Paraíso de las garzas

Segunda entrega de la crónica del asturiano Javier Arjona, coordinador de la delegación de Asturias (España) que por estos días visita territorios de Chocó y Santander del Norte, escenarios de sistemáticas violaciones a los derechos humanos de las personas y las comunidades.

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Por: Javier Arjona

Por Riosucio pasa el río Atrato, potente y caudaloso, pero la mitad de la delegación asturiana toma otro ramal de sus tributarios rumbo a la comunidad del Jagual.
En el tránsito, La Selva, abundante y generosa, se muestra en esplendor de martín pescadores (enormes que acompañan un trecho del río-camino a la barca indígena) de galápagos, monos, pájaros alegres de todas clases que incluyen las cotorras, las rapaces, los mochileros (y antes al amanecer las miríadas de golondrinas que inundaron el cielo de Riosucio...).

Pero se enseñorean a cada tramo sobre todo las garzas. Azules, blancas, medianas, grises, gigantes, pequeñas, amarillas: las cuellilargas dominan el espacio. Y sobre el río, también, la madera, que baja en hileras trenzadas sobre la corriente con sus precarios y certeros conductores de largo palo, negros los más, indígenas algunos...

Donde dos ríos se juntan, una comunidad negra, un consejo comunitario cuya autoridad ha sido desposeída por un grupo armado de hombres de negro que preguntan, controlan, deciden si dan permiso de tránsito, basado en el poder de las armas.

Tras una ventana de madera dos de ellos toman rigurosa nota. Parecen funcionarios de cualquier estamento. Los demás solo exhiben machete, términos militares, poder basado en las armas que es seguro están cerca.

Estamos hablando de La Nueva, donde se juntan el Chontadó y el Truandó. Lugar estratégico para este y otros tránsitos, como el de narcóticos. La Nueva, donde los ríos Truandó y Chontadó se besan, ahí fue retenida la canoa a motor donde va la delegación asturiana. Sus acompañantes han tenido que avisar días antes para obtener el permiso de navegación, y al día siguiente al regreso la operación se repetirá.

Sin embargo no es un control temporal ni lo es clandestino: desde 2017 los paramilitares han tomado el espacio y actúan como si los dueños fueran de las vidas y libertados. Años en que los militares de sobra saben del lugar y de los oficios de estos grupos que se hacen llamar Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC), y cuyas pintadas están no solo a lo largo de las cuencas de los ríos sino en todas las ciudades y corregimientos, hasta en la misma capital de Apartadó.

Marcan territorialidad, humillan y confinan a su antojo a las comunidades indígenas y afros, y deciden si una delegación extranjera pasa o no pasa por el río Chontadó, pasando por varias comunidades indígenas embera, una wounaan de nombre Marcial, y llega a la del Jagual.

Al ejército no se le ve ni se le espera, lo que da veracidad a cierta complicidad o privatización indigna de la seguridad de los habitantes de la Selva húmeda. ¿Qué supone para las comunidades indígenas someterse forzadamente a este control paramilitar, pedir permiso para moverse, para llevar sus productos, para ejercer su propia autoridad y autonomía?
Ese es uno de los objetivos de la presencia de la delegación astur en estas lejuras, a invitación de la comunidad embera dovida del Jagual.

Antes de llegar al resguardo indígena, por otros afluentes fluviales, van llegando otras barcas, una de ellas repleta de chalecos azules y emblema de hormiguita de la Uramia: son cuidadoras y cuidadores del territorio y la vida; son una organización que ha decidido fortalecer para ejercer autonomía, control territorial y administración de justicia indígena, para tratar también de preservar las vidas de autoridades y líderes indígenas.

Una gran asamblea se conforma mientras la lluvia tamborilea en la chapa metálica del salón comunal, y han podido llegar también autoridades y Uramias de Pichinché, Peñas Blancas, y ya cuando la asamblea está más avanzada, de Quiparadó.

