles de esta capital, y hasta los ha visto de pronto caer enfermos de muerte en desarrollo de confusas circunstancias de esta época de balance final, de entrega de cuentas sobre la vida llevada por mucha gente en el 2022, algo que entiende como ley de causa y efecto, como ley de compensación. No faltan algunos individuos que en la penumbra –incluso a pleno día- lanzan compulsivamente los alimentos fuera de los recipientes y de las vasijas que él utiliza para sus acciones de caridad con la naturaleza. Desde hace un tiempo se ha visto obligado a construir en concreto esos utensilios para evitar que desaparezcan las provisiones que con paciencia transporta religiosamente hacia los parques del área.  Invoca su práctica filosófico-espiritual de contenido gnóstico cuando señala que las aves, con sus espíritus elementales liberados por la muerte física latente, son trasportadas hacia esferas cercanas a la tierra, a parajes edénicos, a paraísos etéreos, en medio de una posible preparación selectiva para el término del planeta que conocemos como tal. Cree que el ámbito sacrosanto del orbe acoge a los seres primordiales desplazados por el hombre predador, en preparación de un cambio que ya huele en el entorno, a su juicio.