Su majestad el ruido

Se entroniza en Neiva la pandemia del ruido (algunos lo consideran ‘moda’, tal vez por aquello de la cultura espectáculo que identifica al Huila) en amplios sectores de crecimiento urbanístico y sin esperanzas de corrección por parte de las autoridades.

alt=

El contagio parece provenir del billete en rama, del visaje engreído, de la arrogancia que ostentan muchos sectores compuestos por hartos cafres y por mafiosos de toda laya, de  ‘inversionistas emprendedores’ que se dan la gran vida sin trabajar, sin profesión aparente, entre otros especímenes… Ni siquiera se toman la molestia de mostrarse con un bajo perfil para no despertar sospechas ni herir susceptibilidades en el colectivo social, cuando se trata de nuevos ricos. Podemos dar fe del nororiente de la ciudad azotado por bólidos motorizados que surcan las avenidas del sector, a partir de la 26, de la 16 y de la séptima con sus calles principales, hacia norte y oriente, como si fueran pistas de carreras; vehículos escandalosos –rompen la barrera del sonido sin ningún empacho- se tomaron el área y presentan un ‘contagio pandémico’ porque son imitados por sus irrespetuosos similares de la barriada, incluso en motos y carros sin mucho cilindraje ni potencia. La idea es llamar la atención montados en un ruido. Neiva presenta una metamorfosis galopante sin el debido tratamiento institucional, y alcanza así la categoría del problema de salud pública en materia de sus costumbres y hábitos del milenio, de un estado de cosas no constitucional, en medio de sus manifestaciones públicas más ruidosas, más ostentosas. Ni siquiera con un reciente alcalde médico, Rodrigo Lara Sánchez, mostró algún remedio para sus metástasis acumuladas. El director de teatro Hugo Tamayo se duele por esa situación de caos y cree que la ciudad ya amerita un alcalde de corte intelectual, de alto nivel de conciencia, lo mismo que algo sensible con el ecosistema y con los recursos naturales. El medio ambiente local ahora se expresa como parte de un gran pandemonio, de una fiesta diabólica –es hora de rescatar los pocos sonómetros oficiales para medir el nivel de decibeles soportables por el oído humano- con participantes de cacho y cola. Basta con escuchar las parrandas vallenatas, las concurridas fiestas de barrio y celebraciones de cumpleaños, las actuales festividades públicas para menores de edad en clubes y sectores ‘exclusivos’. El connotado profesor de Derecho de la Usco, Alfredo Vargas Ortíz, se muestra complacido en las redes sociales porque su hijo menor le pide que suba al máximo el volumen del equipo de sonido mientras están en la intimidad del hogar. Asegura el maestro que se trata de un niño muy despierto y de una marcada tendencia artística a corto plazo… Al parecer, ya olvidó su paso por la secretaría de Gobierno de Neiva cuando se expidió el código nacional de Policía, de convivencia ciudadana, con énfasis en el debido respeto a la comunidad y a la naturaleza. Ese mismo que debió aplicar en su plenitud de funciones y que le valió antipatías de sus vecinos bulliciosos, impenitentes. ¡Las vueltas que da la vida...!