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La ética ciudadana como faro de la sociedad

El pasado 20 de noviembre falleció en Neiva el destacado jurista Cristóbal Cuéllar Quevedo a la edad de 85 años. La siguiente semblanza rescata aspectos biográficos esenciales de este ilustre Huilense que se consagró al ejercicio del derecho y que por muchos años fuera uno de los más leídos columnistas de varios medios escritos de la región.

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Por: Editor Cultural 27 Nov 2020

Por: Editor Cultural

27 Nov 2020

Si la consagración monacal de los hombres de clausura hubiera sido un requisito para el ejercicio de la ciencia jurídica, solo una persona en el Huila se contaría entre los integrantes del selecto conciliábulo: Cristóbal Cuéllar Quevedo. Su mérito no residió de forma exclusiva en la obstinación, la sindéresis, el humanismo, la avidez intelectual y el cultivo discreto de las virtudes, que todos le admiramos. Cumplía, además, con la más insólita de las cualidades en tiempos de desvergonzada egolatría y exhibición rampante: la auténtica modestia que le hizo renunciar a toda presunción y prescindir de todo acto que le reportara notoriedad y lo alejara de sus tareas esenciales. 

Una tarde del mes de septiembre del 2019, en las oficinas de la Corporación Cultural José Eustasio Rivera, en un diálogo convocado por su presidente, Eduardo Navarro, para discutir los aspectos relacionados con la edición del libro de historia de uno de los proyectos educativos más audaces y ambiciosos que se hayan gestado en el Huila, Marcos Fabián Herrera, en un intervalo de la platica, le preguntó a Cristóbal si pensaba escribir sus memorias. La respuesta fue inmediata y lapidaria: “Marcos, no tengo nada que contar; no he hecho en mi vida nada distinto que administrar justicia. Mi vida transcurrió sentado en un escritorio tratando de ser el más probo de los juristas, y eso, a nadie le interesa”. 

Renuente a los elogios y las lisonjas, su vocación por el estudio del derecho fue desde su juventud el acicate que nunca le hizo perder el deseo de aprender, indagar, escudriñar y consultar con una pasión desmedida las más diversas tradiciones jurisprudenciales y abrevar en los tratadistas que su olfato de curtido jurisconsulto le acercaba. Su memoria ilímite y su agudeza proverbial, lo blindó de los desafectos que el olvido trae en la senectud. Por ello, no cesó de cultivar amigos, de avivar las polémicas civilizadas y de honrar los principios del más decantado conservadurismo, como una manifestación del propósito de preservar lo memorable y anular lo frívolo e intrascendente. 

Quienes lo conocieron en su despacho de juez y magistrado, y en sus prolongadas horas de impenitente estudioso del derecho, fueron testigos excepcionales de una dedicación ejemplar, que sin medianías ni distracciones, asumía su oficio con un rigor y una responsabilidad suprema. Su investidura de juez, se blindó con los procederes de un verdadero ciudadano y demócrata, y de un padre y esposo que creyó a pie juntillas en la educación y el civismo, y que profesó sus afectos con una holgura que testimonian su esposa y sus tres hijos. 

Reconociéndose como un hombre privilegiado en una región que ha padecido las adversidades del atraso y la marginalidad, Cristóbal participó de cruzadas filantrópicas y de causas sociales que procuraran paliar algunos de los males arraigados en la sociedad. Por ello, su vinculación a la Corporación Cultural José Eustasio Rivera, fue durante una buena parte de su vida, una quimera que alimentaba con una fe inextinguible. En sus últimos años de existencia, esta fue un estandarte que cimentó su compromiso con la región.

Nada retrata mejor su inteligencia y su voracidad lectora, que las lecciones que entregaba con prontitud a quien osaba en compartir un libro con él. Si la academia de la lengua contara con capítulos regionales, un diván de roble añoso le hubiera correspondido a Cristóbal para vigilar la pureza idiomática y el buen uso de la lengua nacida en Castilla. Dotado de una mirada de lince, cazaba gazapos en documentos y libros, abominaba de los vicios de la lengua que se deslizaban en el habla cotidiana y escribía un español de meridiana claridad y admirable solidez argumentativa. Comunicar le fue tan natural, que tuvo tiempo de convocar a sus amigos a una reunión en una plataforma virtual para despedirse de ellos, sabiendo que la vida se le escapaba, y que como buen cristiano, saludaría la muerte con valentía.


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