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Opinión

Una generación sin memoria ni recuerdos

En nuestra infancia, nuestros padres nos enviaban a la tienda de la esquina a hacer mandados. En el trayecto, íbamos repasando la lista de las cosas que íbamos a comprar; una libra de arroz, 3 pastillas de chocolate, media de papa, 4 huevos y mil de  pan de cien.

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Por: Miguel de Leon 15 Feb 2021

Por: Miguel de Leon

15 Feb 2021

 

Cuando llegábamos recitábamos el listado y el tendero nos devolvía una bolsa con todo lo solicitado. Hoy en día los muchachos entran a la biblioteca sin cuadernos, ni lapiceros y cuando les dicen que están buscando, sacan su celular y comienzan a buscar y  repiten lo que está escrito en la pantalla. No hay un mínimo esfuerzo por recordar algo.  La mayoría de la gente, confía en su celular  para almacenar sus  recuerdos en forma de textos, fotografías y vídeos. Y cuando veo esto, recuerdo lo que decía, Armand Salacrou, escritor y dramaturgo francés, que un hombre sin recuerdos es un hombre perdido.

Hay un triste consenso en que el uso de los medios (celulares, en este caso) durante una experiencia afecta a la memoria de esa experiencia, así como a las experiencias individuales y sociales. En otras palabras más claras: los eventos de mi vida están grabados ahí y si no están,  no existieron. En psicología se conoce como descarga cognitiva; es el proceso a través del cual externalizamos nuestras capacidades mentales a un ordenador. Dicho de otra forma, “¿para qué prestar atención en clase si esta tarde puedo acceder a toda la información en la Wikipedia?” y así empezamos, hasta  que nuestra memoria depende de lo que este en el celular. Por eso es bueno recordar los cambios de la memoria; primero  la gente empieza a necesitar que a veces le repitan algo varias veces para poder almacenarlo en la memoria. Esto comienza más o menos a los 40 años.

El segundo es que, cuando intentamos recuperar un recuerdo, a medida que envejecemos, tardamos un poco más en conseguirlo: nos lleva más tiempo "encontrar" esa información. Y el tercero,  a veces necesitamos una pista para poder recuperarla. En un envejecimiento "normal" si la información entró correctamente a nuestro almacén de memoria deberíamos poder acceder a ella. Pero lo que uno ve, es que el primer cambio en los jóvenes de hoy se da a los 20 años y no a los 40, que sería lo “normal”. Le toca a uno darles pistas para que recuerden algún evento. Y todo gracias a la dependencia de la tecnología. Por qué hemos confundido, que la tecnología está al servicio del hombre y no lo contrario, hasta el punto que somos esclavos de la misma. 

 Y lógico, la perdida de la memoria afecta algo bien importante, que es la atención. Y uno ve como, muchas personas, están más  pendiente de las cosas que suceden a desconocidos en redes sociales que de las personas que están en la misma habitación que nosotros. Hasta el punto, que las personas “normales”, se sienten agredidas por esta grosera actitud. Por eso, hay un chiste muy común en la redes, cuando un joven dice; “La gente en tu vida: ‘en persona’, son más interesante que la gente que está en nuestros celulares”. Es decir, entre más fácil nos parece ‘googlear’ información, nuestro cerebro trabaja menos para codificarla internamente. Y claro, la pandemia nos hace permisivo frente a esta actitud, por eso, nos engañan al proponernos que la “nueva normalidad” sea justamente un mundo conectado y una sociedad de idiotas.

La tecnología es una herramienta muy útil, pero hoy, está  claro que nuestra dependencia de ella está llegando a extremos. Y los gobiernos promueven esta adicción, tal como promueven la utilización de otras drogas. El culto a los celulares  (y a la instantaneidad)  ha llegado a tal punto que no nos separamos de ellos ni para ir al baño. Todo esto, afecta no solo nuestra concentración y productividad, sino que puede aumentar considerablemente nuestros niveles de estrés e, incluso, disminuir la calidad de nuestro sueño. Pero la perdida de nuestra memoria afecta la construcción de la memoria colectiva, nos quita la pertenencia a un grupo social y hace difícil la movilización para fortalecer la identidad nacional. La creencia y la reivindicación de un origen común son elementos primordiales que permiten a los individuos afirmar su identidad social y movilizarse en la defensa de sus derechos comunes. Y ahí, está el peligro.

 

 

 

 

 

 


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