El peligro no está en el futuro, sino en el presente

Vivimos "un festival de incertidumbres" con ocasión de la pandemia del Covid-19.

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Vivimos "un festival de incertidumbres" con ocasión de la pandemia del Covid-19.

Nos lo ha dicho Edgar Morín, en un artículo titulado de esa forma y publicado va hacer un año en Le Monde. Y quizás, no solo ahora, sino siempre; la realidad es más incertidumbre, que fugaz certeza. Pero como el mismo Morín tambien nos lo recuerda, no siempre así lo percibimos, porque, "nuestros espíritus están confinados desde hace mucho en lo inmediato, lo secundario y lo frívolo".

Y está particularidad de la mentalidad dominante en la inmensa mayoría de los humanos (estar situados en lo inmediato, lo secundario y lo frívolo), nos impide "esperar lo inesperado", como aconseja el centenario filósofo y sociólogo francés.

Otra idea importante que subrayó del citado ensayo de Morín, otra particularidad de nuestra forma de pensar dominante (y en esto insisten muchos otros científicos y pensadores) es que somos casi incapaces de ver las conexiones de todo con todo; bueno muchas son conexiones 'ocultas', solo develadas por la instrumentación que extiende la percepción humana o por la vía de las operaciones mentales: el discernimiento, la inferencia… separamos lo inseparable, y nos cuesta un enorme esfuerzo entender el todo, que a su vez es uno y diverso.

La forma de pensar inmediata, secundaria, frívola y reduccionista es una de las tragedias de nuestra civilización, en particular en la economía y la política. Vivimos a diario sus consecuencias, en ocasiones con alcance global, como ahora con la pandemia.

Cómo seres biológicos, somos parte, no de una cadena lineal, sino de un círculo trófico natural, en el que todos somos alimento de otro. En la escuela nos enseñan que se trata de una pirámide trófica, en cuyo vértice estamos los humanos, cordados 'superiores'. Pienso que esa idea de triángulo, puede ser didáctica, pero es de alguna manera errónea: nos lleva a ignorar o subestimar a los microorganismos: las bacterias, los hongos y los virus.

Nada, salvo nuestro propio organismo, provisto de un sistema inmunológico, nos protege mejor de las infecciones y enfermedades que los microbios causan. Tan errónea es esa idea, que hemos pretendido eliminar la microfauna y microflora con el uso indiscriminado y obsesivo de un arsenal químico sorprendente. Una guerra pérdida, que en últimas, solo ha traído peores consecuencias, porque sabemos la enorme capacidad de adaptación de los microorganismos, en virtud de la cual se hizo posible la vida en la Tierra. Y qué decir, no de la adaptación sino de la mutación genética, tan particular en los virus. Estos seres básicos y esenciales (que no simples ni elementales) se hacen resistentes a la batería de venenos con los que pretendemos eliminarlos.

De ninguna manera, al escribir lo que escribo, estoy menospreciado el enorme aporte de prácticas tan elementales con el aseo con agua y jabón; o la impresionante contribución de los antibióticos y otros compuestos a la salud y la supervivencia humanas. Pero mucho mejor, si en lugar de envenenarnos, de paso al entorno, fortaleciéramos el sistema inmunológico con buena alimentación, aire puro y ejercicio físico.

A esta situación nos ha conducido el pensamiento dominante: lineal, inmediato, secundario, superficial, inconexo. Una forma de conocimiento y de pensamiento que alimenta el capitalismo. No es ideología. El capitalismo niega los ciclos naturales y la finitud de los recursos. Necesita negarlos para construir sobre está negación la ilusión de la abundancia, que no es tal, sino concentración: abundancia para unos, gracias a la carencia y la precariedad de la mayoría de los humanos.

Cómo vemos, todo es conexo. El mundo fascinante de lo microscópico, la salud humana y el sistema de producción de bienes y servicios de la civilización y mentalidad actuales dominantes.

De la pandemia estábamos advertidos. Científicos y pensadores, incluso magnates como Bill Gates, lo avizoraban. No porque sean magos con una bolita de cristal; sino porque las ciencias y el humanismo juntos, permiten ver más allá de nuestras narices: la experiencia acumulada sobre el control de bacterias y virus patógenos es extensa y significativa. No solo para el control de las enfermedades, sino para la comprensión de porqué se producen: la clave está en la ecología. La forma como nos relacionamos en la producción de bienes y servicios con la Naturaleza. La inmensa mayoría de patógenos que causan graves enfermedades han surgido de esa relación equívoca e inapropiada: La alteración profunda y acelerada del medioambiente y los ecosistemas, y esa manía humana (más allá de un asunto de supervivencia) de matar todo cuanto ande, vuele y nade.