Comparten con la delegación extranjera sus miedos, sus denuncias, sus aspiraciones y sueños, el abandono al que están sometidos por el estado al que pertenecen geográficamente.

El confinamiento forzado queda explicitado. No es nuevo, el estado conoce la situación: ¿por qué se mantiene durante tan prolongado tiempo?

Cuentan su historia reciente: primero llegaron las FARC. Y hubo denuncias de desplazamientos, asesinatos, muerte de niños. Luego se alegran de que se firmara la paz. Pero fue peor, pues llegaron los paramilitares a cuidar el “corredor” del narco y les amargaron las vidas: asesinatos, desplazamientos forzados, confinamiento.

Las debilidades en asuntos de salud o educación son incontables. Los “compromisos” y promesas incumplidas por las instituciones del Estado se cuentan por millares. Se acordó delimitación de tierras, pero no vinieron (dizque porque los paracos no lo permitieron), y mientras tanto se siguen produciendo conflictos con comunidades negras por esas delimitaciones. ¿Hasta dónde se puede o no y quién da el permiso para cortar madera en tu propia casa?

Todas las comunidades indígenas presentes han tenido en algún momento que huir, “desplazarse”, y Jagual también fue receptora solidaria de desplazamiento forzado de otras cuencas y ríos.

El confinamiento actual es el que se muestra como mayor preocupación inmediata. No solo significa que les impidan llevar alimentos, comerciar sus productos, pagar impuestos a grupos irregulares, o que impidan que funcionarios gubernamentales lleguen a la comunidad a comprobar las carencias, las necesidades, la pobreza a que están sometidas, sino que incluso impiden que sus médicos tradicionales, sus jaibaná, hagan sus tareas de curación física y espiritual.

No es extraño que (aunque no sea el objeto de esta delegación asturiana) las necesidades, demandas y propuestas estén ampliamente consensuadas (y en crecimiento ya que ninguna de ellas se hace cumplir): una Casa de Cultura para las Mujeres; un trapiche para la caña de azúcar; un acueducto que lleve agua sana; atención sanitaria de vez en vez; refuerzo a los docentes de la escuelita; salida sin restricciones a cultivar sus chacras que de lo contrario se pierden en la maleza; capacitaciones varias exigen sobremanera las mujeres embera; que la institución encargada delimite los territorios que ya están legalizados, pero de nada sirve; que la desnutrición infantil sea atendida; que los Derechos indígenas (que dice la ONU y que dice la Constitución colombiana) sean respetados.

Y para todo ello, insisten, ahorita resulta imprescindible fortalecer orgánicamente la Uramia: simples chalecos, radios de comunicación, formación en DD. HH., alguna lanchita de transporte en emergencias, limpieza del ríos para destaponarlo tras las lluvias, respeto a la práctica de sus sabios tradicionales.

Baile en la noche de la mujeres adultas y otra de las adolescentes: representan saltos de animales diversos de la selva. Han sido inspirados también en la visión que sobre los diversos animales (peces, aves, monos, mariposas..) han compartido con los jaibanás, en la relación espiritual del mundo embera dovida (gente de los ríos).

El regreso del grupo asturiano se hace más accidentado por la lluvia de la noche y de la mañana: han crecido los ríos que arrastran mayor número de troncos; en varios tramos estrechos los árboles se cruzan en la corriente y hay que maniobrar por debajo o por encima; la lluvia enfría los cuerpos al empaparlos y golpea duro sobre los rostros, así que las fotos se hacen más dificultosas, hasta finalmente llegar al Atrato, cruzarlo y tras desembarco viajar en nueva ruta hacia la comunidad de paz de San José Apartadó...

Quedando el agradecimiento a las comunidades y a sus autoridades (y barqueros) Jaime y Ricardo por habernos permitido esta presencia inusual en unas tierras tan lejanas donde la Vida trata de preservarse para ellas y para nosotras todas, en común aspiración de una Paz que se les niega.