Las mejores óperas en la historia de la música

El miércoles anterior (5 de mayo) hicimos en nuestra Tertulia Cultural “La Gruta” un recorrido por las mejores arias y coros de las óperas más importantes, ganadoras del aprecio de los aficionados a esta forma musical.

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Sin duda la ópera ha sido en los últimos 4 siglos el espectáculo más deslumbrante, más fastuoso y más integral, toda vez que sintetiza o recopila lo más selecto de las artes teatrales y las más bellas canciones, dúos, tríos y coros que brotaron de la imaginación de inspirados compositores, a más de convertirse en un suntuoso acto social.

La “Ópera in música” ( nombre que se le dio en el siglo XVII ) en que los diálogos son entonados con melodías, surge del ingenio de los artistas ( poetas, músicos, actores, etc. ) reunidos en la Italia post-renacentista bajo el liderazgo del conde Bardi en Florencia, en un intento por recuperar para la obra dramática el coro con que acompañaban sus tragedias los inmortales dramaturgos griegos Esquilo, Sófocles y Eurípides, haciendo comentarios de estilo filosófico al tema de la obra, y ubicándose en el sitio adjunto al escenario y que llamaron “orchestra”: sus intervenciones ( que debían ser cantadas algunas veces o recitadas otras ) quedaron registradas en el texto original de las tragedias, no  así la música por carecer en ese entonces de una grafía o código de escritura que solo sería inventado 10 siglos después por los monjes cristianos, con el objeto de salvar la temporalidad propia del arte musical y perennizar las melodías ).

Giulio Caccini, Jacopo Peri y otros compusieron las primeras verdaderas óperas, recreando los mitos  griegos y Claudio Monteverdi revivió la leyenda de Ariadna, hermana del Minotauro en la Creta del siglo X aC, cuyo texto se perdió pero su aria más exitosa pudo ser recuperada y trascrita en el pentagrama, gracias a que el público memorizó el “Lamento” de la protagonista, abandonada por su amado Teseo.

Siglos atrás en la baja Edad Media los juglares y trovadores habían elaborado lo que en Francia denominaron Jeux (juegos), en los que los actores interpretaban como mimos el argumento que entonaban los relatores o el coro. Un bello ejemplo de este género nos queda en “El juego de Robin y Marion” del trovador Adam de la Halle, al igual que “El juego de Daniel”, atribuido al mismo autor, cuya introducción genera el efecto de aproximación como si el grupo de artistas entraran a la villa y con sus violines, flautas, tambores y caramillos invitaran a la gente, tal como lo hacen hoy día los integrantes de un circos, a la plaza del poblado para iniciar la función.

En el Barroco (s. XVII y 1ª. mitad el XVIII) Vivaldi escribió más de 90 óperas y Händel 42: la ciudad  de París, como otras capitales, llegó a tener más de 10 teatros de ópera, lo cual da cuenta del increíble atractivo y enorme demanda que alcanzó este espectáculo.

En el período Clásico ( 2ª. mitad del s. XVIII ) Mozart compone para los teatros de la nobleza ( pero también para las salas de la gente pobre ) más de 20 óperas: en las primeras presentó obras como “Las bodas de Fígaro” o “Don Giovanni” y para las segundas “Cosí fan tutte” ( su primer ópera compuesta los 12 años ), “El rapto del serrallo” y el risueño singspiel ( ópera con fragmentos hablados ) “La flauta mágica” que todavía nos deleita con arias como “La canción de la Reina de la Noche” y con un imaginativo argumento que ha sido interpretado como el resumen de la doctrina de la masonería, sociedad a la cual se vinculó Mozart.

En el período Romántico ( s. XIX ), la primera mitad del siglo tiene como estrella fulgurante a Rossini quien triunfa en la ópera bufa o cómica con obras como El Barbero de Sevilla o La Urraca ladrona y en la ópera seria con la inolvidable Guillermo Tell, de la cual todos tarareamos la Cabalgata del final de la obertura, en la que los campesinos suizos persiguen al tirano Gunther, quien en un acto de suprema crueldad obligó a Guillermo a atravesar con una flecha la manzana colocada sobre la cabeza de su niño.