Prosigo con el argumento que todo es conexo, incluido lo virtual y lo real; y que la mentalidad y forma de conocimiento dominantes, consolidados en la era presente del capitaloceno, es una tragedia, que de no superarse, irremediablemente nos conduce a la autodestrucción muchísimo antes de la naturalmente previsible, antes de que los humanos, junto con el ecosistema terrestre, del cual depende, pueda migrar hacia los confines del universo, el anhelo vital desde cuando estaciados, en las afueras  de las cavernas, quizás alredor del fuego, mirábamos con asombro hacia las estrellas.

En la primera semana de enero, otro gran científico social de nuestro tiempo, el lingüista y filosofo estadounidense Noam Chomsky, en colaboración con Vijay Prashad, llamó una vez más la atención, al advertir (al igual que el resto de la comunidad científico-humanística) que el peligro de la autodestrucción y las tragedias, no son un asunto del futuro, es el desafío real del presente.

Pero paradójicamente, el pensamiento dominante nos lleva es a escuchar y a seguir a sátrapas como Donald Trump, Bolsonaro o Uribe y Duque. Lo peor de lo peor. Ah...en fin!

Nos recuerdan Chomsky y Prashad que la pandemia del Covid-19, sin minimizarla, nos sitúa en el escenario de lo inmediato, inminente y contingente, en parte llevados por el pánico desatado por los gobiernos y los medios de comunicación, que con gran perversidad encontraron en la emergencia sanitaria mundial la oportunidad de oro para el control social y político, para el robo y el saqueo con absoluto descaro.

Y de esta manera, no tenemos ni tiempo ni mente, para los peligros globales tan reales como el Covid-19 que penden sobre nosotros en este mismo momento: la catástrofe climática, la aniquilación nuclear y la destrucción global del contrato social por vía de la imposición de la doctrina neoliberal del capitalismo.

Cerca de 13.500 armas nucleares, casi todas en manos de Rusia y Estados Unidos, arrasarían con todo. Y si bien ya salió de la presidencia del imperio el sicópata y mentiroso compulsivo de Trump, la amenaza está ahí latente, apenas menguada por tibios acuerdos de regulación.

Se prevé, si el curso del consumo energético sigue como va, que la mayoría de los atolones, esas pequeñas islas de coral en forma de anillo, desde las Seychelles hasta las Islas Marshall desaparezcan para mediados del siglo XXI, es decir en menos de 30 años; al menos  un millón de especies de animales y plantas están en peligro de extinción; la tala y los incendios forestales, no menguan en especial en la Amazonia; todo debido al aumento del nivel del mar por el descongelamiento de los glaciares, a la caza, a la destrucción de los ecosistemas por la expansión urbana, industrial, minera, agroindustrial y ganadera. Alguien dirá, "a mí en que me afecta", una exclamación patética de la forma de conocimiento y pensamientos predominantes, desde la comodidad del sillón frente a la TV.

La falsa idea del fin de la historia: la "libre competencia" y el crecimiento económico son panaceas sociales; el "mito de la necesidad histórica del progreso", el mito del dominio por parte del hombre no sólo de la naturaleza sino también de su destino, mito que predice el acceso del hombre a la inmortalidad y el control de todo por la inteligencia artificial; cuánto tiempo más podrá sostenerse el capitalismo?

  • "el Estado se ha entregado a los especuladores y la sociedad civil ha sido mercantilizada
  • "la obsesión por la rentabilidad, de quienes nos dominan y dirigen, ha conducido a economías culpables
  • "se revelan las carencias de una política que favorece el capital en detrimento del trabajo y sacrifica la prevención y la precaución para acrecentar la rentabilidad y la competitividad
  • "Presupuestos de guerra y seguridad superiores a bienes públicos como salud y educación.

Tal cual, el cataclismo del neoliberalismo económico en el que nos debatimos, y en el cual, la pandemia, marca una inflexión profunda, para bien y para mal.

Festival de incertidumbre y de peligro. Es tal la escena de la que hacemos parte.

Siguiendo al cantor y poeta, los tiempos están pariendo una nueva era… pero será un parto muy convulso y prolongado.

"Podemos temer bastante la regresión generalizada que ya ha ocurrido en el transcurso de los primeros veinte años de este siglo (crisis de la democracia, corrupción y demagogia triunfantes, regímenes neo-autoritarios, empujes nacionalistas, xenófobos y racistas).

"Todas estas regresiones (o, en el mejor de los casos, estancamientos) son probables mientras no aparezca la nueva vía política-ecológica-social guiada por un humanismo regenerado… Unas "reformas de civilización", "reformas de vida":

  • “globalización” (para todo lo concerniente a la cooperación) y “desglobalización” (para establecer una autonomía de producción de alimentos sanos y salvar los territorios de su conversión en desiertos);
  • “crecimiento” (de la economía de las necesidades esenciales, de lo durable, de la agricultura de huerto o bio) y “decrecimiento” (de la economía de lo frívolo, de lo ilusorio, de lo desechable);
  • “desarrollo” (de todo cuanto produce bienestar, salud, libertad) y “encerramiento” (en las solidaridades comunitarias).