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Lunes 12 de Noviembre del 2018

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Columnista

Nuevos forajidos

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OJO DE LINCE

Un asalto presuntamente legal instalado en zona rural de Palermo, inmediaciones del puente sobre el Magdalena en la salida Neiva-Aipe, recuerda historias de desalmados facinerosos asaltantes de caminos en el viejo oeste americano como la de Harry Alonzo, alias “Sundance Kid”, un atracador buscado por asesinato que integró una banda especializada en asaltar trenes, encabezada por el también pistolero, Butch Cassidy, con quien atracó e incendió varios convoyes incluido el llamado, Tren del Dinero. El gobierno ofreció tal recompensa por ellos que, tras quemar casi toda su fortuna en burdeles y casinos de Nueva Orleans, huyeron para recorrer Suramérica como vulgares salteadores de caminos, hasta que el Ejército boliviano tras un golpe, los acribilló en un pueblo.

O el caso de David Rudabaugh, alias “El Sucio”, bandido asesino profesional de Illinois, que asaltó diligencias asesinando y robando con su cuadrilla durante cuatro largos años de andanzas sangrientas hasta que una noche tras una discusión en un burdel, una prostituta lo mató por la espalda. Su cabeza fue exhibida en la punta de una estaca.

O el de Billy Hitchcock, "Bill el Salvaje", un audaz pendenciero amante de las armas que logró hacerse elegir sheriff -especie de alcalde- de Dodge City, una anárquica ciudad que sin dios ni ley, era buen paraíso para forajidos. Elegido y ya con botas, placa de sheriff en la chaqueta y pistolas oficiales, contrató como alguaciles a maleantes diestros con la pistola, hábiles vagabundos de las llanuras y comenzó por extorsionar los mismos casinos y burdeles que lo habían ayudado a elegir. Se adueñó de la población, acumuló negocios y salones, se enriqueció desmesuradamente, era la ley y nadie podía pedirle cuentas, hasta cuando un día mientras jugaba naipes, el hermano de un tipo muerto por Hitchcock, lo asesinó de un disparo en la nuca.

Si bien las películas sólo muestran pistoleros acaballo persiguiendo carruajes, la verdad es que la mayoría de los bandidos se escondía estratégicamente para desplumar viajeros arma en mano.

En aquella época, los asaltantes de bancos, ferrocarriles, carretas o diligencias pagaban sus hazañas con la horca, o las víctimas cobraban por su cuenta. Ahora, abusadores dizque legalmente protegidos, disparan comparendos, agazapados en cualquier curva con cámaras de fotomultas asaltando buses, camiones, camionetas y automóviles por superar la insólita lentitud de 30 kilómetros por hora en una amplia y bien señalada carretera nacional. Los dueños de los vehículos se quejan a diario pero abogados expertos en enredar con códigos y leguleyadas, contratados por los mismos asaltantes se encargan de asustar y ejecutar al indefenso ciudadano. Hoy el ahorcado es la víctima.

Frente al atropello no tenemos gobernador ni diputados y en el municipio no existen concejales que busquen frenar a los nuevos forajidos. Mañana, cualquier pícaro alcalde ávido de enriquecerse y asegurar su futuro puede planear y ejecutar por años un torcido asociándose con testaferros que monten el perverso negocio de desvalijar bolsillos en las inmediaciones de su territorio, utilizando una cámara-pistola de fotomultas cuyo producido alcanzaría también para comprar su reelección.


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