La 2ª. mitad del siglo XIX es el apogeo de este arte tanto por el número, talento y profesionalismo de los compositores, como por la desbordada afición  que continuó despertando la ópera entre los círculos intelectuales y hasta en el gusto popular, ( que memorizó los fragmentos más llamativos de cada obra ), pero también por la imponente calidad de salas de ópera como la Scala de Milán, la Ópera de Garnier en París, el teatro de Viena y el exótico y fabuloso teatro que le construyera a Wagner el rey Luis II de Baviera en las montañas de Franconia ( Alemania ), el Festspielhaus de Bayreuth, como un tributo de admiración  por su genialidad. En el siglo XX se construirá el teatro de la Ópera en Sidney, en Australia, y el Metropolitan Opera House de N. York, entre otros muchos.

Bizet, compositor francés de este período, triunfó con la ópera Carmen que, basada en la tradición española de la fiesta brava,  planteas el dilema amoroso a que se enfrenta toda mujer al escoger el varón a quien entrega su vida, elección que ordinariamente es la que menos le conviene.

Giuseppe Verdi crea un nuevo estilo en la ópera, el Verismo, que no alude a su apellido (aunque éste sirvió como acróstico del movimiento político que logró la reunificación de Italia (el Risorgimento), pues se formaba con las iniciales del rey de Nápoles, propuesto y escogido como rey de toda Italia, Vittorio Emmanuele, Re d’Italia, VERDI)  sino porque propuso utilizar para la ópera argumentos reales, verdaderos (veri, en italiano), de la vida real y cotidiana de la gente. Sus grandiosas óperas como Il Trovatore, La Traviata o Aída (estrenada en El Cairo con motivo da la inauguración del Canal de Suez y donde rendía homenaje al Egipto de los grandes faraones) marcaron un hito en el devenir de este formato musical.

Entre tanto en Alemania surgía otro gran monstruo de la composición, Richard Wagner, cuya obra trasformó la ópera en un drama musical, tanto por fundamentarse en los antiguos mitos germánicos como por el logro de nuevas sonoridades magistrales en la orquesta, que lo catapultaron como el 2° Beethoven, que gran parte de los teutones esperaban. Las obras, de extensísima duración ( 4 horas ), más admiradas y casi idolatradas por sus coterráneos ( por algo su música se convertirá en uno de los emblemas y símbolos del pueblo alemán y era la única que podía trasmitirse y escucharse por la radio o en eventos públicos durante el nazismo de la 1ª. mitad del siglo XX ), Lohengrin, Tannhäuser, El Oro del Rin, Las Walkirias, Sigfrido y El Crepúsculo de los Dioses ( estas últimas 4 conforman la Tetralogía de El Anillo de los Nibelungos ) y continúan representándose hasta este siglo XXI a través de un festival anual a cargo de sus herederos.

La ópera del siglo XX sigue las huellas trazadas por las tendencias musicales del siglo anterior. En la corriente Neo-Clásica ( que toma como pauta o modelo el equilibrio emocional - mas no musical - de los compositores de la 2ª. mitad del s. XVIII ), la figura descollante es Richard Strauss ( más recordado por su poema sinfónico Así hablaba Zarathustra ), con obras como El Caballero de la Rosa o Salomé, basada en el drama escrito por Oscar Wilde: con un discurso musical apoyado en el leit motiv ( inventado por Wagner ), crea un estilo musical sui generis que identifica sus obras desde los primeros compases.

