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La Semana Santa llega con el perdón y la penitencia

“Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” palabras dichas desde un madero, son una declaración eterna: todo hombre y mujer, todo ser humano, conserva su capacidad de amar en las circunstancias más adversas.

La
miguel de león Por: Miguel de Leon 02 Jul 2019

Comienza la Semana Santa y los pedidos de sacerdotes y pastores para aprovechar este tiempo, para la reflexión, para "perdonar y pedir perdón", y "eliminar el odio en sus corazones", concretamente, "No estoy seguro si hemos enseñado a todos los colombianos a perdonar a aquellos que nos ofendieron y a pedir perdón a los que hayamos ofendido. Por eso me gustaría invitarlos a aprovechar la Semana Santa para eso", tal como lo escuche en una emisora de radio. Pero los referentes culturales y religiosos que le dan sentido a este tiempo, están tan emborronados, que cuesta ya explicarles a las nuevas generaciones cuál es el espíritu que mueve estos días las manifestaciones de perdón o de cualquier otro nombre que queramos darle, de ahí, que para los jóvenes es una “Parranda Santa”. Incluso, la utilización de la palabra Perdón lo mismo que la Paz, de tanto abuso han terminado por ser manoseadas. Por eso, hemos de volver a los orígenes de las cosas para entender por qué son como son. Recordemos que para la iglesia primitiva, el bautismo y la penitencia iban ligados, porque en ambos casos se trataba de cumplir con los ritos necesarios para obtener la admisión o la readmisión en la iglesia. En ambos casos, el camino era la penitencia, la cual se convierte en penitencia pública, que persiste como obligatoria hasta el siglo IX, con su solemne ritual.

Pero las ideas de fondo seguían siendo las mismas, y los rituales de penitencia también se mantuvieron en buena parte durante siglos. Pero la conciencia del bien y del mal, de la virtud y el pecado, por eso, la liturgia dedicó a la penitencia general la cuaresma y en especial la Semana Santa. “Perdona a tu pueblo, Señor, perdona a tu pueblo, perdónale Señor. No estés eternamente enojado, perdónale, Señor”. Es el canto popular que dominaba todo el tiempo de penitencia, es la petición insistente del perdón. La más antigua tradición penitencial nos dice, que el Jueves Santo en unos lugares y el Viernes Santo en otros se concedía el perdón solemne a los penitentes que habían cumplido su penitencia y en recuerdo del pasaje de la Pasión en que se perdona a Barrabás, el delincuente que la plebe prefirió a Jesús, en algunos lugares se concede por la autoridad judicial la liberación de un preso uno de estos dos días santos en memoria de la Pasión y Muerte de Cristo, cuyo fin fue el perdón de todos los pecados. Es que el fin natural y el éxito de la penitencia es el perdón.

Pedir perdón es uno de los elementos fundamentales de el cristianismo. Para los cristianos, Cristo vino al mundo a perdonar los pecados de todos los hombres, ya estamos perdonados por Dios y solamente hace falta pedir perdón. Nuestro Señor Jesucristo enseñó muchísimo acerca del perdón, incluso esa era su misión y no pidió nada a cambio. Una de sus enseñanzas más sobresalientes fue aquella cuando contesta la pregunta del apóstol Pedro: “... Señor, ¿Cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? (Mateo 18:21). Y el Señor Jesucristo le contesta: “... No te digo hasta siete, sino aún hasta setenta veces siete” (Mateo 18:22) Este es el propósito de nuestro Señor Jesucristo al mandarnos orar así: “Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores” y nosotros rezamos ese Padrenuestro cada nada y lo aplicamos…?? Aquí el Señor da por sentado que nosotros perdonamos ya antes de pedir perdón por nuestras propias faltas. Así que, caben bien las hermosas palabras de nuestro Señor Jesucristo invitándonos a un perdonar continuo “No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados” (Lucas 6:37).

Sin embargo, para nosotros el perdón va unido a la justificación, por eso decimos, “perdóneme, pero fue que…” y acá viene la justificación y el dejar pasar, por lo cual se pierde la esencia del acto, es un perdón condicionado. El perdón más que el olvido, es la forma en que podemos permitirnos y permitir a los demás recibir y dar el amor necesario para continuar. Por eso, en su primer Ángelus el Papa Francisco aseguró que la misericordia "cambia el mundo" y que "Dios no se cansa nunca de perdonar" a todas las personas. "Un poco de misericordia cambia el mundo, hace el mundo menos frío y más justo", afirmó el argentino Jorge Mario Bergoglio, igual, consideró que Dios "es el padre amoroso que siempre perdona" y que "tiene misericordia con todos", y afirmó que si Dios no se cansara de perdonar, "el mundo no existiría más. Dios nunca se cansa de perdonarnos. El problema es que nosotros nos cansemos de pedirle perdón. No nos cansemos nunca", añadió el jefe de la Iglesia católica.

Pero igual, “Perdonar es abrir una válvula de escape para permitir la salida del veneno acumulado por el rencor y el resentimiento”. Cuando alguien perdona, no está ayudando a quien la ofendió, se está ayudando a sí misma, porque se está deshaciendo de los sentimientos negativos y está recuperando el equilibrio y la paz interior. Por eso no es fácil dar perdón, porque en toda relación humana se generan problemas y desacuerdos, se producen situaciones que pueden causar molestia y enojo, que a veces creemos es mejor dejar pasar para salvar la relación, esa actitud implica que van quedando cuentas pendientes. Hay dificultades y malos entendidos, incluso problemas graves de relación, pero hay que hablarlos, perdonarlos, y hacer compromisos para continuar fortaleciendo el amor, la comprensión, como el fin último del perdón. Nada ganamos con acumular los rencores, eso seca el alma, mata el amor, más que la actitud agresiva del otro.

La iglesia comenzó la penitencia, por eso, perdonar es un elemento relativamente nuevo en la psicología, comienza a introducirse tímidamente en los años 70; pero no es hasta los 90 cuando se empieza a considerar una herramienta terapéutica a tener en cuenta, (aunque sus efectos positivos en la persona son importantes). En ese sentido, se parte del hecho de que el perdón no llega en soledad, sino en cercanía. Y tiene muchos nombres bellos: reconciliación, misericordia, piedad, amor, clemencia, compasión, indulgencia, gracia…Curiosamente, si lo pensamos bien, va directamente en contra de otros valores que hemos potenciado en la sociedad, y que nos parecen estupendos, como puedan ser la responsabilidad (al modo, quien la hace, la paga), la fidelidad (no cambiar de opinión, ser fuerte en las propias cosas, el orgullo de decir no y punto, la memoria selectiva (solo recordar lo negativo).

Es difícil para quien está muy enrocado en sí mismo abrirse, y romperse, hasta el punto de perdonar y acoger, pero también le exige “demasiado” la acogida del perdón y de la misericordia de los otros. Aceptar el error, la equivocación, el causar dolor no es fácil. Este reconocimiento audaz y valiente, lejos de buscar la culpabilidad de alguien o algo, conlleva ponerle rostro humano al acontecimiento, aterrizar y mirar el contexto. Para eso, se buscan estos espacios colectivos, para hace una especie de borrón y cuenta nueva, brindar la ocasión de re-comenzar algo o continuarlo de modo digno y reordenado. De ahí, que la Semana Mayor es el espacio donde se reabren y tienden puentes nuevos bajo el signo del perdón.


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