Los jóvenes y la policía nazional

Un nuevo escándalo protagoniza la Policía Nacional, Esta vez, en la escuela de Policía ‘Simón Bolívar’, ubicada en el municipio de Tuluá, un grupo de uniformados y estudiantes utilizaron símbolos nazis para conmemorar un acto educativo.

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Con la disculpa de recrear un “intercambio cultural”, fueron utilizadas simbologías nazis y recreadas varias escenas alusivas a este periodo, incluso se personifico a Adolf Hitler. Si bien es cierto, que el director de la Escuela fue destituido y se sacó un comunicado, en donde “la Policía Nacional rechaza, con la mayor vehemencia, la decisión tomada al interior de la escuela”, quedo en todo un sabor, de cómo la incitación de la violencia es un hecho institucional en el Estado, y mucho más en las Fuerzas Armadas, donde la utilización de cada símbolo no es casual. 

En un contexto como el actual, donde la relación con aquello que asume el lugar de una “otredad” se caracteriza por la actitud violenta, controladora y destructiva, se vuelve urgente pensar en los aspectos no racionales que dirigen la acción del ser humano.

De ahí que nos planteemos acercarnos al tema pensando la “imagen”, lo que se quiere mostrar, como categoría clave para comprender, a un nivel amplio, la relación con “la otredad”. Esto se observa, como en ningún otro ámbito, en la violencia ejercida por el Estado a través de sus Fuerzas Armadas, creadas supuestamente para defender la “vida y honra de todos los ciudadanos”, sin embargo, como lo muestra ese escándalo, siempre quieren mostrar otra imagen y uno termina preguntándose, porque las relaciones entre los sujetos, los grupos, las colectividades, las instituciones y el Estado, se tienen que dar por la vía de la violencia. 

Por qué las violencias que motiva el fascismo, es una construcción socio-cultural situada en un tiempo y en un espacio histórico definido que regula y configura los vínculos que se dan entre los diferentes elementos de la sociedad, es decir, la violencia siempre remite a relaciones de poder. Por eso el gobierno y los medios de comunicación ofrecen como salida a los jóvenes, "la vida loca". Es decir, vivir la vida a todo lo que da, asumiendo los riesgos con respecto a las drogas, los problemas con la ley, las armas y otros asuntos casi siempre vividos en los umbrales de lo ilegal (identificaciones al límite), situación que nos lleva a pensar que el Estado y sus instituciones de seguridad podrían estar implicados y fomentando las situaciones de violencia social entre este agrupamiento juvenil como una buena estrategia de control. 

 Por eso no sorprende un evento exaltando a la Alemania nazi, con esvásticas, uniformes e iconografía, como tampoco la foto del paramilitar Andrés Escobar con un grupo del Esmad, y en otro nivel, no sorprende la violencia ejercida contra los jóvenes colombianos, en donde de forma cada vez más inaceptables, se da una especie de anulación en la corporalidad del "otro". Es una actitud institucional movida por el hambre de poder y control sobre lo otro, valores directrices de la sociedad capitalista patriarcal. Y es un hambre de poder, para acumular ganancias, tal como lo es la relación entre usurpación de tierras y violencia paramilitar, solo de esa forma entendemos, por qué la sociedad contemporánea, aparentemente racional y calculadora, es al mismo tiempo capaz de las peores expresiones de barbarie. 

Y la derecha sabe que los fusiles, por sí solos, sin eficientes sistemas de salud y educación, sin espacios públicos con ciudadanos, sin empleo, ni empresas productivas, no alcanzan para que la gente salga a la calle sin miedo. La ideología militarista pretende llenar todos los espacios de la sociedad con miedo y violencia. Por eso, los niveles que ha alcanzado la violencia actualmente nos hablan de causas profundas y no solamente de casos aislados.   No me queda ninguna duda de que los jóvenes son los chivos expiatorios de los problemas sociales y la muestra del fracaso de la mayoría de los Estados Latinoamericanos y sus instituciones en términos de garantizarmejores condiciones de vida para su población, y la única propuesta para ellos, es la violencia fascista, que se enseña en las escuelas de las Fuerzas Armadas colombianas.