En la corriente Neo-Romántica ( que decide retomar como objetivo de la composición de una pieza de  música la manifestación de sentimientos, tanto los del compositor al  plasmar la obra como los que pretende suscitar en el oyente ), Giacomo Puccini continúa y perfecciona el Verismo: con argumentos melodra-máticos de gran impacto y suspenso, mantiene la atención del oyente en obras como Tosca, Turandot o La Boohemia, pero sobretodo con Madame Butterfly: ubicada en el ambiente exótico de la cultura japonesa, logra sintonizar con las expectativas del oyente a través de arias como “Un bel di” en la que la joven protagonista nipona reafirma su fe en la promesa de su esposo norteamericano de regresar por ella o en el sombrío Coro Nocturno que ambienta su decisión de acabar con su vida al perder toda esperanza.

Ruggiero Leoncavallo se gana su puesto en la memoria de los aficionados con la ópera I Pagliacci, que relata los trágicos celos que empujan a un actor de teatro a apuñalar a su esposa en el escenario, para vengar su infidelidad, mientras el público aplaude frenéticamente el realismo con que actúan, entendiendo que se trataba solo de una simulación.

En la corriente Nacionalista, que se propuso desde el siglo XIX exaltar los valores patrios del compositor, mencionemos en Alemania a Kurt Weill que con libretos de su paisano, el reconocido dramaturgo Bertolt Brecht, hace en plena época del nazismo una burla a este régimen, como lo haría desde el cine el genial Charles Chaplin con su película El gran dictador, reviviendo con La Ópera de 3 centavos el espíritu de la Beggar’s Opera ( La Ópera de los Mendigos )  que en el renacimiento inglés pregonó los valores de las clases pobres en oposición de la vanidad y soberbia de las clases altas, en sus patrones estéticos.

Por último, en la corriente expresionista aparecida a comienzos del siglo XX y que busca dejar salir            ( ex-presar ), dar forma a lo que surge en el interior de la mente inconsciente, tal como lo lograron en el arte pictórico Dalí o Picasso, cabe mencionar la ópera Wozzeck del alemán Alban Berg, uno de los dos más importantes discípulos de Arnold Schönberg, creador de esta corriente, llamada también Dodecafonismo por utilizar la escala de 12 ( en latín, dodeca ) notas en lugar de la ordinaria de 7 notas. Wozzeck narra la vida de un pobre y torpe soldado que venga la infidelidad de su esposa asesinándola por la presión de la burla de sus compañeros.

Y la mitad del siglo XX recibe con entusiasmo la inclusión de nuevos temas y nuevas músicas en la ópera. Ya desde los siglos anteriores, compositores latinoamericanos (mexicanos, argentinos, cubanos ) habían introducido sus aires folclóricos en composiciones localistas y el jazz norteamericano se había identifica con la “Ópera de 3 centavos” de Kurt Weil. Y entonces el rock en sus diversas variantes se posiciona con las obras de Lloyd Webber y Tim Rica: después del éxito de su producción “Hair” escenificada en un salón de belleza, triunfa espectacularmente, con la versión juvenil y politizada de la vida de Jesús, “Jesucristo Superestrella” y últimamente con la recuperación musical de la vida de una de las figuras históricas más discutidas en el devenir de nuestro subcontinente, Eva Duarte, esposa del dictador argentino Juan Domingo Perón en los años 40 y fundador del partido Justicialista: su discurso de despedida cuando su cáncer avanzado ya no le permitía casi mantenerse en pie se convierte en una de las canciones más reconocidas en el repertorio operístico internacional, “No llores por mí, Argentina”  con la versión rock  triunfa espectacularmente con la versión en rock de la vida de alomé

Para concluir: la ópera no ha muerto. Se pensó que desaparecería ante la llegada del cine en los albores del siglo XX, pero como sucedió con el cine ante el auge de la televisión, ambos siguen vivos y en ascenso; es más, es el cine el que alimenta y mantiene viva la pantalla chica gracias al “streameng”, cumpliéndose la sentencia de don Francisco de Quevedo: Los muertos que vos matáis gozan de buena salud. Los innumerables festivales de ópera mantienen viva la tradición y sus hermosas arias y coros siguen deleitando a esa ·inmensa minoría”, los millones de amantes de la buena música.