Desquicio popular

Tiene que estar algo desquiciada la comunidad que perpetra todavía atentados contra los árboles, en plena pandemia (como ocurrió en las goteras de Tunja con la destrucción de cinco mil de ellos), mientras la parca nos respira en la nuca, y el virus advierte que la naturaleza no va a tolerar más destrucción contra la flora y la fauna.

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La tala de estos seres vivos acaba con un sistema sofisticado de sobrevivencia del hombre en el orbe y con la cadena alimentaria; malogra la propia solidaridad entre unos y otros, perturba el rigor de la ley de destrucción en sus efectos de renovación y perpetuación de la vida; y burla diabólicamente un mandato superior, creacional, inexorable. El árbol ofrenda la vida gradualmente para descontaminar los entornos naturales, ennegrecidos por el monóxido de carbono y por una polución rarificada, cargada de tóxicos y venenos mortíferos. Su volumen proyecta y alcanza –misteriosamente, si se quiere- un espectro sagrado (impenetrable a la polución no especificada por la biología clásica) de decenas de metros a la redonda. Genera un abrazo invisible, divino, a su protegido del reino vegetal, con el que, a su vez, perpetúa la vida del hombre y sus generaciones.

 

EL AJUSTE DE CUENTAS

Los mecanismos de la venganza de la Tierra –una reacción también llamada Némesis, una Diosa griega, por parte de los ambientalistas- son cada vez más sofisticados y numerosos. El C-19 se porta hartas veces caprichoso en su acción, y de tal manera confirma su procedencia del mundo invisible, de la cuarta dimensión, a juicio de los ocultistas, religiosos y filósofos apocalípticos, aunque pueda suceder lo mismo con otros entes histórico-sanitarios, en virtud de sus consecuencias catastróficas para la existencia saludable de los seres humanos. Por ejemplo, que él permanezca vivo en el cadáver de una víctima fatal del contagio, tiempo después del deceso, no tiene explicación razonable para la Ciencia –que da palos de ciego todavía-.

 

FACTORES COADYUVANTES

Existen asuntos concomitantes poco señalados por los analistas del tema viral y, en consecuencia, desestimamos las complicaciones previstas para las cepas del 2021, al igual que sus avances y progresiones fatídicas. Las estadísticas no mienten y los hechos son tozudos.

Por ejemplo, se puede agregar que vivimos sin remedio posible, a expensas del calentamiento global, del cambio climático, y ahora experimentamos olas de calor y de frío, al mismo tiempo, sin saber nada sobre sus consecuencias inmediatas para la vida. Padecemos una revoltura de síntomas muy parecidos, de los cuales ignoramos sus verdaderas causas: todos ellos tienen que ver con enfermedades comunes y con patologías crónicas, emergentes, raras, inéditas, sumadas a virus e infecciones de dudosa procedencia. Es por eso que muchos enfermos aparentes son remitidos sin vuelta de hoja a los hospitales y a las clínicas, luego de mostrar signos comunes a múltiples dolencias de carácter letal, bajo el pronóstico exclusivo de ‘COVID-19’.

Es impreciso saber si el virus es un poderoso detonante síquico-fisiológico de los decesos irremediables para aquellos pacientes que por una fuerza superior deban regresar a la esfera extrafísica, al mundo espiritual, ‘al cielo’, tras cumplir su tiempo en el planeta, su ciclo vital esperado.