En manos de los rufianes

Ahora que se generaliza el crimen en Colombia a partir de la misma institucionalidad –y aunque muchos lo acepten como un hecho económico-político favorable a sus intereses-, no es nada fácil visualizar una solución que restablezca el decoro y las buenas costumbres (ese aparente cliché consagrado en las constituciones políticas...

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Ahora que se generaliza el crimen en Colombia a partir de la misma institucionalidad –y aunque muchos lo acepten como un hecho económico-político favorable a sus intereses-, no es nada fácil visualizar una solución que restablezca el decoro y las buenas costumbres (ese aparente cliché consagrado en las constituciones políticas, en el marco de su redacción jurídica), mucho menos la virtud pública, o esa majestad conocida de los estadistas.

No queda ya ningún mecanismo hábil para enfrentar el estado de cosas, para deshacer el statu quo del país (único en el planeta por sus características atípicas), para desmontar a los bribones. Hasta los propios semilleros de liderazgo popular fueron silenciados en una operación fríamente calculada: no quedó ni uno...La generación joven sufre de amedrentamiento a manos de unas fuerzas despóticas, crueles, curiosamente integradas por otros jóvenes, sus similares, dados a perpetuar la maquinaria de un sistema que los hace sentir en ciertos momentos como posibles beneficiarios de la riqueza en acumulación, dignos de la misma suerte de sus amos.

Una investigación social reciente revela que existen elementos de una sistematicidad desplegada por las élites para aniquilar a quien pueda conducir masas, al que consiga promover cambios definitivos en el país, de manera civilizada. Existen muchas coincidencias, muchos indicios, para realizar una afirmación de tal naturaleza. La humanidad tendrá que juzgar a los neonazis, a los genocidas de Colombia, aunque pasen unos 100 años más sin tocarles un pelo. Muchos nacionales confían, religiosamente, en un acto milagroso que le ponga el cascabel al gato, desinflados del giro que toman los acontecimientos en el 2021, cuando la suerte parece ya estar echada y no se ve la luz al final del túnel.

La incertidumbre y el pesimismo rondan en la nación, aunque el fenómeno puede ser mundial por razones obvias como el impacto del coronavirus y por la economía decadente. En menos de un lustro caerá la estantería del contrato social global, pese a sus coletazos fascistas.  

MAFIA DE SIGLOS

El sistema mafioso en Colombia echó raíces y llegamos a verlo como un asunto normal de la vida cotidiana, una fórmula eficaz para torcerle el pescuezo a las necesidades, sin importar el costo moral de tales prácticas -en las que el vivo ‘siempre soy yo’-. Los demás, una caterva de estúpidos que se compran y se venden como vil mercancía. A ello se suma el modelo económico actual, que patrocina a los mafiosos de todos los pelambres, especialmente en Colombia, según fuentes consultadas en las academias territoriales.

Esos informantes aseguran que el otro país neoliberal por excelencia en América es Chile, aunque sus australes dirigentes se prepararon para minimizar la corrupción propia de la desaparición del Estado, aquella consecuencia del reinado de los negocios, del dios mercado. Ese efecto de la globalización en nuestro territorio facilita la expoliación de las riquezas a través de operarios tecnológicos muy preparados: plutocracias, castas sin escrúpulos, delfines, políticos, tecnócratas, encantadores de serpientes, inversores y ‘paracos’ multinacionales, entre otros especímenes.

La fantástica rapiña de bienes públicos incalculables cuenta con una estructura inamovible, impune, diseñada fríamente (eso sí sería un ‘régimen’), sin piezas sueltas, de no ser que, como lo dijimos antes, un hecho extraordinario ocurra –anuncian para 2025 la muerte del esquema neoliberal y la generalización del socialismo de mercado, del XXI-.